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All to be the cream

Lo decían Bauhaus en esa canción-sermón que hablaba de la vida alienante del hombre contemporáneo, del yuppie (o sea, ¡¡¡de los que entramos en el túnel de los 30!!!), con partido de squash incluido cada tarde después de un sandwich en la barra de algún bar cercano a la oficina.

Sin embargo, y a pesar de tan poco afortunada introducción, esta entrada no irá de la crisis de los treinta, de las pocas esperanzas del hombre del siglo XXI en un mundo al borde de una guerra global a base de pepinos nucleares ni nada por el estilo. Más bien quisiera hablar de los primeros de la clase que todos nosotros guardamos en nuestros baúles; ese tipo de fauna académica que reptaba por los laberínticos pasillos de los curriculum vitae en gestación y que, desde la escuela elemental, hasta la universidad, conformaron una formidable banda de freakies que hubiera podido hacer fortuna en cualquiera de los mejores circos de la historia (¡Pobre Houdini! Le hubieran dejado en el paro).

Colegio Santa María de los Pinos. 1989. Yo tenía 9 años. Ese es el principio y es por donde siempre se debe empezar. Evidentemente, desde los 6 años ya estaba metido en la jaula escolar, pero no fue hasta 4º de EGB -¡qué lejanas son estas siglas!- cuando me di cuenta de ese abanico de jugarretas que tenían lugar entre el nº 1 y el nº 2 de la clase. Yo, para que os situéis, era buen estudiante, pero estaba en ese homogéneo grupo de 5 o 6 personas que sacaban, ligeramente, peores notas que aquellos dos bichos. Bicho nº 1: Isabel Frankenheimer (por emplear un apellido común y no dar más datos relevantes), pequeña, ojillos inquietos, algo entradita en carnes, y con un pelo tan largo que parecía Rapunzel. Bicho nº 2: Nomeacuerdo Applebaum. Entre ambos había una tensión más allá de la edad y de la situación; casi se podría decir que era una tensión genética, como si hubieran sido ya preconcebidos para odiarse a fondo, sin barreras, sin límites. Claro que lo que no entraba en sus planes fue un pequeñísimo desliz en el desarrollo de la ecuación: en 7º de EGB, en el apogeo de su encarnizada lucha por demostrar su "yo-lo-sé-yo-lo-sé" íntimo y particular, unieron a los 30 mejores alumnos de los dos grupos que conformábamos el séptimo grado del colegio. Entonces sucedió.

La situación se complicó, claro está. Muy poco espacio para tantos maestros del universo; ahora ya no era cosa sólo de Isabel y Nomeacuerdo; se habían apuntado al festival de neuronas disparadísimas MGV (de la que estuve enamorado lo justo), Elena T...(vamos a ver, vamos a ver...)Tiegerman, Julián Soyelempollónmásimbécildeluniverso. Entonces, los mediocres asistimos boquiabiertos a un toma y daca sin cuartel, en el que Isabel y Nomeacuerdo tenían más bien poco, muy poco que hacer. Se quedaron en una esquina de mi memoria o en ese baúl polvoriento como una moraleja estúpida: siempre hay alguien más listo que tú.

En el instituto las cosas digamos que fueron más confusas y los empollones no lo eran tanto. Supongo que era la edad en la que todos nos preocupábamos por forjar una personalidad coherente y la imaginación al poder la dejábamos para la universidad, fábrica de mutantes. Por eso seré indulgente y pasaré la página del bachillerato para centrarme en la fauna universitaria.

Allí estaba yo, con 18 años, con pelo (¡¡¡!!!) y con muy pocas ideas claras. Lo único claro era que Ortiz era el number one. Un tipo que no tomaba ni un apunte, que no cogía un bolígrafo en clase ni para sacarse la cera de los oídos, y en los exámenes encontraba siempre el gol por la escuadra, la matrícula de honor y causaba admiración allá por donde iba. Un gentleman de las notas cósmicas, estratosféricas, marcianas, al que le daba lo mismo hacer un examen de iconografía paleocristiana, pintura veneciana del siglo XVI, arquitectura de la Alta Edad Media, o hablar de la revolución del léxico arquitectural de Palladio y sus compinches, un tipo que saltaba de época en época, de siglo en siglo, de movimiento artístico en movimiento artístico con la gracilidad con la que el Conde Ambrosini saltó desde nuestra terraza udinesa a aquel jardín primaveral para socorrer a aquel motorista lombardo que se quiso suicidar contra el muro del sibarita teatro comunal de Colugna -esa metrópolis y meca cultural de 1000 y pico habitantes-. El pelaje de Ortiz... Muchas veces he pensado en él, y no lo sitúo entre los empollones, sino, más bien, entre los grandes, o sea, entre los mitos universitarios que todos tenemos, allá arriba, en un altar, al que sólo se puede subir mediante éxtasis o catarsis, sin ascensor de por medio. 

Los empollones eran otros: empollones fueron R.G.G., experto en las felaciones de despacho, o Z. hija de emérito, o aquella particular caterva o jauría de aves de presa que buscaban docentes con mono de café o copa y prostituían su curriculum a base de un sobresaliente o alguna matrícula eventual. Homo Homini Lupus, etcétera, la terrorífica competición, la fiera actividad de la destrucción de los otros machos alfa, la competencia desleal entre las hembras alfa y la prevalencia de los más fuertes. Hoy, creo, muchos de ellos han terminado dándose cuenta de que las matrículas de honor en Historia del Hambre valen más bien poco, y que más les hubiera servido estudiar una gris ingeniería, una insulsa biología, o alguna de esas carreras de lujo y primeras marcas que les hubieran catapultado al olimpo del mundo laboral. Ortiz está allí: ahora estará preparando algún ladrillo de libro sobre fotografía americana de la segunda mitad del XX, o reuniendo material para un volumen sobre Malevich o Mondrian o cualquier pintor cuyo apellido comience por Pica, demostrando por qué él, y no el resto de nosotros, fue la crême...y por qué la literatura o el ejercicio de ella nos quedó a los mediocres de la tierra como un último salvavidas antes de que nos engullera el gran océano del olvido. 

Ortiz, como dijeron los Psychedelic Furs en su postpunk de burbujas de colores y neuronas desperdiciadas como el confeti, "we love you". 

Cortocircuitos

Regresaba hoy en el 67 oxidado y polvoriento. Carl McCoy lo decía bien clarito a través de mis auriculares

"...Blue, blue
I'm waiting for you..." 

pero no lo quería creer. Supongo que es lo que pasa cuando escuchas a McCoy; que no te lo crees del todo. Sin embargo, sucedió el milagro, sucedió el cortocircuito, el pepinazo de neutrinos o quartzs o "qué-sé-yo", y mi psp, a la que siempre consideré una compañera insípida, sosa, hizo saltar esto y aquello y lo de aquí pasó a allá y McCoy dio paso súbito a Búnbury, que no era, precisamente, el siguiente track, y se arrancó en ostentosa aragonería con su "Despertar". Este cortocircuito me llevó desde esa lata de sardinas, marca Icarus, hasta otro tiempo, otras latitudes, cuando un autocar repleto de adolescentes y testosterona para dar y tomar, atravesaba Italia desde Roma en dirección a Venecia. El momento exacto fue cuando dejamos Florencia, cuando me senté en el asiento 27 y, pegado a la ventana, frito, desolado y asolado por aquella sobredosis, por aquel picotazo monumental de belleza en estado puro. Manuel, mi compañero de fila, intentaba camelarse a Cristina -la jai que me quitaba el sueño por aquella época-. Hacía bien. Hizo bien. Ella también, claro. Me quedé frito en el asiento, decía, después de aquella experiencia abrasadora de belleza (síndrome de Stendhal, etcétera) y en mi walkman sonaba un joroschó o, al menos, muy dabuten, "Glass House", del gran gran gran Rozz, que cantaba a su viejo, un sudista indeseable del Ku ku ku, y, sí, me hizo conectar, o reconectar, me ayudó, me sacó del paso, hundió su mano metafísica en ese agua turbia turbia en la que me hundía -que algunos, con mucho acierto, suelen llamar "desolación"- y tiró de mi, me sacó a flote, y cuando me quise dar cuenta, ya estábamos en las cercanías de Bologna, disparadísimos hacia el Véneto. 

Bunbury tomó el testigo del bueno de Rozz W. y con su "Despertar" apartó las sombras, apartó de mi la desilusión, la sensación de privación -por Cristina, que era una jai que estaba muy buena o, demasiado buena para este infecto saco de defectos que tenéis por drugo, claro- y puso orden y concierto en el panorama, en la inmediatez de aquel microespacio colmado de testosterona. Al final, ella se enrolló con un cheloveco al que llamaban "bolas" -supongo que por su habilidad por hacer pelotillas con sus mocos, claro, porque era como el hermano lento de Mr. Gump- y yo la olvidé en cuestión de días, quizá semanas y un verano espléndido llegó para despejar las nubes que quedaban en mi adolescente existencia.

¿Cómo se produce el cortocircuito? Bueno, drugos hermanos, supongo que fue el intercambio o la carretera de doble sentido: por un lado, aquel yo de 1997 quería escapar del autocar apocalíptico, y mi yo de hoy ha querido escapar del bus oxidado, del rumor ronroneante y metálico del Icarus del 87 y sentirse abrasado de nuevo por ese anillo de radiación dulce y taumatúrgico de Firenze, de aquella Firenze primaveral que se me vino encima, toda de golpe y porrazo, palacio a palacio, vidriera a vidriera, mórbida en sus piedras, maternal -como la voz de Chiara, aquella amazona florentina de tez acaobada, ojos de color oliva y golosa cálida, inmediata, formidablemente sensual-, una Firenze que cada tarde visito con mi criatura (Thorvald) y disfruto. 

