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MUSEOS, INTELECTUALOIDES. UNA SOLUCIÓN YA.


 …El problema es que, en estos tiempos que corren, se fomentan más las bondades de parecer culto que la propia cultura…”, dice el sabio de barba blanca y tupé dadá. Lo subscribo. No porque haya estudiado una mierda de licenciatura que tiene mucho que ver con una de las formas de ligar más extendidas entre el (¿)gran(?) público –cazar jais pareciendo culto-, sino porque verdaderamente me doy cuenta de lo poco que le interesa a la gente leer. Los museos, que siempre fueron reductos de vagos y maleantes, ahora lo son más; sus salas se ven pobladas por una fauna de pelaje engañoso, chusño y muy pero que muy superfluo.

En mis visitas a los distintos antros de perversión del arte me he cabreado más o en mayor medida que obtenido satisfacción del que debería ser el indescriptible placer de ver un Andrea del Sarto –il pittore senza errori, como diría VASARI-, un caballo Géricault poseído por un fulgor volcánico, un tranquilo tronco de árbol de Constable o Cozens, o una fabulosa exaltación del vértigo made in Kandinsky.

Es cierto que parece que vivo en una utopía gigantesca de intentar corregir el rumbo de las situaciones y, por ello, no quiero buscar culpables más allá de mi persona.

Comenzaré dando una mala noticia: el arte contemporáneo no es una plataforma de pensamiento democrático o, en términos del abuelo Timoteo, “JAUJA”. Lo único que uno tiene que hacer, lo mínimo que uno tiene que hacer antes de dejarse caer por algún museo de mala muerte es echar un vistacillo rápido en internet de lo que le interesa y lo que no de ese centro; consumir un museo entero en un día no sólo es una tortura sino que es de gilipollas integrales –que, por cierto, luego alardean dándoselas de “Spenglers”, contando la suma estupidez, el tan temido “¡pues yo me pateé el Louvre en un día!”, mientras mi rostro se convierte en algo parecido a un retrato de Bacon-; un museo, a pesar de haberse convertido en un artículo comercial más en si mismo, no deja de ser como las matemáticas –otro producto comercial, si lo pensamos bien-: a pequeñas dosis enriquecen, a grandes dosis matan. ¿No estáis de acuerdo? Bien, no soy yo quien saca a colación el tema por primera vez: MARCEL DUCHAMP, el hombre que cambió el devenir del arte contemporáneo, reflexionó acerca de lo absurdo de consumir un museo entero en una mañana o en un día; su obra “Mire atentamente esta obra, a menos de metro y medio, con un ojo tapado, y durante algo menos de una hora”, hace referencia al cansancio del ojo: el ojo se cansa, el ojo no está para un “Al filo de lo imposible” de 4 horas o 6 horas o esos maratones de dioses de la estulticia supina y aparentaloide de"pasé-todo-el-día-en-el-museo", porque, al cabo de una hora, nuestros glasos ya están cansados, ya no prestan la debida atención, la vista se nubla en señal de protesta y Picasso, Ernst, Picabia, Derain, Bonard, Vlaminck, Klein, Hopper y compañía comienzan a importar más bien poco y en nuestra mente, a la par que vemos de pasada una naturaleza muerta de Braque ("Periódico, café y pipa"), comienza a dibujarse la sombra de un refrigerio en alguna terracita a la tierna luz del verano.

¿Cómo suele ser un intelectualoide? Bien, suelen ser bichos de pelo alborotado, gafas de pasta negra, lecturas superficiales y a la luz de la guantera de algún Volkswagen escarabajo sesentero o de algún mini (que siempre fueron coches muy IN) con objeto de soltar alguna frasecilla del tipo "A mi me encanta la lluvia: la lluvia arrastra los recuerdos por las aceras de la vida" delante de la cheloveca de turno y de algún Picasso del período rosa o azul. Es entonces, cuando esta bestia urbana se lanza al cuello de su víctima sin compasión; pero, al igual que las bombas racimo, el napalm y la bomba de neutrones israelí, sus ataques suelen tener efectos colaterales: tocan -y mucho- los cojones a los que, inocentemente nos dejamos caer por esa misma maldita sala a esa misma maldita hora. ¿Que cómo suele ser un intelectualoide? Exactamente como el presentador de Gafapasta, a quien, por cierto, tuve la desgracia de soportar en una sala de arte contemporáneo de Madrid, antes de que fuera famoso y extendiera su intelectualismo de cartonpiedra y su ironía de caca-culo-pedo-pis no sólo en tv sino también en diarios digitales concediendo entrevistas donde poder decir un par de chusñas palabrejas rimbombantes teñidas de cierto revisionismo mod, beatnik y "tururú" postmoderno. 

¿Cómo combatir a un intelectualoide? Fácil.  Tres opciones: Reduciendo al ridículo su speech de ocho horas delante de una obra, apelando al sencillo título de la misma y provocando una sonrisa triunfal en la jai que quiere conquistar a base de "queso fresco"; cambiando de sala; o llevando un ipod y enchufándoos al rollo melómano un rato, lo que dure vuestra visita al museo. Obviamente, un hipócrita políticamente correcto os recomendaría la segunda o la tercera opción; yo os recomiendo la primera: la gloria es para los osados y, creedme, no hay cruzada mejor que liberar el arte de este tipo de secuestradores, liberar los museos de toda esta plaga de playboys de pandereta, meshugas y schnoren -empleando terminología yiddish que me queda más a mano últimamente-. Tenemos que liberar al gran Cézanne, al bueno de Matisse, a Bonard, a Vlaminck, a Malevich, a Kandinsky y a Marc, a Picasso, al fantástico Mondrian, al inolvidable Klee; leamos el arte, leamos a los artistas, sepamos qué quieren decirnos, qué tenían que decirnos y pasemos en colorines de toda esta fauna postmoderna que es más retrógrada que 
Felipe II.

Perdonad mi vehemencia. Mi amor por el arte me puede. Y debo confesar que, cada día más, odio ir a los museos, odio ese olor de traje de domingo, esas fragancias de donjuanes beatniks y snobs que creen que Picasso fue por entero cubista (¡¡¡¡¡y sólo lo fue desde 1909 al 12!!!!!), y esa tortura que sé que me espera. Por eso, y sintiéndolo mucho, pasaré página y, como si hubiera sido cosa de la edad temprana, dejaré los museos en las cunetas de mi vida, visitando, de ahora en adelante, sólo aquellos que nunca antes había visitado, aunque sólo sea para ver una o dos salas. 

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El último alemán

Me han acompañado durante años. En muy distintas situaciones, con sus besos de puñalada trapera, de pan para hoy y cáncer para mañana... Me han hecho más daño que todas gripes que he pasado a lo largo de mi vida juntas. Y, sin embargo, ¿qué queréis que os diga?... Fueron siempre leales y me ayudaron a deshacer muchos muchos muchos nudos que la vida, las situaciones, los compromisos arrastraban hasta el centro mismo del estómago. Me calmaron cuando alguien o algo me estresaba; me ayudaron a contar hasta 10 cuando algo no marchaba bien; me proporcionaron algún que otro momento de reflexión, un straight, no chaser  a medida y perfecto a media mañana que era como esa clara y nítida golosa de la trompeta de Dizzie en aquella "Noche en Túnez" o, empleando el otro polo de mis pasiones, aquella percusión imposible del bueno de Morris en toda esa amalgama de garitos postpunk de Manchester. 