Es extraño: cuando estaba en aquel autocar hubiera deseado propulsarme a este momento, a este día; esta tarde hubiera querido, por el contrario, subirme al De Lorean DMC-12 y plantarme allá, y perderme por las venas mínimas de la ciudad.  

Lo dijo Ángel González en una de sus clases geniales: "La música hace milagros". 

Lloverán piedras

El bueno de Ken Loach y su mundo de residuos obreros y postpunkoides me ha dado este título. Puedo hacer lo que quiera una vez realizada la pertinente modificación (cambiar el presente de indicativo del verbo soso y sensiblero por el futuro simple de indicativo). 

Han pasado un mes, más o menos, desde mi última entrada. E hestado aziendo cura de estrés y reciviendo ha mi madre por hestos lares. Hes dezir, poko ha poco he tenido que desensamblarme para reconstruirme y poder afrontar el último año antes del apocalipsis maya, que afectará, sin mucho margen de error a algunas zonas del Yucatán y ciertas ciudades fronterizas del norte de México pobladas de narcos y demás pelajes a las finas hierbas. Ya sabéis. Nada distinto a lo que ya había, nada nuevo bajo el sol, o "mi barco nuevamente en el mar" que diría Byron, perdón, el Lord cojo.

Mis años, desde hace años, comienzan en septiembre, no en diciembre. Y, chicos, en realidad, es lógico porque el ciclo de la naturaleza se finiquita cuando suena la sirena y todo perro quisquis regresa de la playa, de las aglomeradas y turísticas urbes del mundo y toca enfrentarse con los días cortos, las noches largas, y las hojas rojas rojas por las aceras. O sea, que todo la palma en nuestros otoños y llega el momento de colgar el cartel de "DO NOT DISTURB" en el pomo de la puerta de nuestra caverna, cerrar el chiringuito e hibernar. Pero claro, el problema es que el mundo que construyeron nuestros abuelos, que evolucionaron nuestros padres y que estamos actualizando nosotros para entregárselo a nuestros hijos, se basa en el concepto de "modo silencioso" o "piloto automático". Es decir, nuestras quijoteras se largan a los intestinos de nuestras grutas y cavernas -metafísicamente hablando, claro- para hibernar, pero nuestros cuerpos obedecen como zombis a los  "horarios artificiales" y así, desde que somos niños, en Septiembre toca desconectar mentalmente pero seguir al pie del cañón y levantarnos temprano para ir al cole, o al instituto o, en un acto de masoquismo, I wanna be your dog, que diría el mil veces divino Iggy con base musical de los Stooges, a la inservible universidad donde ratones marginales de biblioteca se dedican a enseñar; y cuando llegamos a "mayores" (como si fuera un sitio, un mal barrio con muchos muchos muchos malos bichos...¡¡¡y sin garitos de postpunk!!!) resulta que tenemos que seguir con el piloto automático para levantarnos e ir a currar. 

Cada año lo mismo. Lo único que mantiene nuestras energías, más o menos, intactas es la seguridad de la llegada de ese día primaveril, pedo y dominguero en que la sesera se da cuenta de que... ¡coño, pero si los días ahora son más largos!, y uno ya está en ese magnífico mayo y sus asquerosos 30 grados. Cada año lo mismo. Y, a pesar de que la función está muy vista, de que el número de magia fue explicado hace eones, siempre nos sorprendemos.

 Por tanto, recojo mi negocio, barro un poco el suelo de mi choza y cuelgo mi particular, personal, absurdamente romántico, "DO NOT DISTURB" en la puerta de mi caverna y me dispongo a hibernar. Y si llueven piedras, no creo que mi zombi, mi yo en modo silencioso, se entere demasiado... 

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz 

"The bitches brew"

Cuerpos, carnes, edificios, materiales fríos de construcción, sociedades de creciente consumo, fauna humana en explosivo contacto. Pelajes. Aún recuerdo cuando todo se hacía incomprensible para mi en la gran urbe y el jazz era una gran mierda inconexa, destartalada. Yo renegué del jazz durante muchos años. Incluso los que, en aquel entonces -y ahora-, decían que "eh, tío, a mi me gusta el jazz", no tenían ni puta idea de jazz. Ellos pensaban en el jazz como una trompeta que iba a lo suyo mientras un piano iba a lo suyo mientras un saxo tenor iba a lo suyo y una batería inconcebible iba a lo suyo. Cada uno a lo suyo. Eso era el jazz para esas personas de "mente abierta". Pero sucedió algo que me demostró que estaban equivocadas. Que yo estaba equivocado también. Nuevas perspectivas.


Una tarde me puse a escuchar Coltrane con afán descubridor; las dos primeras horas fueron una tortura, pero, horas más tarde, aquel "A love supreme", 1964, se convirtió en una revelación, como si alguien hubiera descorrido la cortina que me impedía ver desnuda la realidad de mi entorno. Hoy puedo decir que el descubrimiento del jazz fue como cuando descubrí los sonidos de aquel Manchester industrial que reposaban tranquilamente en el vinilo de Joy Division que escuché por vez primera en casa de J.L. durante aquella huelga ridícula estudiantil. 

"A love supreme", fue la constatación de algo que me olía desde hacía tiempo: la mejor y más grande obra de arte contemporánea norteamericana no fue una de esas madejas de "Jackie" Pollock o la vista lánguida de un motel de carretera del bueno de Hopper, sino el jazz, sino esa amalgama de músicos que hicieron retroceder los límites de la vanguardia artística; antes de ellos, ante nuestras narices había una pantalla de árboles y selva insondable; después de ellos, ante nosotros apareció un gran valle; sin límites, sin fronteras. Picasso dijo que el momento definitorio del arte no era la obra finalizada que llegaba hasta el espectador -que, contrariamente, a lo que quieren vender los "amos del universo" y los que manejan los hilos del marketing, no es el centro del meollo artístico, es más, importa más bien poquito- sino el instante de la concepción del arte, de la idea de arte. El jazz es ese momento definitorio, esa concepción de la idea de arte cristalizada en la improvisación pura. Esto lo entendí en el mismo momento en que llegó a mi quijotera el rum rum de fenómenos de una jam session en Estocolmo 1963, John "el Santo" Coltrane y "Milestone" mano a mano, charlando entre ellos en un idioma fabulosamente espontáneo.

"A night in Tunisia" me dejó seco. El gran Dizzie se lo pasaba joroschó en La Habana, demostrando que no sólo se podía soplar la trompeta para recordar las miserias, sino también, para divertirnos, para disfrutar de la vida con un optimismo desconcertante, muy Gillespie, muy de él. Mingus, en cambio, era otra cosa, era un tipo en plena inmersión en un océano sucio y hedoroso de whisky, y sus dedos de cefalópodo se movían arriba y abajo al mismo ritmo depresivo y vulgar del mono de alcohol, de la dependencia y del asqueo que sentía por la vida.  

Bix Biederwecke me dio un buen sopapo con el sonido nítido de su trompeta, perfecto en tantos casos,e hizo comprensible aquel "cool jazz" o "jazz intelectualoide" del bueno de Dave "risitas" Brubeck, y sus sesiones con Coltrane, el malhumorado Coltrane, "el santo", y ese jazz de sobremesa, o de ascensor.


Hace un par de semanas escuché por primera vez "The bitches brew", de "Milestone". Ha sido una sacudida de 9,9 grados en la escala Richter.  Una ciudad, hombres y mujeres en creciente hacinamiento, cuerpos que se tocan, y cuerpos que no quieren tocarse, personas sociables y personas asociales, droga, alcohol, maldad, mucha maldad, dinero sucio, suciedad, prostitutas y chulos, tipos trajeados que van a sus oficinas a mover hilos del mundo, trabajadores con restos de cemento en sus monos, y heroínas divorciadas que van a luchar a sus puestos de trabajo para sacar adelante a sus hijos. La sociedad, las ciudades, la fauna social, el ecosistema social, la cadena alimenticia, el tiburón blanco arriba -brokers y banqueros, amos del universo-, el gatito en el medio -jefecillos de empresas globales-, y los ratoncillos de campo -todos nosotros- abajo. Miles me ha dejado seco una vez más. Ha hecho trizas el plan que tenía para mi 4ª novela; he tenido que replantearme todo de nuevo; o, tal vez, ha dado un empujón, más fuerte aún, a Thorvald, para que siga buscando su propio hábitat en esa Firenze virtual que estoy creando a su medida. 

Sea lo que sea, el jazz forma parte de mi vida desde hace 7 años y espero que me siga inspirando durante muchos años más. 

Bix Biederwecke, Dizzie Gillespie, Erroll Gardner, Thelonious Monk, Charlie Parker, Charles Mingus, John Coltrane, Miles Davis, Oscar Peterson, John Lee Hooker, Dave Brubeck, Ornette Coleman, Ella Fitzgerald... Gracias a todos por hacer más digerible mi existencia. 

Lugares comunes

El sábado volvió a suceder. Quiero decir que la máquina del tiempo se puso a funcionar de nuevo. Bajo los pinos del chalet regresó una parte de mi pasado. Y, caray, me alegré.

 Hace quince o dieciséis años David, mi primo -como un hermano- y yo pasábamos fines de semana y compartíamos veranos en la casa solariega de mi madre. Cada uno tomamos nuestro camino y nos separamos, con la obvia previsión genética de la creación de nuevos núcleos familiares; ahora nos vemos una o dos veces al año. Pero el Sábado volvimos a estar bajo los pinos del jardín y charlamos sobre el césped, como antes, y, caray, me alegré.

Es, un poco, como lo que me sucede con Venecia. Después de aquellos tiempos en los que iba dos veces por semana y llegaba en tren a Santa Lucia, y recorría los callejones y pasaba de campo en campo por puentecillos minúsculos, cada vez que regreso, la máquina del tiempo se pone en marcha. También con Szeged, donde pasé veinte días con Ria fabulosos mientras ella estudiaba para los exámenes finales y preparaba su tesis sobre aquel escritor padovano horroroso, y yo maduraba el texto sobre Pordenone y sus pinturas del tres al cuarto. Lugares comunes cargados de imágenes e iconos que, un día, creé para mi propia posteridad, para mi propio futuro, con el fin de retomarlas donde las dejé. Algo así debe de ser lo que compartí con mi primo David en el chalet de mi vieja. Supongo que, a pesar del tiempo, de los cambios lógicos, hay lugares comunes donde poder regresar con él y recordar y reencontrarnos.

Supongo que, por muy mal que nos vayan las cosas, o por muy mal que se pongan nuestros caminos, siempre podremos volver a ellos y charlar durante diez minutos, rebautizarnos, y regresar a nuestras rutinas, limpios, puros, como recién nacidos.

El frío verano, Udine, y los vestigios para un futuro postnuclear...

Es Julio; llueve y hace frío. No me desagrada. Al contrario: quienes me conocen saben que el frío me encanta y que, a partir de 20º, sufro como un oso polar en el Serengeti. Pero hoy, mientras atravesaba con el bus toda esa amalgama de fábricas y antiguas torres de vigilancia dejadas por el imperio soviético de un cabalgante color anaranjado -fruto del diente del óxido sobre la pintura verde pistacho obscenamente militar-, recordé que, en otros tiempos, también en otras latitudes, el verano era una simple anécdota que se colaba de improviso entre meses y meses de frío; está bien, aquí el frío viene de las estepas rusas y allí llegaba con abono de temporada desde las heladas cumbres de la Carnia, pero el efecto era el mismo: dos estaciones, "frío" y "más frío". Claro que allí, y tal vez debido a ese exceso estético, no había fábricas ruinosas a manera de pirámides industriales para la posteridad, y uno "casi" no necesitaba del transporte público, del público tour por las ruinas del bloque socialista, y caminando durante quince minutos uno pasaba de las agrestes estampas de Colugna y Rizzi -donde emergía la silueta del estadio del Udinese- a las callejuelas siglo XIV de Udine.

En un intervalo de ocho años he pasado de los callejones adoquinados, el almohadillado rústico de los edificios señoriales, las logias tardo góticas y las huellas de un mundo prominentemente veneciano a estos fantásticos vestigios dejados, esparcidos por las afueras de este antiguo bastión del bloque socialista; la entelequia soviética dejó estos monumentos industriales como restos de un mundo desaparecido, y basta coger un autobús -uno al azar- en Örs Vezér Tér para hacer una peregrinación extraña, sobre las ruedas de un Icarus -reliquia ronroneante-, por todos esos lugares. Por ejemplo; si uno toma el 97E, el 161, o el 169E desde el intercambiador de Örs Vezér será testigo de cómo, en el margen derecho, apenas un par de calles más allá de este conocido centro neurálgico de la capital magiar, se yerguen sobre lo que hoy es una pradera delante de un bosque tupido de olmos y abedules viejas torres de vigilancia soviéticas, oxidadas, silenciosas, pero que parecen aún tener soldados fantasmas que observan con interés el desarrollo de la vida de los nativos; un poco más adelante de este primer bosquecillo encontramos la empresa Egis y una fábrica contigua digna de cualquier buen relato sobre el imperio socialista que se precie: por aquí y por allá enormes tubos metálicos que suben y bajan retorciéndose y rodeando los distintos edificios que componen el complejo industrial, así como pasarelas sobre los mismos, escaleras que se alzan sobre silos metálicos, chimeneas de gruesas franjas rojiblancas surgidas de las entrañas de la tierra,... en fin, un parque de atracciones para cualquier creador de videojuegos ambientados en la guerra fría o en un planeta post apocalíptico. Más adelante, siempre en la Keresztúri Ut,   nos toparemos, esta vez en la margen izquierda de la calzada con todo ese submundo de los negocios suburbiales, o sea, venta de coches de segunda o tercera mano, venta de piezas de coches, desguaces, un llamativo negocio de tours en limusinas rosas por el centro de la ciudad, viveros, frutas y hortalizas frescas... y así en sucesión larguísima hasta llegar a otra imponente obra de arte industrial del período del telón de acero: una enorme y desafiante estructura pintada de ese amarillo que sólo el Achtung! Verbotten! es capaz de darle a un lugar, sostiene un imán gigante bajo el que se extienden pequeñas pero contundentes montañas de amasijos de metal (chapa de coche, piezas de motor, lavadoras destripadas, frigoríficos escuálidos, miles y miles de kilos de ferralla, puertas dobladas de metal, enrejados inservibles...). Y más y más torres de vigilancia que parecen servir de eterna escolta a la calzada, situadas cada tres o cuatrocientos metros... Todos estos extraordinarios vestigios de un pasado formidablemente industrial se encuentran en un marco chocante, distinto, impertérrito: bosques, pequeñas veredas, humedales... La naturaleza fue invadida en su día por el martillo y la fábrica y hoy son éstos últimos los que se ven conquistados, como por lenguas verdes con extrañas fragancias de clorofila, por aquélla. ¡Qué formidable legado para ese futuro que está a punto de llegar! 


Se crearon imágenes para el futuro y yo, cada día, tengo el placer de atravesar calles y calzadas donde se alzan estas pirámides del período soviético, estos colosos de la era cosmonáutica, estas infraestructuras de la experimentación llevada al poder. Pasear entre ellas es ser testigo de un fracaso, de una invasión y de un sometimiento: fracasó el socialismo y las matemáticas al poder; llegaron los USA con sus promesas de grandes marcas, zapatillas y ropa deportiva de marca, con sus jugosas fotos de hamburguesas y la conquista de las esquinas de la vieja Europa a base de establecimientos de fast-food, nuevas necesidades y mucha oferta y mucha demanda y ¡libertad para todo el mundo, que invita el tío Sam!; y los húngaros, que esperaban demasiado de esa libertad a base de coke y pepsi , de series con personajes gilipollas para públicos gilipollas, se llevaron las manos a la cabeza cuando asomó el lobo detrás del pastel con su cara de desempleo, endeudamiento público, deuda externa, y todo es vocabulario indescifrable por el que nunca se tuvieron que preocupar cuando tenían curro seguro, cuando tenían formación asegurada -universitaria o profesional-, cuando tenían paro cero, cuando tenían asegurada la vejez y todos eran simples números y no tenían que competir entre sí, y esas cosazas del liberalismo salvaje. ¡Qué se le va a hacer! Yo, que estoy cambiando asquerosamente y me estoy volviendo estúpidamente más optimista cada día, veo que la llegada de los USA y la caída del Sputnik -y de algunos pedacitos de la MIR- han dejado estos vestigios para las generaciones venideras. Seguiré disfrutando de este planeta antes de que caiga un gigantesco calabacín metálico que, con 20 gigatones, nos mande a todos a los rincones más dispares de ese buio universo que parece habernos esperado desde que nacimos... ¿Qué haréis vosotros? 

"Retro" contra "Cultura"

Recuerdo que tenía, hará más o menos diez años, una camiseta del grupo Culture Kultür. Era la pera. Me encantaba. Claro que un par de días de pintura exterior en el chalet de mi madre junto a Carlos la dejaron hecha una pena. Y así, la "cultura" pasó de ser "la pera" a ser "una pena" en menos de lo que canta un gallo o un grillo o un soplón del FBI. Estaba claro que, en aquella época, tenía que pisotear algo, pasar por encima de, aplastar la cultura y, claro está, de haberlo sabido, la hubiera pisoteado mejor. ¿Por qué la cultura? Bueno, supongo que porque vivimos en tiempos en los que distintos movimientos artísticos, diversas medidas gubernamentales -como la glorificación de las bondades de "aparentar ser culto" en vez del fomento de la cultura en sí misma-, nos han dejado con la batería espiritual bajo mínimos. La vanguardia ya no es lo postmoderno; de hecho, la vanguardia -siempre necesaria- ha sido adelantada por el Ferrari de lo postmoderno y se ha quedado más tirada que una colilla en mitad del asfalto, o, como profetizó Breton sobre el surrealismo -que él mismo se inventó y se sacó de la manga-, "como un elefante hinchado" del que nadie parece o quiere hacerse responsable. Total, que la vanguardia ya no es IN y está más OUT que el pobre Casey en Mudville, y si oigo a alguien gritar

"...mi fuerza es la fuerza de diez porque mi corazón es puro..." (Chris Marlowe) 

me parecerá tan vanguardista como si me dijeran al oído

 "...recordad cerditos: amenaza por amenaza
golpe por golpe
tanto arriba como abajo.
Tus pueriles palabras 
no significan nada para mi.
Tú, traidor, mientras tiemblan
 tus temerosas manos, te escabulles..." (Death in June).

 O sea, que la vanguardia ha pasado a ser lo que nunca debió ser, es decir, retro. Es decir, que hace años que he pasado de mirar hacia adelante porque lo más interesante está en la cuneta -no atrás, no en el pasado, sino, simplemente, averiada, tirada y humeante-. Total, si cultura es Alejandro Sanz y su pseudohumanismo flamenco pedo y tal, prefiero quedarme con Marlowe y Douglas y matarme a pajas mentales el resto de mis días. 