Ayer fue el último beso. Se lo prometí a Ria: nada de infidelidades, y mucho menos con esos alemanes tan blanquitos y larguiduchos que se adherían a mis labios de fenómenos que permanecían en silencio humeante, en compás de espera de esclavos obedientes -y homicidas-, entre tiento y tiento. De hecho, mi abuelo también tuvo sus escarceos amorosos con otros alemanes, más rollo imperial y Kaiser y, finalmente, tuvo que enfrentarse a la decisión, a la encrucijada:  la abuela, el zarpazo de la moira o seguir libidinosamente humeante, obscenamente fiel a sus teutones... 

 Echaré de menos a mis Davidoff y, aunque me aflija decirlo... mis pulmones respirarán más tranquilos. 

Sé que la mitad de vosotros me daréis la palmadita en la espalda y me diréis: "¡Adelante, muchacho! Amores así es mejor no verlos ni en pintura"; y la otra mitad -y sé de antemano los nombres de las personas que conozco que acabarán en este segundo grupo- me dirá: "¡¿Desde ayer?! ¡A ver cuánto tiempo transcurrirá hasta que te enciendas otro pitillo!", a los que les dedico esta reflexión: siempre habría un último cigarrillo y siempre habría un día como hoy, es el primer paso; lo que no es de recibo es la mala baba, así que, seamos todos "esas buenas personas" que siempre presumimos ser y acompañémonos con buenas intenciones y entendamos todos juntos que este no es un asunto de apoyos sino de una persona intentando ocupar su tiempo y sus apetitos en otras cosas...

Auf Wiedersehen, Davidoff! 

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Parques, jardines...y el resto que arda.

Reconozco mi muy poco apego a Madrid. Es algo sabido. Papel mojado. Nada que hacer. Caso perdido. Es cierto que, cuando alguien alaba las bondades de vivir en los madriles -las de siempre: que si las tapas, que si la comida, que si el "todo abierto de lunes a domingo a todas horas", que si el Prado, que si la Plaza Mayor, que si esa costra del Rastro...-, no puedo reprimir pensar en una orbe de frío cemento, nulo criterio de planificación urbanística (prueba de ello es ese pasado proyecto de eliminación de una de las pocas perlas de la ciudad: la arboleda de la mediana del Paseo del Prado, proyectada por Villanueva -que no era un Juvarra o un Schinkel, pero era el único neoclásico medianamente salvable en el panorama arquitectónico neoclásico español-), edificios de oficinas de nueva planta que crecen en mitad de inmuebles siglo XIX como champiñones, asfalto, cagadas de perro, obras y andamiajes, menús turistas, mercadeo chuño y olor a fritanga -¡para luego presumir de dieta mediterránea contra los italianos, como si fuera un competición y quisiéramos vengarnos por haber nacido en una nación con 1500 años menos de historia y restos arqueológicos!-. Sin embargo, a pesar de todo este speech de reprocheo barato y tal, debo decir que he disfrutado de sus jardines, parques y plazas.

Desde que era pequeño siempre me gustó el Retiro. No por los feriantes ni por la fauna que, años después substituyó a aquellos (o sea, la de los pantalones de color violeta, niquis a rayas blanquinegras de cuellos panaderos, y un sinfín de artilugios del rollo medio hippie medio punk medio grounge medio guay medio todo, entre los que destaco los relativos a la percusión como método de tortura). No por los vendedores de seductoras bolsas de pipas y patatas fritas. Más bien porque ir al Retiro era una excursión dentro de la ciudad, como ir al campo pero sin el campo y los engorrosos alambres de espino y pequeñas lindes a base de medias paredes de piedra. También, he de decirlo, me gustaba ese punto de sorpresa que tenía: siempre veías gente rara -y no me refiero a los anteriores, que eran gente normal queriendo parecer raros, o queriendo ser raros, o raramente normales, o qué se yo- o, al menos, diferente a la gente que uno encontraba en el Valle del Kas. Por cierto, al hilo de todo esto: como hijo de la periferia -supongo que no seré el único- siempre me pareció extraña, lejana, chocante la gente del centro de la capital, viejos de bigote franquista pegado al labio superior, mujeres con abrigos de astracán y cejas pintadas (y fragancias empalagosas que tapaban sabiamente cierto tran trán de naftalina), chicos bien haciéndose pasar por chicos no tan bien, pijas que hacían apología de guitarra e improvisación pura como si aquel escenario fuera San Francisco 1969 (y luego más beatas que Sor Juana Inés de la Cruz), o esa fritanga aromática de los bares y restaurantes céntricos que era de un tufillo distinto al del barrio albañil. En el Retiro uno veía todo eso que durante la semana no veía y, claro, era de agradecer.

Otro parque que me gustaba mucho de Madrid era el del Oeste. A veces, algún que otro domingo, mi madre me llevaba allí y, aunque no venía mi primo con nosotros y no podía jugar con niño alguno, la verdad, me lo pasaba bien paseando con ella. Era un lugar realmente tranquilo, sosegado,... con ese silencio típico de los lugares predilectos del régimen. Luego crecí y, cuando la noche cubrió la ciudad, y este druguito vuestro conoció la otra cara, el otro maquillaje de Madrid, y supo de los viejos unodós unodós que hordas de cabezas rapadas practicaban a pardillos como yo, aquella idílica imagen de este lugar cambió... sensiblemente.

Recuerdo también el parque Azorín, donde un Poli Díaz puesto de drencom hasta las trancas pasaba a toda pastilla y nos pedía un puñado de pipas, o un cigarrillo. A mi siempre me pedía un cigarrillo. "Poli, ya te he dicho que no fumo", le decía una y otra vez, y una y otra vez, el púgil se daba un tolchoco en la quijotera como quien decía "¡Es verdad! ¡Nunca me acuerdo!". Era un buen parque; incluso el día en que J.S.R. vomitó después de aquellos 3000 m infernales de cross a los que nos teníamos que someter para pasar el maldito examen de educación física, y la bruna tierra se cubrió de un vómito asqueroso y maloliente. Sin embargo, y a pesar de que cualquier animal urbano de la zona de Diego de León, Goya o la últimamente llamada "milla de oro" hubiera calificado este parque como una apestosa cloaca de drogadictos, maleantes y carteristas, ni a mi, ni a nadie de cuantos he conocido jamás nos pasó nada, ni nos salió al paso el típico cheloveco puesto de picotazos con una camiseta de Helloween con una navaja en una mano y una jeringuilla asquerosa y sidosa en la otra; nada de eso: yo lo recuerdo como un parque donde los viejos jugaban a la petanca, pasaban viejecitas cogidas del brazo de sus hijas o hijos y amas de casa lo atravesaban cargadas de bolsas de sabias compras.