¿Qué diría de todo esto Ian Curtis, o qué dirá Peter Murphy -traidor de mierda que se ha pasado a la "kultür"  inducida por los gobiernos-, o el bueno de Detritus que pertenece a la vanguardia española, y se encuentra humeante, tirado, en mitad de la autopista de la creación, mientras Alejandrito Sanz se dedica a exponer sus cuadros que "le salen del corazón" y no son más que churros abstractos sin ton ni son de un tío que no tiene ni talento pictórico ni genio figurativo como para enfrentarse a un lienzo vacío y racionalizarlo, pensarlo; ¿pensáis que Kandinsky cogía un bote de pintura y lo lanzaba y decía "oole, ¡qué cuadro más salao que me ha salido!"?, o que Mr. Jackson Pollo, quiero decir, Pollock no tenía ni zorra de pintura? Efectivamente; habéis acertado: NO. ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos sucede? Encumbramos a personajes como dioses de nuestro tiempo que ni son excepcionales, ni tienen nada que les distinga notablemente sobre el resto; y fijaos que he dicho "sobre" el resto; es que, queridísimos drugos y débochkas, un dios, un héroe, o un modelo social debe hacer algo excepcional, y para hacer algo excepcional uno debe "sobresalir". Yo, por ejemplo, naufrago y me regodeo en este fango de mediocridad, pero reconozco que, mientras a petardos sociales encumbrados por la propaganda y el marketing les da por exponer sus hobbys, artistas fenomenales, sobresalientes, excepcionales, parecen vivir en las esquinas de la vida, y nadie les presta atención. Hoy, más que nunca, y glorificando el postpunk como totalidad de mi mediocre vida, reconozco que Kierkegaard tenía razón al decir que "sólo la existencia está en proceso de existir", debo reivindicar la vanguardia, con objeto de acudir a ella como un servicio de grúa y reparar su avería. Y, al mismo tiempo, coger todas esas grandísimas mierdas de lienzos destrozados con colores al azar y pretensiones de "mirad-qué-artista-total-que-soy" de gente infumable como Sanz y demás ricos "aparentemente-cultos" y excéntricos y hacer una buena pira; joder, y ya metidos en faena, coger una buena compilación -pirata, claro- de Greatest Hits de este cheloveco pseudotodo y echarla también a la lumbre, ¿no? 

"...Todo fue un grito en la niebla..." Franz Marc. "Los 100 aforismos: la segunda visión"

Amistad

¿Qué es la amistad? ¿Fraternidad? ¿Compañerismo? ¿Catarsis del yo? La verdad es que ha sido tantas cosas a lo largo de estos 30 años de existencia que resultaría imposible hacer una relación fidedigna de los matices y particularidades de cada una de sus formas. De igual manera preguntar, "¿qué es la enemistad?" supondría otro tanto, folios y folios, archivos llenos, repletos de detalles y caracteres propios, intransferibles. Hoy necesito desprenderme de todas las enemistades que han ido cayendo a mis pies como reses muertas a lo largo del camino. No son muchas, y no tienen ya ni siquiera nombres ni rostros, simplemente se han convertido en una suerte de sombras pegadas a mí que parecen pesar un poco, hacerse un tanto insoportables. 

Carl Jung dijo:

Es una prestensión intentar comprender el mundo usando sólo el intelecto. Gran parte de lo que aprendemos proviene de nuestros sentimientos. Así que el juicio intelectual solo es, a lo sumo, la mitad de la Verdad; y si fuera honesto debería tomar conciencia de su propia incapacidad.


¿Qué nos pasa cuando transformamos un amigo en enemigo o sencillamente cuando a un desconocido lo estigmatizamos y le dedicamos un odio tan feroz que parece salírsenos por las orejas? ¿Acaso no tenemos puntos comunes, lugares de encuentro? ¿Es tan imposible el diálogo? ¿Por qué aplicamos el tan asqueroso y horrible "sé cómo son las personas de esa clase" para evitar el esfuerzo de hablar, de acercarnos? Hoy miro hacia mi pasado desde esta ventana en Budapest y digo "podría haber sido mucho mejor". No quiero decir que haya sido un desastre; no. Es, sencillamente, que siempre he sido una persona muy selectiva, y precavido en eso de las amistades y, bueno, podría haberlo sido un poco menos, haber abierto un poco más la puerta; sin embargo, aún hoy, si os soy sincero, no lo siento así, no lo haría, quiero decir. Supongo que esas sombras son los daños colaterales, son el contrapeso necesario en la balanza, el yin y el yang, etcétera. 

Hoy es el día de la reivindicación de los pocos amigos de los que uno ha hecho acopio, y, por tanto, también de esas cuantas sombras negras que han quedado adheridas a la piel y que dan la medida justa de la amistad. 
Y terminaré con una cita del "Poema de los peregrinos". 

Un hombre había, 
aunque algunos por loco le tomaban
que cuanto más tenía
más guardaba

Apreciad hoy lo que tenéis, no lo que habéis dejado atrás.

¡Descubierta!

Ayer tuve una pesadilla. Volví a estar sentado en la sala de estar de nuestra vieja casa de Villalobos. Junto a mi, sentado y con los glasos tintineantes, un niño de siete u ocho años, de pelo castaño claro y despeinado, me miraba; permanecimos durante largo rato estudiándonos, inmóviles y, finalmente, tomó mi mano con la suya, pequeña, minúscula, rolliza y volvió a mirar al frente, no ya a la mesa donde reposaban sus cuadernos de ejercicios y algunos libros de EGB de la editorial Anaya, sino a la puerta de cuarterones, que estaba cerrada y, a través de sus cristales, dejaba entrever las profundidades de un pasillo sumido en unas penumbras horribles, impenetrables. De repente, como si fuera un autómata o una marioneta, se acercó sin quitar su mirada de la puerta, a mi oído y susurró: "Está esperando". Volví mi mirada hacia la puerta. Me levanté, avancé lentamente, y, la abrí. Extrañamente el pasillo estaba en una calma que me recordaba al olor del día después de la muerte de la abuela Fabiana. Giré sobre mí mismo y me enfrenté a aquel salón, allá lejano, aunque no tanto como lo recordaba, y a aquel corredor sumidos en una negrura maligna. Yo sabía lo que iba a suceder; es decir, en el sueño, yo era consciente de lo que sucedería, a lo que me enfrentaría, pero era como quien va a ponerse una vacuna y tiene pánico a las agujas: o se pone la vacuna a pesar del pánico al picotazo o le espera un invierno repleto de fiebre, toses y flemas. No había pasado demasiado tiempo cuando, de aquellas tripas negras de la casa surgió un rostro blanquísimo, de labios negros, de cabellos horriblemente negros, de ropas diabólicamente negras y avanzaba poco a poco como si no tuviera pies, sino que se deslizara sobre unos raíles pre-establecidos; era la figura femenina que me había atormentado durante muchas noches de mi infancia. No me moví ni un ápice, relajé mi cuerpo -como recordaba que recomendó el bueno de Musashi Miyamoto en "El libro de los Cinco Anillos" y me preparé para esquivar todo tipo de contacto físico y efectuar un contragolpe rápido, eficaz; ella se acercaba, y creo, supongo que se sorprendió un poco, al ver que no vacilé; sus ojos negros me estudiaban y se daban cuenta de que yo "ya" no era yo, o aquel "yo" que estaba sentado en la sala de estar, aquel "yo" perdido en el miedo, naufragando en la miserable huida. Cuando llegó hasta mí, descubrí que no podía hablar y, sólo en mi desesperación, pronuncié una palabra "¡MET!" y, como si un millar de hombres situados en el salón hubieran tirado de una cuerda invisible atada a la cintura de aquella criatura, ella salió despedida de un modo antinatural hacia atrás, absorbida por la propia oscuridad. Regresé a la sala de estar: el muchacho estaba de pie, junto a la puerta; lo había visto todo; se abrazó a mi y puso en mi mano una cinta de vídeo donde se podía leer... "Cortos de Chaplin"; entramos a la sala, y comenzamos a visualizar aquella sarta de cortometrajes. De repente, en uno de los cortos: "Charlot, encargado de bazar", apareció ella, aquella figura femenina, aquel monstruo de mi infancia, aquella horrible depredadora de mis peores pesadillas, portando unos horribles anteojos y con esa misma expresión de voracidad, de depredación salvaje. El niño me miró mientras señalaba a la pantalla y dijo: "Es Ella". 

Ella.
Desperté. Comprendí que no fue un sueño al uso y anoté enseguida, antes de ir al trabajo, punto por punto del mismo. Ayer estaba demasiado petrificado como para buscar en google información sobre esos cortos. Hoy lo he hecho. Resultado: efectivamente, era Ella. Su nombre: Charlotte Mineau. ¿Por qué me atormentó en mi niñez? Quizá porque vi cientos de veces aquellos cortos y su imagen se metió en algún rincón de mi cerebro y se atrincheró con sus armas de espectro. Aquel niño del sueño era mi "yo" de ocho años que quería, quizá en algún plano de la realidad, pedirme ayuda para seguir con su vida y sus noches y poder dormir tranquilo y transitar por aquellas estancias sin miedo, y por ello, me dio la clave: me instó a enfrentarme a ella, y una vez dado el paso, me dio la solución (la cinta de video). 

Caso cerrado. Ayer, en aquella pesadilla finiquité el tránsito de esa sombra por una casa por la  que, por otra parte, siento un gran afecto. Me siento limpio, renovado, como recién nacido.

Esclavos del megáfono

Ya hablé del rollo asambleario en otro post. Ahora cobra actualidad. Quiero romper con él.