Sin embargo, en Diego de León, hábitat natural del "señorío", del "aplomo" y de otras virtudes virtuales y ficticias -o directamente inventadas- de Madrid, había una plaza donde, si no me equivoco, me birlaron mi primer móvil, un philips que, a pesar de ser un ladrillo, funcionaba de fenómenos; y justo allí, vivía Jaime, un drugo, al que le dejaron tieso, o sea, le robaron cinco mil pelas mientras atravesaba, precisamente ese foro maldito, una pareja de gran señorío y aplomo: una mujer muy elegante, hizo una finta y simuló que tropezaba con él, mientras un tipo de abrigo caqui, americana, pantalones bien planchados y zapatos brillantes, compinchado con ella, se le acercó por detrás y... ¡zas!... demostración práctica de cómo volaba la pasta.

Por último, en nuestro barrio, además del Azorín existían otros parques y yo disfruté mucho, sobre todo, de aquel espacio semi ajardinado que había junto a la tienda de mi abuela, donde los niños soñábamos con ser Michel, Butragueño, Maradona o, en mi caso, Platini, en una ristra de partidillos que jugábamos, unos más y otros, en mi caso, menos; o el parque que partía desde la estación de El Pozo hasta el primer puente de Moratalaz sobre la A3, más conocido como "El Parque de las 7 Tetas", y en él nos divertíamos realmente al llegar la primavera y el buen tiempo, jugando, también, partidos de fútbol míticos, horriblemente intensos, pero, esta vez, con otros grupos de chelovecos del barrio (a los que teníamos identificados perfectamente: los de la parte de abajo, los de la parte de arriba... de Villalobos, claro, que era la esquina de Vallecas donde vivíamos) y, alguna vez que otra, se llegaba a las manos, o, cuanto menos, a alguna caricia, algún insultillo elegantemente escupido o esos detalles de los mejores derbis (tan en boga en un día como hoy). 

Del urbanismo caótico y sin ton ni son de Madrid, ecléctico, lo único que salvo son esos jardines y parques, y el resto... como si fuera una maqueta dispuesta sobre un tablero, lo empujaré todo con un stick hasta una gran papelera virtual -incluido el alcalde y el consejero/a de urbanismo de turno- que les relegará a un agujero negro no tan virtual: el olvido.

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Criaturas. "Larga Noche de Invierno"

De mi salió Luca Ambrosi y Shlomo Goldstein y ahora ha salido Max Goldberg. Mi nueva novela ya está en bubok, pendiente tan sólo de la corrección de portada y de que me remitan mi ISBN. También en LibroVirtual.org.



Ahora a por otras cosas de las que deshacerme.

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¿Quién eres, Luca Ambrosi?

Era una mañana muy gris de marzo -es extraño, pero el mes de marzo siempre ha tenido mucho peso en mi vida... algún día escribiré sobre él- de un muy lejano año 2000. Estábamos en clase de Arte de las Primeras Vanguardias con Ángel González. Era un día nublado; de esos típicos que regala la capital de España a sus ciudadanos, de esos que uno no sabe ni cómo afrontar; supongo que la meteorología busca su propia concordancia con el medio urbano al que está destinada a envolver, y, por eso, hay tantos días grises en Madrid a lo largo del año -demasiado cemento, muy poca piedra, un pulmón urbano -histórico demasiado pequeño. Yo intentaba seguir la disertación de Ángel. Reconozco que, a veces, no era algo fácil, y mucho menos cuando se enfrascaba en esos líos de Duchamp, de la reflexión sobre la pintura que se mira a sí misma, y todo eso. Y estaba ya en esos cenagales cuando el destino quiso que el hombre volviera su rostro hacia el ventanal de su derecha que daba a la carretera de A Coruña y soltara un lacónico "...¿Por qué no sale el sol en esta maldita ciudad?..." mientras mesaba con su mano izquierda su frondoso tupé blanco como una vívida representación de la desesperación del viejecito Cioran en su apartamento parisino.

"...¿Por qué no sale la luz en esta maldita ciudad?..." Zapatazo al eslogan optimista y arrogante del ayuntamiento de la ciudad, "De Madrid al cielo". Entonces, mis neuronas se pusieron a trabajar a destajo. "¿Dónde te gustaría estar ahora, Álvaro?", me preguntaban con sus voces de psicoelectricidad. "En Firenze", les respondí de inmediato. Y me puse a escribir allí mismo una historia, en unos cuantos párrafos acerca de un tipo aburrido y nihilista que vive en una Firenze que no sólo no disipa su tristeza sino que la acrecienta, la odia pero no puede fugarse y escapar de sus carnes de piedra ocre. Así nació mi primera novela, "Vagabundos"; surgió de una aburrida mañana madrileña en la que se dispararon mis deseos de volar a Firenze y devorar todos esos capilares urbanos con fuel de caffè liscio y olvidando ese tan falso "De Madrid al Cielo" que el marketing pepero vendía a precio de aire. 

Escapar del cemento hacia la piedra antigua, de los inmuebles petardos siglo XIX hacia los viejos viejos viejos palacios con ventanas venecianas y glasos reticulados y artesanales, almohadillados a tres alturas, de la miserable propinilla siglo XVIII del Paseo del Prado hacia la Via Panzani, Lungarno Vespucci, la Via della Parte Guelfa (¡¡¡donde siempre suceden cosas!!!), y respirar esa mezcla de perfumes, sudor del Arno, piel de calzado y bolsos, y vainilla; escapar de esa maldita ciudad donde nunca salía el sol excepto en los posters de las agencias de viajes de los países exportadores de turistas, y dejarme caer por Oltrarno con su piel de adoquines y sus fantasmas habituales -la Vespucci, Francesco de Assissi que para para beber agua,... últimamente Batigol-. ¿Qué pintaba yo en Madrid? Envejecía cada día cien años y mi mentalidad era la de un prisionero obsesionado con lo que le resta de condena. Cierto es que luego acabé en el frío véneto, pero eso es otro cantar y, hoy por hoy, debo reconocer que me siento más véneto que español, más venexian que madrileño, y los vidrios se ablandan y comienzan a humedecerse en cuanto se me acerca el recuerdo de mis mediodías sentado en el Campo de San Polo comiendo un trancio de pizza o sentado junto a la Gloriosa dei Frari, solitaria y abandonada, afortunadamente, por el turisteo de las ideas gigantísimas de italianos hablando como napolitanos o papagayos.

Luca fue una forma escrita de mí, o de esas ganas de dejarlo todo, abandonarme a mi propia suerte y ver a qué orillas a qué regiones me llevaba ese río de aguas calmas. De momento he desembarcado en Pest y, Luca quedó en una última página tomando un café junto a Gneis. Sin embargo, puedo asegurar que esto no ha acabado y Luca aún tiene que seguir en la brecha en un próximo volumen que estoy dando forma. Veremos qué ha podido hacer el bueno de Ambrosi para paliar su asqueroso anhelo de escapar de sí mismo.

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Hay que tirar días...