Podría resumir mis tendencias políticas a lo largo de los años de esta forma: de los quince a los diecisiete me adherí al "ceneteísmo" y al anarquismo de Bakunin, dejando un poco a un lado a Malatesta. En cuanto llegué a la sagrada edad del "si quieres, puedes", o sea, del voto y tal, me refugié en la entelequia sociata; me bastaron pocos años para desencantarme de todo el hedor democrático y regresé a mis orígenes, pero fue el rayo de luz de Thoreau y las teorías de los kibbutz lo que me convencieron, siempre, marca de la casa, aderezado todo, con generosidad, con un escepticismo social creciente.

Me quiero deshacer de la mierda asamblearia. De las manis de estudiantes que quieren poder hacer una revolución para contar a los nietos, de los parásitos sociales que viven del cuento -o sea, como Gunilla Von...- firmando como anarquistas legendarios conciertazos de percusión afro-brasileña y wagneriana en un Retiro cada vez menos apetecible -por cierto-, de los que firman donde sea por lo que sea para lo que sea y con tal de que se proteste por lo que sea, de los rebaños y del sentido de colmena como si fuera algo ética y moralmente categorizable como "bueno". Quiero retomar mi camino y mi disciplina individual tapando los megáfonos de esos aspirantes a iconos de las revoluciones postmodernas, y gritar ahora más que nunca: NO OS RESIGNÉIS; NO SOIS BORREGOS Y NADIE -NI SIQUIERA EL TÍO DEL MEGÁFONO QUE HABLA POR TODOS LOS QUE OS SENTÁIS Y LE ESCUCHÁIS COMO SI FUERA UNA MISA- NADIE NADIE NADIE JAMÁS DIRÁ LO QUE PENSÁIS, SERÁ VOZ DE VUESTRAS IDEAS; SED PORTAVOCES DE VUESTRO PROPIO PENSAMIENTO, SED VUESTROS PROPIOS REPRESENTANTES; NO CONCEDÁIS A NADIE EL PRIVILEGIO DE HABLAR POR VOSOTROS.

Analizando lo que está sucediendo en Madrid hay varios puntos sobre los que me gustaría tener respuesta, a pesar de ser un maldito exiliado o emigrado o escapado...

1.- En primer lugar, la misma reivindicación suscita polémica: "democracia real, ya!". Yo soy un bastardo anarquista y jamás iría a protestar para mejorar una democracia, por tanto, no entiendo qué hacen elementos del movimiento okupa y autoproclamados -grafiti a grafiti- anarquistas. ¿QUÉ SUCEDERÍA SI LAS JUVENTUDES ULTRACATÓLICAS DEL PP SALIERAN A LAS PLAZAS PARA EXIGIR UNA "DEMOCRACIA REAL"? ¿Creéis que "su" democracia real sería igual que la de los acampados en Sol? ¿IMAGINÁIS QUE CADA GRUPO SOCIAL EN ESPAÑA TOMASE UNA PLAZA Y EXIGIESE SU PROPIA DEMOCRACIA? ¿QUIÉN TIENE EL COPYRIGHT DE LA DEMOCRACIA?
2.- Democracia Real. No sólo es triste que parte de la gente de izquierdas de mi país se dedique más al faranduleo (la percusión en plazas públicas, por ejemplo) sino, además, que reclamen la originalidad de ese eslogan -"Democracia Real, ya!"- informando con demagogia que "el espíritu del 15M se extiende a otros países", cuando el puto copyright, de tenerlo alguien, pertenecería a los países norteafricanos y del Próximo Oriente donde verdaderamente se las están viendo y deseando para tener una DEMOCRACIA REAL, sacrificando vidas, regando con sangre, porque lo que tienen son DEMOCRACIAS ENCUBIERTAS (como la que tenía en España el Perro Asesino hasta que la palmó y se tuvo que luchar, en aquella lejana segunda mitad de los 70, por una "democracia real" en España). ¿Qué queréis que os diga? No son originales, lo siento.
3.- ¿CUÁLES SON LAS PROPUESTAS CONCRETAS PARA CAMBIAR LA SITUACIÓN? Sólo una: cambiar la ley electoral. El resto humo general. El resto es una gigantesca panoplia con la que llenarse la boca. ODIO LA GENTE QUE CRITICA SIN PROPONER ALGO: QUIEN CRITICA HA DE PROPONER, HA DE DAR UNA MONEDA DE CAMBIO, ESTÁ OBLIGADA A EFECTUAR UNA CRÍTICA CONSTRUCTIVA PARA FACILITAR LA MEJORA. Leyendo algunos blogs, repasando algunas declaraciones de los "cabecillas" o "portavoces" de ese intento reflejo de revolución, me parece que SÓLO HABLAN DE GENERALIDADES, en abstracto, sin concrección, sin decir "yo no estoy de acuerdo con este sistema, y lo cambiaría de esta manera, así, así y así". 
4.- Además, creo que ha existido un oportunismo en todo esto que es el que ha prendido la mecha: las revoluciones en el norte de África y Oriente Próximo -muy bien vendidas, por la prensa,  por cierto, porque tan sólo la egipcia ha tenido éxito, y la marroquí un éxito parcial; en Túnez lo que ha quedado es un caos del que es mejor no hablar; y lo que está sucediendo en Qatar y Siria es de dominio público- y el desencanto general propio de las épocas de depresión económica. ¿Creéis que son tonterías? En nacionalsocialismo arraigó con más fuerza no en 1923 cuando se fundó el NSDAP, sino en 1930 cuando todo el mundo se desplomaba por el crack económico y existían contínuas protestas socialistas en Alemania. El hambre, la necesidad y la pobreza lleva a un hombre a adherirse a cualquier cosa, y a convertirse en cualquier cosa.


Por tanto mis conclusiones al respecto son: 

1.- EL SISTEMA DEMOCRÁTICO es una ratonera. No puedo estar de acuerdo con un régimen político que otorga el mismo valor del voto a alguien que no sabe ni siquiera qué es el bienestar social, el IRPF, o la socialización o nacionalización de los bienes de producción, por ejemplo, que a una persona cualificada, Y, SIN EMBARGO, NO VALE LO MISMO UN VOTO DE un ciudadano del País Vasco que el de un Castellano Leonense o de un madrileño. Se trata de una dictadura del número, se trata de una maquinaria horrible que nos condena al ostracismo a muchos QUE NO NOS SENTIMOS REPRESENTADOS POR EL 15M y somos de izquierdas. Thoreau dijo: "cualquier ciudadano que demuestre más juicio que su vecino constituirá una mayoría de uno"; yo soy Thoreauniano y creo que NINGÚN PARTIDO POLÍTICO, NI FORMACIÓN SINDICAL, NI PORTAVOZ CON RASTAS Y MEGÁFONO EN MANO ME REPRESENTARÁ tanto como esas palabras. Conmigo y mi opinión no jugarán; es independiente y es como un clavo en un ataúd: SIEMPRE CRÍTICA.

2.- Existe un agotamiento social tan terrible que se distorsiona la realidad. Es como cuando conducimos y cae un aguacero; a través del cristal nada más que vemos gotas y gotas y gotas y lo que hay delante de nosotros queda borroso, indefinido: la realidad es lo que hay más allá del cristal, y la percibimos distorsionada por la lluvia; eso sucede aquí: la realidad es que, efectivamente, el gobierno español, y el de muchas autonomías han cometido muchos errores que han perjudicado a la población, pero no nos dejemos engañar por esas gotas de agua que distorsionan la visión: TODO SE CUECE EN WALL STREET y LOS DUEÑOS DEL UNIVERSO están allí, cobrando comisiones de millones de dólares por asesorar y recomendar productos basura que arrastran a medio planeta a crisis económicas que sacuden como tsunamis a la población y a los que menos culpa tienen. ¿DE VERDAD QUIEREN CAMBIAR LAS COSAS? Entonces id al núcleo del problema, a por la abeja reina del panal; y, una vez fijado el objetivo, ¿creéis posible derrocar el poder infinito que emana de allí? No es posible; la única vía es la AUTOGESTIÓN; ¿que no es posible? ¿de veras lo creéis? SACAD VUESTRO DINERO DE LOS BANCOS, adquirir un terreno, construid una casa y empezad a consumir vuestros propios bienes producidos, sistemas de kibbutz, todos con un kibbutz y veremos qué sucede.

3.- Existe un agotamiento espiritual. ¿Cómo podemos confiar en que las cosas serán distintas dentro de veinte años si los jóvenes de hoy SÓLO SON CAPACES de protestar mediante generalidades contra el sistema? Incluso los obreros rusos -que no eran, precisamente, intelectuales- protestaban concretando en las revoluciones que dieron lugar a la entente socialista. ¿Cómo es posible que los jóvenes se dejen manipular como ovejas por individuos disfrazados con rastas y megáfono en mano que dicen sólo lo que se quiere oír, que sueltan proclamas apestosamente panfletarias? ¿Es este el último estadio del género asambleario? ¿No hay luz al final del túnel? ¿NO EXISTE LA VISIÓN CRÍTICA? La respuesta es clara: no. La raíz espiritual de un pueblo se agota en cuanto se comienza a hablar en términos tan generales; tanto el MAYO DEL 68 como el movimiento HIPPIE, que iban a cambiar el mundo de cabo a rabo, nos dejaron espiritualmente vacíos, nos dejaron un legado de grandilocuentes deseos de paz en un mundo al borde del finiquito nuclear y ahora quieren de nuevo dejarnos vacíos. Haced acopio de fuerza todos aquellos que os sintáis de izquierdas y no representados por este movimiento teatral y vacuo del 15M.