Una vez, un sabio me dijo "para disfrutar de una vida plena hay que malgastar antes algunos días". Como suelo hacer en ese tipo de ocasiones, disocié el gesto del pensamiento y, mientras mi cabeza y mis ojos parecían decir "¡Caray, qué profundo! ¡cuánta razón tiene, Sr. X!" mi quijotera pensaba "¡este tío está majareta perdido!". Y ahora, que él está a miles de años luz, flotando entre nebulosas y otras galaxias, en órbita, vamos, me digo a mí mismo: "Pues sí,... tenía razón".

Uno va en su automóvil como un estudiante de la carretera de la vida y, ciertamente, desperdicia muchos días. De hecho, mi vida es un compendio de muchos días tirados, literalmente, a la basura. Pero, de no ser así, ¿cómo podría valorar con exactitud lo que ahora tengo entre mis manos, esta felicidad -salpicada de vez en cuando- y que, como un pez recién sustraído al papá río, siento que se escapará tarde o temprano. También, en otra ocasión, otro sabio, otro escenario, me dijo: "Cuidado, la felicidad es lo que no se ve, y cuando uno se da cuenta, ya no es". Lo mismo: gesto "a", pensamiento "b". ¡Ignorante de mí!

Vengo de sufrir la detestable e inesperada visita de una gripecilla de origen siberiano que me ha tenido cuatro días a una media de 39.5º de fiebre -así, como tal cosa-, y postrado en cama. Sigo sufriendo los efectos residuales -golpes de tos insoportables, estornudos esporádicos, y una voz parecida a la de aquel fugaz grandísimo punk utilizado para los fines del jevimetal, Paul Di Anno-, pero nada comparables a esas esclarecedoras noches en vela delirando por la fiebre, en las que, como ya dijera hace largos años el viejo E.M. -"mariscal del escepticismo"-  gracias a, precisamente, la misma enfermedad, uno siente más vívida y nítidamente todo ese gran mecanismo de relojería que es su propio cuerpo. 

Sufrir la gripe es sufrir la pérdida del tiempo. Es como cuando se retrasa el tren, o como cuando, previa cita a tal hora, uno llega a la consulta y se topa con decenas de personas citadas cinco minutos antes que tú. Perder el tiempo. ¿Por qué me duele tanto el tiempo, si ni siquiera existe, si es una entelequia creada, imaginada, proyectada con escuadra y cartabón hace miles de años? Es perder días.

"Reward: EL INDIO. 10 000 $"
En ese estado deplorable del cuerpo vuestro drugo, incapaz de dormir por la tos y la fiebre, delirando sólo veía el rostro de Gian Maria Volonté -un grande de la interpretación- en "Per qualche dollaro in più" del maestro Leone, o, como se tradujo -mal- al castellano, "La muerte tenía un precio". En mis oídos martilleaba aquella melodía mecánica, la del reloj, "La resa dei conti", o traduciendo "El ajuste de cuentas", que aproximaba la hora de la negra ker de alguien en ese film, mientras un sudoroso y febril Gian Maria aproximaba su mano derecha a la pistolera cambiada mientras miraba, despiadado y ausente, al pobre imbécil que tenía delante y que se iba a cargar irremediablemente. 




Bueno, quizá pasar una gripe sea un poco como vencer a Gian Maria y sus glasos idos, así que, emulando ese duelo final con el gran gran gran Lee V.C., dejaremos que la melodía mecánica y vidriosa de ese reloj de muerte se extinga y después desenfundar, al más puro estilo Leone, que, en realidad, es al más puro estilo japonés (pues sus pelis son reproducciones a escala de aquella amalgama de leyendas de ronins japoneses como Itto Ogami o Musashi), y desenfundaré mi peacemaker rápido rápido y, martilleando el percutor destruiré ese corazón negro, viscoso, desafiante de la enfermedad... y ganaré por esta vez, aunque el precio haya sido ligeramente alto: 4 días de mi vida tirados a la basura.


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Reconciliación

Hoy me he reconciliado con The Chameleons. Supongo que hacía tiempo que les tenía muchas muchas muchas ganas, manías mías, tonterías de este destartalado androide postpunk que os escribe de tarde en tarde. Me he reconciliado, decía, porque, de vez en cuando, la naturaleza tiene sus momentos de carantoñas y cuchi, cuchi, cuchi, o sea, cada año, más o menos, y deja de darnos bofetones a base de fríos polares y siberianos y nos abraza con promesas -¡promesas de felicidad que decía Debord!- de arboledas y bosques verdísimos, de olor a clorofilas ignotas y pequeños pájaros de la alegría. No, tranquilos, hermanitos, vuestro cheloveco no se ha vuelto majara, sino que está sufriendo los estelares, fulgurantes, y azotes optimistas del deshielo, y, como el gran gran gran Lobo Gris, de repente me veo saltando y correteando entre la fresca alfalfa y un porvenir de días soleados. Hemos dado esquinazo al viejo de barbas heladas, el invierno y nos acercamos ya a esa ninfa despampanante de la primavera. Y, no sólo el estallido frenético de las hormonas sabiamente mezclado con dosis considerables de luz solar han aumentado la energía positiva de mi batería metafísica, sino que, aparecen nuevos prismas, nuevos puntos de vista, distintos, caleidoscópicos,... y, de repente, así, como si tal cosa, gracias al simple azar de un click en la opción de"shuffle" de mi reproductor de mp4, aparece la nostálgica, reconciliadora y extrañamente paternal melodía de los Chameleons... y una sonrisa, como sin quererlo, aflora en mi rostro, sentado en la tercera fila de asientos de un 67 antes tristón y ahora disparado hacia la eternidad, que se desliza como un pluma desde Örs Vezér hasta Rákoskeresztúr; en cierto modo, he tirado a la basura, algunos años de incomprensión. ¡Bien por mí!

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Sincronicidad

Es difícil continuar deshaciéndose de recuerdos cuando la moira negra te da un buen gancho donde más duele. Sin embargo, ¿qué mejor blog que este para una situación así? Hoy toca un episodio de mis días en Italia; una pequeña ilusión de la vida eterna. Los implicados, los de siempre. Honza, Raf, Ria y yo habíamos decidido aquella aburrida tarde de fútbol de Udine coger la autopista y plantarnos en Venezia para pasar la noche paseando por allí. En realidad, no fue algo totalmente espontáneo. Fue más o menos así.

Durante días había leído un volumen de leyendas venecianas. Una de ellas hacía referencia a un tema que siempre me había interesado: la fórmula de la vida eterna que, según algunas fuentes del XVIII, estaba en poder de Cagliostro. Éste, una tarde dieciochesca y enrarecida, se encontró en la plaza o Campo de San Trovaso -en el Dorsoduro profundo-, para entregársela a Casanova al verse perseguido y acosado por las fuerzas del orden. Casanova, no se sabe a ciencia cierta, si recibió el secreto o lo robó, pero, lo que está claro, y conociendo al viejo y burlón Giacomo, seguro que hizo efectivo aquella regla universal que aprendimos y aprehendimos de pequeños todos nosotros, ya sabéis, "Santa Rita lo que se da no se quita", y salió pitando disparado hacia algún sitio indeterminado de la pelota azul. Algunos creen que fue el momento en que se largó hacia Austria y Hungría -y cuando ayudó a Mozart a componer el Don Giovanni- y otros piensan que puso rumbo hacia Egipto para profundizar en los secretos de la teosofía. Sea cual fuere la ciencia ficción que proyectaran los casanovólogos sobre el devenir del playboy más laureado de la historia, lo que quedó fue una leyenda que aseguraba que Casanova nunca murió, que durante los dos siglos largos transcurridos hasta nuestros días, el tipo había ido y venido continuamente a la ciudad de los canales. 