Seguiré en mi lúgubre prisión en este sistema que no reconoce ni representa a los que conformamos MAYORÍAS DE UNO y recordad siempre lo que dijo Nietzsche:

"...Huye, amigo mío, a tu soledad! Ensordecido te veo por el ruido de los grandes hombres, y acribillado por los aguijones de los pequeños..." Así habló Zaratustra. "De las moscas del Mercado". F.N.

Maldad

Era primavera. Yo disfrutaba del chollazo "Curso Básico de Latín" que otorgaba 12 creditazos, así, del ala, a todo aquel que se matriculara eligiéndola como asignatura de Libre Elección. Sus clases se impartían en la facultad de Filosofía de la UCM, primera planta, justo encima de la cafetería. Para cualquiera que, en el instituto hubiera estudiado griego y latín, esta materia estaba chupada: eran créditos fáciles. Allí nos dábamos cita los lunes y los miércoles algunas de las mentes más estropeadas de toda la universidad. No recuerdo, si os soy sincero, ni uno sólo de los nombres de los compañeros de aquella clase, excepto uno. Se llamaba Marcos y estudiaba Farmacia. Era de Barcelona. No conversamos más que una vez; le había visto durante más de dos meses y, ni tan siquiera había intercambiado con él ni una sola palabra. Sin embargo, aquel mediodía de mayo, como no creo en las casualidades, supongo que todo estaba predispuesto para que ambos habláramos; yo esperaba el comienzo de la clase fuera, en el pasillo, fumando un pito y, él se apostó frente a mi, apoyando su pie izquierdo en la pared y mirándome; le dije "hola" y sonrió sin decir nada; luego se me acercó y me dijo "¿quieres ver algo interesante?". "Bueno", respondí con la ingenuidad del aburrido. Se levantó la manga derecha de su pulóver y extendió su brazo hacia mi, con el puño cerrado hacia arriba; en su antebrazo había una gasa de aproximadamente quince centímetros de largo y siete de ancho; él la levantó y pude ver una herida espantosa, horrible que me dejó sin habla; fue la misma sensación que tuve cuando vi de niño -en un telediario del lejanísimo 1986- el suicidio de Budd Dwyer; necesité varias horas para reponerme de la impresión. 

- ¿Qué te parece? -me preguntó.
- Tío, tienes que ir a urgencias... se podría infectar y... 
- ¿A que me lo curen? ¡¿Estás loco?! 
- Bueno, yo no sé nada de eso pero...
- Me lo he hecho yo; con ácido. 
- ¿¡Qué!? 
- ¡Sí! -y lanzó una carcajada monumental; al verme boquiabierto continuó su particular explicación de lo sucedido- Ayer estaba solo en casa. Terminé de estudiar "blablalogía" y, de repente, me dieron ganas de coger al puñetero caniche de mi madre y acuchillarlo, pero luego pensé... ¿Por qué? Disfruta un poco del dolor... y, después de prepararlo todo, me fui quitando la piel con ácido, poco a poco... ¡Olía que daba asco!

Jamás un cigarrillo me supo tan asquerosamente mal. Imaginé su piel quemándose al tiempo que su rostro disfrutaba enormemente con aquello. ¡Y quería matar a aquella pobre criatura! ¡Y qué herida! En casa no conté nada. Estas cosas son para quedárselas uno durante un tiempo, digerirlas y soltarlas, años después, en alguna reunión de amigos, o en un blog de actualización personal; ¿me imagináis contando todo esto en una cena? Mi madre se hubiera quedado impresionada pero al poco se hubiera sobrepuesto un poco,... pero mi abuela, con esa adoración casi mística por el sagrado templo universitario, se hubiera quedado frita al saber de la existencia, no sólo de fauna yonqui, sino también futuros serial killers. 

Durante todos estos años no he dejado de pensar en que, tal vez, allí conocí a una especie terrorífica dentro de la fauna social, una suerte de animal urbano destinado a la depredación del propio hombre, un asesino serial en toda regla. Recuerdo la mirada de otras personas que, entre nosotros, podríamos calificar de "grilladas", pero ninguna de todas ellas tenía ese brillo pétreo, esa frialdad de quien perdona tu vida a cada segundo; recuerdo su rostro y era como el de una muñeca de porcelana, de esas antiguas: se movía, sonreía, se arrugaba, sí, todo eso, sí, muy bien, pero sus ojos no se expresaban, sus ojos no eran como los nuestros. Sus ojos eran la maldad. Mucha gente está equivocada al pensar que son enfermos mentales: no, los asesinos seriales, no son psicópatas: ellos saben distinguir perfectamente entre el bien y el mal, lo lícito y lo ilícito, lo justo y lo injusto; prueba de ello es que muchos piden a los jueces que les encierren de por vida porque seguirán matando. Ese muchacho llevaba su futuro escrito en la frente, y nos miraba a todos con sus lentes de  nácar frío desde lo alto de la pirámide alimenticia.

No sé qué era. No tengo explicación para ello. No sé cómo llamarlo. ¿Esquizo? No. Sabemos qué es. ¿Sadismo? No, tampoco; en el Strong había unos cuantos sádicos y nunca fueron fauna de este tipo. ¿Por qué no Maldad?. 

Hoy, más que nunca, daré gracias por no haberme topado de nuevo con una mirada así.

Llegado a este punto, sólo puedo añadir

"No hagas mal y el mal no te dominará; sepárate del injusto y él se alejará de ti"
Eclesiastés.





Espejos

Existe dentro de mi golobá un secreto terror. 

Entremos en un dormitorio estrecho y alargado, con dos camas individuales dispuestas bajo la ventana del mismo, que está al frente. Junto a nosotros, a nuestra izquierda un armario y un escritorio; a nuestra derecha un espejo de medio cuerpo. Sentémonos en una de las camas, con las piernas en el pasillo resultante de la separación entre ellas. Miremos la luna a través de la ventana. Es una extraña sensación: luna blanca sobre el haz de las luces anaranjadas. Sin embargo, parece que no estamos solos en esa pequeña estancia, y un escalofrío recorre nuestra espalda. Al volver la mirada hacia la puerta de la habitación podemos ver cómo, al contraluz, la silueta de alguien, poco a poco, sale del espejo y, aterrorizados, ni siquiera nuestra voz es capaz de escapar en gritos o alaridos; al acercársenos esa silueta, nuestro horror es mayor, nos es familiar, cercana: es nuestro doble, "el otro". 

Los espejos son terroríficos. Encierran algo terrible: un mundo paralelo, simultáneo, replicante. La delgada línea que nos separa de lo que hay dentro de él no es más que su propia superficie. Y su historia no es menos terrorífica que la historia "de aquí". Cortázar tenía razón: "los de aquí", "los de allí". "ON"/"OFF". Los espejos son ventanas, a través de las que, silenciosamente, "los de allí" nos observan. Esto, al menos, es lo que siempre me han parecido. Nunca he soportado los dormitorios con espejos: los lugares donde nos recogemos y somos más vulnerables, de repente parecen convertirse en salas de observación de "los de allí", "los que no duermen". Echad un vistazo a la tradición de los espejos en la cultura occidental: puertas que se abren, ojos que observan, reflejos imposibles, la vanidad de una reina malvada, o ese desafío maldito de LeBrun en Versailles, o esa leyenda urbana infumable...

Durante años he odiado los espejos, me he sentido observado como una cobaya por seres idénticos a nosotros, pero con ojos de depredadores, con esos ojos que sólo la depredación es capaz de dar a ciertos animales. Hoy ha llegado el momento de destruir todos los espejos que logre mi memoria amontonar y guardarlos en una bolsa de terciopelo azul marino y lanzarlos, finalmente, a un Danubio que, poco a poco, comienza a llenarse con mis manías y fantasmas.

Horas muertas

"El hombre grande es aquel que en medio de las muchedumbres mantiene, con perfecta delicadeza, la independencia de la soledad" R.W. Emerson

Recuerdo, de forma nítida, muchas cosas de mi infancia. Como todo el mundo. Supongo. Quizá el hecho de que hoy sea una persona más o menos sociable -a pesar de mis momentos asociales- deriva de la gran cantidad de horas de soledad de mi infancia, de la enorme cifra de desplantes que recibí -sin torcer el ceño demasiado- y hoy, los que tuvieron mil amigos de niños se caen a pedazos sin encontrar ni una sola brizna de amistad en sus vidas; irónico, ¿no? 

Los nombres poco importan. Las personas bajo esa etiqueta de nomenclatura y letras también son prescindibles; total, me dejaron frito en más de una ocasión, sin más remedio que el de comerme las horas a solas, con guarnición de tedio -¡doble!- y la única labor de ir acumulándolas como cimientos de otra cosa, de algo distinto. Otra persona -quizá un psicokiller, o un banquero...- hoy se hubiera cobrado la deuda. Yo paso. Me da lo mismo. No es cuestión de balances, de echar cuentas, de sumar aquí y restar allá; tampoco creo que sea necesario recordar nada a nadie, de sacar la libreta y decir "lo comido por lo servido" y ese batiburrillo de jardines más verdes que el mío: digamos, como aquel gran rabino de celuloide reciente, que a un lado y a otro tengo dos jardines, y el mío está verde...con eso me basta. Las cicatrices de la infancia, contrariamente a lo que piensan muchas personas, dejan cicatrices que no se ven, e, incluso, se pueden olvidar. 

Como dijo un actor malísimo - G. Hackman; bueno, vale, "malísimo" no; corrijo "únicamente bueno en un par de films" (The French Connection y Un puente lejano)- "en lo único que un hombre puede confiar es en la sangre"; y así es, druguitos míos: confiad en vuestros padres, abuelos e hijos y del resto... en fin, es mejor que la vida se ocupe de ellos.

Hoy toca coger esas horas de soledad, de tedio infumable (sentado en el bordillo de la acera frente a la tienda de mi abuela o caminando por las calles nocturnas y repletas de asquerosas formas de acrídidos y coleópteros nocturnos) y meterlo dentro de un balón de fútbol. Colocarlo con pausa y parsimonia en la cumbre de una montaña de basura; tomar meditada carrerilla y... ¡¡sblam!! ¡A la mierda con ellas! 

Sinestesia

Hoy toca meter el dedo en la llaga, extraer la bala puta y sostenerla entre las yemas de nuestros tentáculos y exclamar: "¡Hay que joderse!". Tenemos que volver a meternos en la maldita cápsula que nos mande de un puntapié cósmico al pasado, a una atmósfera reconocible, pero lejana. 

Padezco una secreta enfermedad, o un don secreto, o, en palabras de Stan Lee, "un gran poder". Soy sinestésico. ¿Qué es eso? Bien, todos lo somos hasta una edad. De repente, dejamos de serlo. Pero una persona de cada mil, o un Álvaro de entre mil personas, padece o sufre o disfruta de este "ismo". ¿En qué consiste? Consiste en asociar sentidos dispares y sensaciones dispares con palabras, números, lugares... Parece sencillo, e, incluso, muchos de vosotros diréis: "Eh, yo también, entonces, soy sinestésico"; parece sencillo, repito, hasta que llega un "alien" como yo que te dice "el cinco es de color púrpura", o "la palabra 'anís' es el ruido de una gota que cae desde el grifo de la bañera", y entonces toca alucinar pepinillo. 

Yo reconozco que he llegado a sacarle partido para mi propio provecho: para mis exámenes bastante creativos del instituto, para mi mano que escribe, para alguna que otra fiesta de erasmus -en la que poder ser el más IN en un continuo knockOUT- o para mis primeros escarceos adolescentes y testosterosos. Sin embargo, reconozco que, poco a poco, para mi y mis hermanos sinestésicos y sinestesiados, queda muy poco espacio en un mundo en el que no existe resquicio alguno de creatividad al poder, belleza o muerte, o lemas por lo demás un tanto cursis, pero dentro de los que uno podía desarrollar todo su potencial de asociaciones creativas, y desarrollarse -¿por qué no decirlo?-. 

Hundiendo los dedos en la herida podemos extraer fabulosas sinestesias de mi pasado. Podré escuchar mil veces Carmina Burana que nunca me gustará, y sólo será asequible, tragable, asimilable si arropa en una cabalgada triunfal a aquel maravilloso King Arthur de Boorman (John, el director; no Martin, el nazi), recuperando el terreno perdido con el tiempo, haciendo reverdecer los campos de Inglaterra y acudiendo sin temor en su corazón al encuentro con su hijo, Mordred, el maldito.

Tampoco puedo evitar, al escuchar el Andante Grazioso de la Sonata nº11 de Mozart, recordar aquel magnífico ex marine y veterano de Vietnam que, en una calurosa tarde de Julio, en los campos de Kansas, deja su cinturón de herramientas, baja del poste de televisión por cable y se encuentra con lo desconocido, con lo inexplicable, con el grupo de tres luces que vuelan a velocidad imposible a ras de tierra para luego lanzarse al espacio, al buio infinito.

Si presionáis un poco por aquí y por allá, encontraréis a un profesor de EGB que tuve: Don Tomás; él nos habló de ciencias naturales y, en mi quijotera oír "Don Tomás" era ver color verde, y su voz, durante mucho tiempo, hacía que se me viniera de golpe a la mente, no me preguntéis por qué, un termómetro. Asimismo, en el instituto, Marta, de la que ya os hablé y que tenía unos labios fríos como una encimera de granito, era el color rosa pálido y la sirena de un coche de bomberos; por contra, en la universidad, mi amiga Ana era el color naranja; Ruth era el número 7; Javi era el rey blanco de un tablero de ajedrez; Detri, era el ámbar... Mi primo David era un azul celeste; mi abuelo era de un negro brillante como el lomo de un caballo bien acicalado, un cofre de talla bizantina en marfil o el número 10, como Michel, el gran Platini, héroe de la infancia y del calcio fantasia; mi abuela era de un color indefinido, a mitad de camino entre un naranja rosáceo y un rosa anaranjado, una alegre cervatilla o el número 4; mi madre fue siempre azul marino, o una falda blanca y amplia de lino, un hada buena o el número 9 -"te quiero 9000", le decía yo, con cuatro o cinco años, pensando que aquella cantidad era la más grande del universo; luego llegó el conocimiento (inútil) y me enseñó el maldito e insípido número infinito-... Y Ria fue siempre el púrpura de las emperatrices, el magnífico aroma de los Alpes en Cortina D'Ampezzo o el sabor de la crema francesa.

Una vez extraída esa bala, observémosla bien y, en vez de tirarla, hagamos algo mejor: metámosla en una burbuja de cristal, como un trofeo, para volver a mirarla cada cierto tiempo y no olvidar nunca que las cosas no siempre fueron así, como son ahora, o como son desde este punto de vista, o como son desde este ángulo de la habitación y que, debo de sentirme afortunado por padecer, sufrir o deleitarme con esta enfermedad, dolencia o don... Ya lo dijo el viejo Stan: "Un gran poder... conlleva una gran responsabilidad"

O Guincho... Un apocalipsis para disfrutar con un Dry Martini en la mano.

Vivimos una época de desastres naturales que, según los chaplinos del Vaticano, preconizan un final apocalíptico para, más o menos, un par de semanas y media, a eso de la hora de la siesta. Desde luego, no les culpo a ellos de pensar en ello (aunque el libro de "Las Revelaciones" o "Apocalipsis" sea simplemente un libro para demonizar el advenimiento del Moshiaj, o sea, del Mesías judío, y que, a su llegada, la gente le tome por "el Anti-JC", y tal, y esas historietas de cómic que nacieron en la fructífera editorial del concilio de Nicea, 325... ¡y sin pagar los derechos de autor a los israelitas!); de hecho, son tantos los azotes de la naturaleza hoy en día que casi son equiparables a los azotes del hombre -¡que no son pocos!-, o de alguna que otra debóchka vestida de látex y con la amenazante presencia de un látigo en su mano derecha.

Yo viví mi único y suficiente desastre natural en O Guincho, Cascais, o sea, Portugal. Lo que un día fue un lugar paradisíaco en cuestión de seis o siete horas se convirtió en un gigantesco cementerio de árboles carbonizados a la orilla de un océano perplejo, cariacontecido, con olas gilipollas que preguntaban a cada unodós unodós "¿qué es lo que ha pasado?".

Esto es, a grandes rasgos lo que sucedió. Era agosto. No teníamos pasta los del grupo habitual, no queríamos pasar la inmensidad del verano en la cloaca madrileña, y, como no podía ser de otra manera, echamos mano de las influencias que, en nuestro caso, se reducían a una carta: el padre de Javi. Mediante una rápida gestión nos reservó plaza en un magnífico camping situado a las afueras de la ciudad residencial de Cascais, en un pinar vetusto y gigantesco que cubría varias montañas a los pies del papá océano. Así que nos quedaba hacernos con el carnet de "campinguistas" y, una mañana de Julio de aquel lejano 2000, nos plantamos en un número que no recuerdo de la calle Alberto Aguilera, donde estaba la oficina de "campings y rollos macabeos de España" y salimos, triunfantes, sin cinco mil pelas y con un petardo de carnet del tres al cuarto de color verde selvático. No le dimos importancia al timo y decidimos concentrarnos en los preparativos del camping.

Obviamente, como sucede a la hora de llevar a la práctica un plan, hubo pequeñas fricciones respecto al proyecto primigenio. La más importante: no vinieron Sergio y Teresa -no recuerdo el motivo, pero sí que puedo afirmar que me quedé un poco triste por ello- y sí, en cambio, vino Nadia -una compañera de la facul- y una pareja de amigos -Jano (creo que se llamaba) y su novia (creo que se llamaba -bis-). Por último, para completar el plantel, se apuntó así, porque él lo valía, Alejandro -un futurible psicokiller bipolar que, por aquel entonces, no me dejaba ni a sol ni a sombra, y que un año antes tenía al payaso de Corgan como un dios y, desde que comenzó a frecuentar el Dark Hole con mi grupúsculo, se lanzó de cabeza a pontificar sobre Love Like Blood, Christian Death o Sisters of Mercy (¡Eh! ¡Un momento! A mi me da lo mismo que se pontifique sobre esos suecos de voz y garganta profunda de L.L.B. o de los góticos pachangueros y tururú de Sisters Of Mercy... Pero Christian Death, o sea, Rozz Williams, R.I.P. 1998, es otra historia, ¡joder!). Así que el grupo quedaba configurado por esta panda y por la crema... o sea, Javi, David y yo.