Secuestrado por una especie de frenesí exegético este druguito vuestro propuso durante la cena pasar en colores de ver los resúmenes del Udinese - Parma de aquel día en Telefriuli en el salón de casa, o encerrarnos en nuestras respectivas estancias para pasar una aburridísima noche de sábado friulana. Honza dijo algo de ir a los Piombi  -un pub de Udine donde iban todos los estudiantes extranjeros y que yo, personalmente, detestaba-, pero Raf, rápidamente, contraatacó con la propuesta innovadora de coger un coche y plantarnos en Codroipo, en Pordenone o en Treviso; yo, que estaba todavía dándole vueltas en mi quijotera a la historia de Cagliostro y Casanova, propuse ir a pasar la noche a Venezia. Todos asentimos y nos vestimos en un santiamén para estar ya de camino a Mestre en veinte minutos. 

Al cabo de una hora y cuarto -o, como contábamos allí las distancias, después de tres ferraris y medio- llegamos a Piazzale Roma, Venezia. Aparcamos el coche en uno de esos centros de harakiri turístico, o sea, en uno de los múltiples aparcamientos de pago de aquel cajón desastre de los autos que atravesaban desde el continente a las islas. 

El objetivo era llegar a la medianoche a la Calle delle Carrozze (calle, en veneziano es "calle", y se pronuncia "cal-le") donde vivía Casanova en la época del pepinazo de la vida eterna. Por eso, y como aún eran las 22:00 decidimos dejarnos caer por el Campo di San Zanipolo, acercarnos como siempre por la Fondamenta dei Mendicanti hasta dejar nuestros glasos frente a la funesta Isola di San Michele, luego un viraje necesario hacia la Scuola di San Rocco, quizá aparecer de improviso, como quien llega a una fiesta sin ser invitado, al Campiello di Santa Maria dei Frari, y, en algún momento entre las 23 y las 23:30 decidir que ya iba siendo hora de lanzarnos de cabeza hacia la Calle delle Carrozze. A las 23:55 (pregunté la hora a Raf y, como de costumbre me respondió dándome el minuto y el segundo exacto, así que redondearé) llegamos a aquel callejón, angosto y oscuro, con unas pequeñas obras justo junto a la puerta de la casa donde se escondió Casanova de la pesada inquisición; así pues, como llevábamos material preparado para ciertas licencias, en la valla de madera de las obras que tapaban la puerta de la vivienda del viejo Giacomo, escribí:

"Giacomo: te esperaremos el próximo miércoles, 25 de mayo, 
junto a la iglesia de San Trovaso a las 17 horas, para charla de corte nihilista sobre la vida eterna, el hedonismo y la decadencia de occidente.
Firmado: un diletante de lo maravilloso" 

Raf dijo, "¿Crees que si realmente lo leyera acudiría a la cita?". Honza resolvió el problema por mí con su rostro y la claridad simplificadora de un niño, un niño grande, claro: "Yo iría". Un típico "En fin..." de vuestro drugo amigo, cruzó el aire con aires de "cuestión zanjada". Ria reía divertida con su fachada de niña traviesa que ha lanzado un chicle en el estofado de la comida familiar... 

Caminamos y dimos tumbos desde el Ghetto Nuovo hasta los ángulos más recónditos de Cannaregio y Castello, para pegar el salto a San Polo y, más tarde a Dorsoduro, desde donde pudimos disfrutar de una vista de la Giudecca iluminada por una luna que parecía un queso fresco resplandeciente; finalmente, dimos media vuelta, atravesando por el puente de madera de la Accademia hacia la zona de San Marco, visitar "el salón más hermoso de Europa" (como llamaba Napoleón a la Piazza San Marco), y regresar por Castello y Cannaregio. 

Serían las 5:30 de la mañana cuando sucedió. Estábamos atravesando esa continua red de callejuelas de poco más de metro y medio de ancho de Cannaregio; sería la Calle Sagredo, porque recuerdo que aún no habíamos llegado al Campiello di San Lorenzo, cuando, en un mínimo puente, por el que sólo podían transitar dos personas en paralelo, un tipo de unos cincuenta años, de tez morena, nariz aguileña y terminada en una forma de porra considerable, ojos pequeños pero incisivos, pelo largo y negro, recogido en una grasienta coleta, se cruzó con nosotros; todos nos miramos porque pensamos exactamente lo mismo: "¡Casanova!". Al volver la vista a nuestra espalda, vimos sólo la silueta de aquel hombre que se perdía en la lobreguez de una callejuela por la que previamente ya habíamos transitado. Paramos nuestra marcha, fumamos un pitillo, y recapacitamos. Un mensaje delante de la antigua morada de un tipo que murió, seguramente, hacía 200 años; unas cuantas horas después, alguien que parecía una reproducción siglo XXI de aquél, pasa junto a nosotros. La sangre, como dijo Woody en "Misterioso asesinato en Manhattan", se fue de vacaciones, queridos drugos.

Campo di San Trovaso
Dos semanas más tarde, cumplimos con el compromiso adquirido y, tanto Raf, Ria como yo, nos plantamos en el Campo de San Trovaso, justo delante de la iglesia con el mismo nombre, a la hora fijada. No se presentó. Recuerdo que se estaba de maravilla, y algunos niños jugaban un partido de fútbol mítico, sudando duramente sus respectivos suéteres y, de vez en cuando, cayendo en alguna riña. Fue mi última visita a Venezia de aquel experimento académico de Udine. El millón de veces que fui a Venezia terminó aquel día. Después he vuelto,... pero no ha sido lo mismo; junto a la Calle delle Carrozze lo único que hay ahora es una librería francesa, donde, por cierto, os atenderán bastante bien, si vais, claro, si osáis salir del circuito turístico a muerte, claro, si dejáis el rebaño delante de la basílica de San Marco, al guía con su ridícula banderita junto a las Procuradurías y la guía de "consuma Venecia en un sólo día" en algún escalón de Rialto.

¿Qué hacer con un recuerdo así? Se me ocurre algo.  Hace poco descubrí un rincón en Budapest: la casa donde se alojó Casanova durante su estancia en Budapest. Viajaré a la velocidad vertiginosa de la información por internet y me allegaré, de nuevo, a la Calle delle Carrozze y escribiré lo siguiente, en un nuevo acto de vandalismo sin contemplaciones:

"Giacomo, nos diste esquinazo. Pero seguimos en la pista. Nos veremos el próximo día Viernes 8 de abril en Buda, al mediodía. Firmado: los restos de un diletante de lo maravilloso"


Mejor que cualquier hombre

"Aquí yacen los restos 
de un ser que poseyó 
la fuerza sin la insolencia,
el valor sin la ferocidad,
y todas las virtudes de los hombres
sin ninguno de sus vicios". Lord Byron a su perro Botswain.

En junio se cumplirán 5 años desde que Zara nos dejó. Un bastardo que merecería morir y resucitar cada día para enfrentarse una y mil veces a la misma tortura le dio un pedazo de carne envenenada y la semilla del cáncer prendió en ella, hasta que, extenuada y repleta de pequeños bultos pidió a gritos la inyección letal. Fue duro perder a mi perrita, a la criatura más tranquila y maternal que jamás conocí y que, con total seguridad, jamás conoceré. Carlos se ocupó de enterrarla bajo la gran encina del jardín de nuestra casa de campo de Marugán. 

Hoy, Conan la ha palmado. Se ahogaba con su propia sangre y permanecía quieto, inmóvil como sólo ellos saben esperar el tránsito final. Mi madre, en consenso con Paloma -la veterinaria- y Carlos, decidió ahorrarle horas de sufrimiento y le han puesto el picotazo hacia el más allá. Perder a Conan es perder al mejor amigo que he tenido; siempre fue atento, considerado, cariñoso, de carácter afable y tranquilo, obediente, delicado; un pastor alemán que no lo era tanto, de mirada franca y ojos soñadores, aullador nocturno y compañero de este drugo vuestro, lobo cantor.

Ambos, ahora, estarán descubriendo las oscuridades siderales, esquivando asteroides y cometas, ladrando junto o sobre la luna o correteando, como solían juntos, sobre celestiales praderas. 

Hoy el mundo es sensiblemente peor. Hasta la vista, Conan, drugo hermano.


Zara (Enero 1994- 24 Junio 2006)
Conan (Marzo 1998- 16 Marzo 2011)

Apelando a "Casey, el bateador"

Muchas muchas veces he cometido el mismo error: comentar en vez de disfrutar, ver en vez de participar, interpretar en vez de sentir (y no me refiero a esa palabra devaluada por "poemas profundísimos" o "abisales"), en vez de quedarme con las sensaciones. Un ejemplo. Leo un libro, "Billy Budd", escrito por el gran barbudo, y me gusta, pero necesito interpretarlo, darle una forma externa a su forma ya definida. Otro ejemplo: un cuadro cubista (1909-1912) de Braque o Picasso reposa en la pared de un museo y un pseudointelectualoide del tres al cuarto que quiere camelarse a una jai se pone a divagar acerca de la profunda soledad del universo cuando, de una forma ridícula y desafiante, el cuadro se titula: "Café con pipa" y, efectivamente, en él aparecen representados según la sintaxis cubista un café y una pipa. ¿Por qué tengo que ponerme a divagar acerca de un sentido oculto de la magnífica novela "Billy Budd"? ¿Acaso Melville no lo dejó claro en sus páginas? ¿Es que tengo que sacar más conclusiones de ese ejercicio de justicia total? Libre interpretación de una obra: un sujeto A emite un mensaje "X" dirigido a un sujeto o grupo de sujetos "A+B"; pero el mensaje "X" nunca llegará a ninguna parte porque el grupo "A+B" se ha tapado los oídos y, una vez terminada su emisión, "A" pregunta al grupo: ¿qué he dicho?... y "A+B" o los integrantes de "A+B" responden cada uno lo que creen que "A" ha dicho... Sin embargo, ¿qué pasa con el mensaje? 

"Casey, el bateador". Un gran poema sobre un famoso jugador de béisbol de finales del XIX, y que siempre mandaba a la luna cada bola que le lanzaban. Una tarde falla. Ese es el poema. Lo que la gente espera de ese pobre hombre y gran bateador y lo que sucede. Nada más. Sin conjeturar. ¿Para qué? Quiero decir... ¿debo ponerme a pensar que este poema es una metáfora de cómo nosotros nos sentimos presionados cada día por terceras personas o algo por el estilo? ¿Por qué no me contento con leer y disfrutar del mensaje que "A" pensó para personas como yo? 

"¡Oh! En algún lugar de esta fabulosa tierra el sol brillla con fuerza,
una banda toca en algún sitio, y en algún sitio se alegran los corazones, 
y en algún sitio los hombres ríen, y los niños gritan;
pero no hay alegría en Mudville - el poderoso Casey está fuera" 

Ernest Lawrence Thayer, 3 de Junio de 1888. San Francisco Examiner.

Arte y Locura.

El pasado jueves, como de costumbre, hablé por teléfono con el clan. No recuerdo bien cómo ni a cuento de qué, pero salió a colación, mientras crichaba un poco con mi abuelo, el tema de los locos, de la locura. 

Hace 11 años, en el volumen adjunto a los impresos de matriculación de la UCM correspondiente a los listados de asignaturas disponibles para las distintas licenciaturas de la opción D, uno podía encontrar por cuatro jugosos créditos la asignatura cuyo enunciado rezaba "Arte y Locura". Sin embargo, esta entrada no va de esa asignatura, ni de rollos universitarios. De refilón, tal vez, como el roce inofensivo y cariñoso de un tiburón blanco a un bañista. 

Lo primero, me desharé del roce cuanto antes para que aquel antro de perversión -la universidad, la universidad, ¡que os lo tengo que dar mascado!- no nos moleste más a lo largo de la narración. Yo estudiaba inocente y estúpidamente un más que deprimente 2º de Hª del Hambre. Ya está, este es el roce con el tinglado universitario; no habrá más referencias a él a lo largo de la entrada.

Era una tarde de viernes; después de comer, me eché una siestecita. A las 18 horas había quedado en la estación de tren de C. -omitiré nombres para preservar la dignidad de ciertas localizaciones, instituciones y personas-; la verdad es que había estado ya un par de veces antes, y debo decir, que me parecía un núcleo urbano sin ton ni son, de esos que están repartidos, sin ton ni son, a lo largo y ancho del territorio nacional y, especialmente, de la comunidad autónoma (¿autónoma? ¿pero no piden pasta anual al estado? ¿qué autonomía e independencia es esa? ¡Así cualquiera! ¡jo, jo, jo!) de Madrid. Me esperaba A. y los chicos estaban en casa de R., esperándonos, para ir a tomarnos unas rubitas con limón bien frescas a la plaza del pueblo.

Pasión por el baile.No habíamos dado dos pasos cuando un tipo de cuarenta y tantos, medio calvo, muy delgado, con pijama y babuchas, cruzó la calle delante de nosotros, agarró el poste de una señal de tráfico y dio una vueltecita a lo Gene Kelly, "Un americano en París", etcétera. Como vi que A. no le daba demasiada importancia, ni siquiera pregunté, seguimos adelante.