Tomamos un bus desde Méndez Álvaro hasta Lisboa a eso de las 22 horas un viernes y llegamos a Lisboa a las 6 de la mañana -previa parada en una estación de servicio en Badajoz provincia-. Bajamos desde la estación de autobuses paseando hasta Cais do Sodre y allí tomamos el tren en dirección a Cascais. El trayecto era ameno. El océano quedaba a nuestra izquierda, con sus aguas de crobo azul zul ul ... Y David, especialista en este tipo de situaciones, comenzó un prometedor discurso de 4 horas sobre el cine americano de postguerra; sin embargo, reaccioné rápidamente, y me permití el lujo de preguntar a Javi dónde estaba el maldito camping, porque, claro, llevábamos media hora de bus desde que salimos de Cascais y todo empezaba a quedar un poco, muy, lejos. David soltó la perla del día, quizá de la semana: "Javi, tu padre ha reservado plaza donde Rambo perdió el machete"; todos nos cachondeamos, debo reconocerlo, bastante y Javi explotó, ante la impertérrita actitud de la portuguesa cuarentona que tenía sentada a su lado, haciendo de dique natural entre él y nosotros: "¡Ya me gustaría veros a vosotros hablando por teléfono con un puñetero gitano portugués sin entender ni una palabra!" (speech, por otra parte, en el apropiado tono de voz de un "Javi hasta las pelotas", o sea, gritando). Cuando bajamos del bus, la gente que había dentro de aquel cachivache con ruedas respiró tranquila; y nosotros bajamos como Marciano bajaba del ring, exhausto, sudoroso, con ganas de una buena ducha y nada más.

Nada más montar las dos tiendas, hicimos la distribución del personal en las mismas: en la más grande, Nadia y sus druguitos IN. En la más pequeña, Javi, David, el psicópata y yo. Una vez hecho el ganso lo suficiente y conocer el entorno, ver cómo se las gastaban las italianas en Portugal (nuestras "vecinas") quedándose en cueros en menos que cantaba un gallo, guiñando ojos a diestro y siniestro e intuyendo la testosterona como Maradona detectaba un kilo de coca a cien metros, decidimos bajar a toda mecha al océano -que estaba a 500 m- del camping, meternos de lleno en el viejo líquido fundamental, helado, tan diferente al charco Mediterráneo, y bajar un poco esas hormonas. David, casi se ahoga con una ola de 20 centímetros. Luego supimos que no sabía nadar.

Los días pasaban, la tensión entre ambos grupos crecía, y, todo eclosionó una tarde cuando, después de hacer las compras en una gran superficie de Cascais, llenos de bolsas con comida, y tal, fuimos derechitos a la parada de bus para ir al camping y disfrutar de una buena buena cena. Estábamos bromeando sobre alguna tontería monumental de las nuestras y David, seguramente, tenía preparado algún buen cricheo sobre Scorsese, cuando miré hacia la derecha, hacia las montañas lejanas donde estaba nuestro camping y vi cómo una enorme columna de humo se levantaba vigorosamente hacia el cielo; no sabía ni qué decir; la voz se había  largado de vacaciones, y el peso de las bolsas ya ni siquiera era importante, ni lo sentía; ¡mierda! si me hubieran pegado una buena castaña en plena cara ni me hubiera enterado. David me miró y me preguntó qué me pasaba. Solté una bolsa y señalé con la mano libre hacia las montañas; el resto aún reía y cacareaba de fenómenos; Javi se acercó en su "pululing" eterno y preguntó a David; yo murmuré algo así como que pudiera ser nuestro camping. Javi puso su cara de "¡Eh, a mi no me la dais! ¡Queréis tomarme el pelo...una vez más!". Incluso el psicokiller, que días antes estaba de un humor de perros y pasaba de dirigir la palabra a nadie durante horas y horas, esa tarde estaba tronchándose de risa por alguna que otra gilipollez de las suyas. 

Una viejecita portuguesa, con un móvil, se nos acercó a David y a mi, y en un castellano para dar de comer aparte, nos preguntó si éramos del camping. Respondí afirmativamente con el corazón saliéndose por la boca -y rezando, internamente, para que no dijera...-, "...o camping istá quemando". Me quedé frito, paralizado. Sólo pensaba en el billete de bus que tenía dentro de la mochila, sólo pensaba en la ropa y en el "¿qué haremos ahora?"; David encendió otro cigarrillo e intentó calmar los ánimos; Javi corrió desesperado hacia una cabina y llamó a sus padres, desoyendo los consejos de David de esperar a ver hasta dónde llegaban los daños; el grupo IN comenzó a discutir, tirarse de los pelos, gritarse como si soltaran en mitad de la guerra del Vietnam a un grupo de colegialas de Beverly Hills 90210; yo seguía en shock; Javi hablaba con su padre desde una cabina y le decía "¿Recuerdas la hebilla de Motorhead? Bueno, ¡pues ya no la verás más!"... Todo se nos fue de las manos. 

Estábamos en aquel trance cuando, de repente, aparece un chico cargado con tres mochilas gigantescas -ya sabéis, de las típicas de acampada-. Para frente a nosotros. Se nos acerca. En un inglés de Bela Lugosi comienza a preguntarnos algo... Al oírnos transcribir su inglés al español, nos preguntó si éramos españoles. Supongo que fue la inercia, o el cansancio, o el dejarse llevar... y dijimos que sí. Nos relató cómo estaba en el camping, fuera de su tienda, preparándose una Litoral en su camping-gas y se encendió un cigarrillo; de repente, escuchó gritos por aquí y por allá y vio una ola de fuego de dos metros a unos veinte pasos de él y se planteó a sí mismo un dilema: ¿qué hago: me fumo el cigarrillo, me como la fabada o salgo pitando? Eligió comerse la fabada y fumarse luego el cigarrillo tranquilamente y después, como sus amigos estaban de visita en Sintra, coger sus mochilas también y largarse con calma hacia Cascais. Yo ya estaba saliendo de la impresión y, ¡caray!, aquel relato me conmovió tan profundamente que la única pregunta posible en ese momento era: "¿Eres vasco, tío?". Respondió afirmativamente; de Donosti. En fin, se unió al clan y decidimos ir hacia el camping; el tipo intentó disuadirnos, pero, en nuestra total y absoluta inconsciencia le dijimos que nuestras mochilas estaban allí, y eso era casi como decir que nuestros hijos estaban allí. Tomamos un autobús que nos dejó, ¡oh, sorpresa, sorpresa! a un kilómetro del camping (¡cobarde!), junto a una gasolinera -que ese día hizo el agosto,... aunque viendo cómo derivó el mega macro incendio... tal vez fuera su último "agosto"- y allí vimos la magnitud de la columnita de humo que se veía desde Cascais, decorando el cielo... 


Vista de la carretera que bajaba al mar.
Todo a nuestro alrededor eran cenizas, y troncos de árboles en combustión, al rojo vivo; caminamos por el asfalto hasta llegar a la entrada del camping: desde allí teníamos una vista de las montañas de alrededor y, allá, en lontananza, al oeste, el océano. Los bomberos estaban por allí, entrando y saliendo del camping, y, de cuando en cuando uno se quitaba la máscara, se acercaba a la ladera de la montaña que había enfrente y encendía un cigarrillo con las brasas de un tronco. Descubrimos un nuevo tipo de bomberos y de actividad bomberil: ¿cómo apagar incendios mediante la meditación y el budismo zen? Me acerqué a un grupo de ellos que estaban fumando, bromeando y tal (imaginad la escena en la barra de un bar o de una cafetería... ¿lo tenéis? Bien, ahora quitad el típico espejo de pared corrido, los trofeos del equipo de barrio chusño de turno y con vuestro photoshop mental situad tres montañas enlazadas ardiendo desde la base hasta la cima, al rojo vivo), y les comenté que había una encina enorme, cerca de una caravana -no destruida- que acababa de empezar a arder por el follaje (para los no curtidos en literatura: las hojas)... Uno de ellos me miró, asintió, dio un tiento al pito que estaba fumando y siguió la conversación... Dije un "¡Vale!" con mala uva, con segundas, puntada con hilo y tal... y, al regresar al grupo, me encuentro con David que me dice que Javi se ha metido en el camping a por su mochila. Momentos de incertidumbre, tensión, "dame un cigarrillo", "No tengo fuego", "No te preocupes que aquí hay un tronco en brasas...", y entre el humo, como salido de aquel programa que daba grima -"Lluvia de estrellas", aparece Javi, tosiendo, con la mochila de David, la suya y la mía en una mano y en la otra, como si fuera un trofeo, como si se tratara del título mundial de pesos pesados, su cinturón con la hebilla de Motorhead. El vasco se quedó de piedra; luego se acercó a Javi y le preguntó: "¿Tú también eres vasco?", y los antecedentes castrenses le salieron a borbotones... "¿Yo vasco? -golpe en el pecho- Yo soy ejpañol". 

Vista de una de las laderas esa noche.
En fin, bajamos al mar para estar a salvo y, según transitábamos por aquella carretera... veíamos toda esa naturaleza devastada, y ese sonido chisporroteante de la resina de los pinos quemándose, de los troncos partiéndose y cediendo y cayendo, irremisiblemente, rendidos, al suelo totalmente negro. Cuando llegamos a la playa decidimos ir al chiringuito que había en el extremo sur de la playa, que estaba cerrado. Allí nos cobijamos y pasamos la noche.

Recuerdo que nos dormimos muy tarde: ante nosotros, dando la espalda al mar, vimos una cadena montañosa equivalente a la sierra de Guadarrama como una antorcha gigantesca en la noche. A eso de las cuatro de la mañana, aún el fuego iluminaba todo y nos despertamos pensando que era el amanecer; pero no, fue el ocaso terrorífico y apocalíptico de un lugar, antes, paradisiaco. 

Al día siguiente regresamos al camping. Todo humeaba. Todo era negro y humeaba. Nos dejaron entrar para ver si se habían salvado nuestras pertenencias. No lo creeréis, pero el camping ardió casi en su totalidad y sólo una doceava parte se salvó... curiosamente nuestras tiendas estaban ilesas, con mucha ceniza eso sí, pero a salvo. Pudimos disfrutar de lo que quedaba de semana.
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