Concentración. Uno o dos minutos después, enfilando una calle de viviendas no demasiado altas, en un capilar urbano ensombrecido, un muchacho joven, ataviado con bata realizaba un extraño ejercicio: junto a un Peugeot familiar, flexionaba ligeramente sus rodillas, abría sus brazos para abarcar cajas imaginarias y las apilaba sobre la, también imaginaria, baca del coche; pasamos junto a él, pero esa labor le absorbía totalmente y no prestaba atención a nada más. Evidentemente, comenté a A. que aquello no era muy normal, que, en las praderas de donde yo venía no se veían cosas así muy a menudo -no, al menos, sin un pitufillo y su patrullero ronroneante cerca-, pero él hizo una mueca, "¡Boh!", y, en ausencia total de mayores explicaciones, decidí no prestar más atención a la fauna autóctona.

"Disculpe, ¿Dr...?" Llegamos finalmente a la casa de R... cuyo portal estaba situado justo frente al portón de ingreso al psiquiátrico y sus jardines. Un hombre bien parecido de treinta y tantos, con un buen corte de pelo y barba muy bien rasurada, ataviado con una bata blanca y un estetoscopio, permanecía sonriente y afable junto a aquel murete. Yo pensé "¡Caray! Es normal que el hombre haya salido a fumar: ser doctor aquí debe de ser duro". Y, bueno, entramos en casa de mi drugo; allí los muchachones escuchamos música, picamos algún pinchito de tortilla y charlamos un poco de todo; tres horas después decidimos ir a la plaza del pueblo a tomarnos una cervecita con limón. Una hora y media después salimos de aquel portal y, aún estaba allí aquel tipo de la bata, dando la mano y diciendo pequeñas frases a todo aquel que pasaba a su lado.

- Oye, R., ¿aquel tipo quién es?
- ¡Bah! No te preocupes...
- ¿"No te preocupes"? ¿Debería preocuparme?
- No, no... Es un tipo que se cree doctor, y cada vez que alguien pasa junto a él le recomienda tomar 10 ml de esto, 50 ml de esto otro...

Volví mi mirada hacia aquel hombre y, a pesar de la locura, de estar más ido que la nave Sputnik, poseía una dignidad admirable, y, también debo decir, que pocos locos deben sufrir locura tan elegante como aquel hombre que sonreía sincera y amablemente a todos.

De safari por la plaza

- ¿Qué van a tomar? -preguntó el camarero desaliñado y con ganas inmensas de ser gracioso, sin serlo.
- Dos cervezas con limón y tres tercios.
- ¿Caña o jarra?
- Hemos pedido dos cervezas con limón.
- Sí, lo sé... -y adoptando el tradicional tono de confrontación directa tan típico de la hostelería y restauración española- Pero es que puede ser o una caña con limón o una jarra con limón.

Todos mirábamos ensimismados a este camarero, escuchando su discurso de sangre rubia y fría... Y, aunque sienta que, tal vez, no debiera confesarlo, esperábamos la respuesta inminente de R, aka C, que solía tener salidas originales para esta tipología de titsos de baja calidad.

- ¿Ah, sí, querido? Bueno, tal vez en el Club Napoleón de Montecarlo uno tenga que especificar tanto, pero, a falta de unas normas medianamente civilizadas en la chabacana cultura hostelera española, una cerveza es un botellín o un botijo, como dicen en mi pueblo (que es este), un tercio es un tercio, y una caña es una caña. O sea que, si su jefe no es Chomsky, creo que una cerveza con limón es un botellín de cerveza o equivalente con limón y se suele plantar en una mesa en copa, a ser posible, ligeramente escarchada. 

El tipo de grasiento mandil -antes blanco y ahora como un lienzo de Kandinsky- hizo una mueca de "menudo payaso" sin haber caído en que, antes que nadie, él lo había sido, y mucho. Y fue justo cuando nos disponíamos a oír la réplica absurda, a lo Pimpinela, cuando una pareja de fornidos chelovecos corrían detrás de un hombre desnudo que atravesaba diagonalmente la plaza causando asombro y admiración en todos los que allí estábamos. 

De vuelta a casa.

Aquella noche, regresé de madrugada a casa. Serían las 4 o 4:30. Como no podía dormir, encendí la lámpara del bureau de mi habitación y me puse a leer un volumen sobre Géricault, el pintor de caballos, Byrón  de Francia (sí, con acento en la "o", porque Byron, nunca fue "Bairon", sino "Byron", o como le gustaba al lord cadáver en Missolonghi, y según el blasón familiar "Byrón"). En ese volumen, de Honour, se hablaba de mucha locura, y de muchos locos; de cómo Géricault realizó una serie de retratos de locos de su época y de cómo, a pesar de la enfermedad, la mayoría de ellos, parecían poseer una dignidad de la que el resto de la población sumida en sus devaneos rutinarios de consumo, sibaritismo y falsedad, estaba desprovista; no pude por menos que pensar en los seres extraños que había visto la tarde anterior. Y aún hoy recuerdo con cariño a aquel hombre que, cuando dejábamos atrás la plaza para allegarnos a la estación de tren y embarcarnos en otra noche de guateque postpunk, me dio la mano tres o cuatro veces, presentándose cada una de ellas de la forma más completa y distinguida que jamás he visto. 

Hoy va todo de coger esos recuerdos de la quijotera y agitarlos bien para ver si, con un poco de suerte, se asientan en algún rincón recóndito del cerebro y tardan otros 11 años en salir.

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Aquella noche en Toledo...

Hay un fantasma -¡¡¡otro!!!- que me persigue desde el 2000. No, no es el fantasma del efecto 2000, ni tampoco una especie de virus informático que me llegó al alma. Es un fantasma literario. Es inofensivo, pero aún me mira con sus glasos de muñeca y, cada día que pasa, parece como si le debiera algo. 

A finales del mes de Febrero del 2000 planeé junto a Sergio Moreno, un gran escritor y director de cine independiente que estudiaba conmigo Hª del Hambre, una escapadita de fin de semana. Después de alguna clase infumable -seguramente, Técnicas Artísticas II, con aquella profesora simbiosis capilar y vocal de Hendrix y Ramoncín-, nos sacamos de la manga el mapa mental de las ciudades de los alrededores. Si hubiéramos estado en Suiza, seguramente nos hubiésemos decantado por alguna visitilla a München, Viena, Venezia, Niza o alguna joya centroeuropea; pero no, drugos, estábamos en aquella Madrid insoportable -con la autopista directa al cielo, según el slogan de la derecha de olor rancio, americanas cruzadas del opus y mocasines de pies olorosos-, donde el asfalto y los nuevos edificios se alternaban con calzadas y edificios no tan nuevos, y lo más antiguo que uno podía encontrar era la Plaza Mayor con sus chapiteles terriblemente inquisitoriales, el Paseo del Prado y el museo made in Villanueva y the new Borbon age, o el Palacio Real -copia del Palazzo Reale di Caserta, Napoli, Italia, Europa-; las opciones, interesantes, en cualquier caso, eran Segovia, Ávila, Salamanca, Cuenca o Toledo. Nos decantamos por ésta última. Un día después, nos volvimos a sentar a tomar un café en aquella cueva grasienta de la facultad y decidimos reservar habitación en el Castillo de San Servando, albergue de estudiantes para bolsillos más o menos vacíos, y, la verdad, fue realmente una decisión de fenómenos. A la escapadita se nos unirían el bueno de Pablito -un chaval que estaba estudiando el tinglado artístico momentáneamente, porque, lo que realmente quería hacer era otra cosa (como el 90% de los que estudiábamos aquello), que era Educación Física-, David -y su cuelgue natural- y Nadia -bailarina, roja, sentimental-. Sin embargo, el planning era curioso: Sergio y yo iríamos ese mismo viernes y ellos se nos unirían a la mañana siguiente.

Aquel día, después de las clases, fuimos los dos desde la facultad hasta Chamartín, donde nos subimos al estómago de la serpiente de metal que nos llevaría hasta Toledo. La verdad es que disfrutamos del viaje en tren charlando de lo que más nos gustaba: cine y literatura, o sea, cine y Cortázar -porque, drugos hermanos, en aquellos tiempos, la literatura sólo podía ser Cortázar, Umbral y Sábato y, muy de tarde en tarde, Faulkner, Melville o Chesterton-. No habíamos llegado aún a Aranjuez cuando se nos ocurrió la idea, en realidad, se le ocurrió la idea a él, de escribir un relato juntos: una historia, dos personajes; ¿pero qué historia? ¿qué trama? ¿qué desenlace? Lo decidiríamos en el hotel, de noche, como buenos prosélitos del romanticismo byroniano y, para ello, deberíamos comprar velas; nada de escribir a la luz de una vulgar lámpara de mala muerte. 

Llegamos a eso de las 14 horas. Subimos hacia el albergue, que quedaba escorado ligeramente a la izquierda de la estación de tren y a este lado del Tajo, justo frente a la ciudadela de Toledo. Dejamos nuestras cosas en el castillo; nuestra habitación era realmente magnífica, con su ventana abocinada, cuatro literas y un escritorio, y paredes de piedra encaladas -esos crímenes se siguen cometiendo con total impunidad; visitad la basílica de Bonilla de la Sierra, donde un restaurador chorizo robó los pilares de la nave central (tenía tres naves y, de golpe y porrazo, la villa se despertó con una iglesia que parecía un ático diáfano de New York City, en el que sólo faltaba, junto al coro, un micrófono y un Sinatra con tres goodfellas detrás cantando "New York, New York")-. Salimos a dar una vuelta por la ciudad y a comer algo. Comimos -que no fue poco encontrar un lugar medianamente coherente (o sea, sin "menú turista")- y metimos energía a nuestros cables y caminamos por las callejuelas, arriba y abajo, disfrutando del ladrillo medieval, del empedrado y de alguna que otra banderita roja y negra -no de la CNT, ¡que os conozco!, sino del yugo, las flechas y ese compromiso con la destrucción (católica, eso sí) del mundo- y mucha mucha mucha propaganda de Carlos V. "Alguien debería darle a esta gente la mala noticia", dije a Sergio; "¿qué noticia?", respondió con ojos abiertos de par en par; "Que Carlos I de las Españas y V de algunos teutones la ha palmado". Reímos. Fue una tarde de fenómenos. 

Entramos en una sala de cine de la tierra para ver si los filmes eran iguales que en la capital. Elegimos realmente bien, porque se trataba de un bodrio cómico USA anticlerical de cojones y, no habían pasado ni 10 minutos desde los títulos de crédito, cuando comenzaron a sentirse los clásicos de la zona: "¡Por favor!", "¡Qué poca vergüenza!", "¡¿Y para esto he pagado?!", y es que sucede, ¡oh, hermanitos míos!, que estos dos drugos vuestros fueron a caer a un cine repleto de quintos del 42, y nosotros éramos los únicos menores de 50 que allí dentro se habían refugiado del imperialismo toledano insoportable. Aún así, nos divertimos bastante, como habréis supuesto ya.

A eso de las ocho menos cuarto entramos en un paraíso de todo a 100. Compramos un par de velas y en un supermercado cercano, pagamos lo necesario para construirnos un par de buenos sandwiches en la habitación y regresamos al hotel.

Cuando hubimos terminado de cenar encendimos las velas, tomamos nuestros cuadernos y comenzamos a tramar, a conspirar judeomasónicamente -que mola más y es más divertido, para qué engañarnos- y, de repente nacieron los dos personajes: Timoteo de Wessex (el mío, tomando el nombre del patriarca mítico de mi familia) y Horacio (el suyo, aunque no estoy seguro, no recuerdo exactamente si ese era el nombre de su personaje); un dandy inglés y un bohemio hispano "valleinclanoide", cuya amistad vendría de tiempos inmemoriales, casi casi, desde las invasiones bárbaras -poco más o menos-; la historia surgió de forma natural, o sea, como suelen empezar estas cosas: dos tipos llegan a Toledo, se encuentran después de muchos años; algo se traen entre manos, algo que no quedará resuelto hasta que estén en la habitación de su hotel, que será un castillo como era el nuestro, y pensarán en robar una obra de arte emblemática de Toledo, "El entierro del Conde de Orgaz"; en la habitación, la noche antes del robo, Horacio, que es el erudito en arte, señala a la sexta persona comenzando por la izquierda del cuadro, y le comenta a Timoteo que se trata de la muerte, que el Greco logró capturarla; esa misma noche Timoteo la palmará en la cama al visitarle una extraña figura mientras duermen -obviamente, la figura será la del cuadro del Greco- y, claro, los planes del robo se vienen un poco a pique. 

Lo estábamos pasando realmente bien imaginando y elucubrando sobre todas estas cosas cuando, de repente, alguién hincó sus nudillos de forma canalla sobre la puerta. Sergio y yo nos miramos; las velas se movían de fenómenos y apagué el cigarrillo. Me acerqué a la puerta, quité el pestillo y entreabrí para ver quién era. Un chaval de apenas 20 años, con acento argentino, me dijo que le habían dado una litera en esa habitación pero que no había podido abrir la puerta porque estaba el seguro echado por dentro. Le invité a pasar, su rostro fue un poema: una habitación en penumbra, unas velas encendidas daban formas siniestras y opacas, danzarinas, a aquella estancia, en la que un tipo con barba de tres días y tirabuzones traviesos mordisqueando la parte trasera de un bolígrafo y otro vestido de negro riguroso y postpunk llevaban a cabo "extrañas elucubraciones", conspiraban judeomasónicamente -¿lo veis? ¿veis cómo quedaba mucho mejor el término?-. Le aseguré que terminaríamos en breve. Así que seguimos a lo nuestro como si nada, mientras que aquel cheloveco se embutía en su pijama y se metía en su litera para, primero dormir con ojo avizor -por lo que pudiera pasar durante la noche- y después a ronquido limpio. Siempre recordaré de aquella noche a Sergio quejándose de los ronquidos de hipopótamo de la jungla de aquel tipo. 

Al día siguiente nos despertamos serios. Se duchó primero él; luego yo. Fuimos a desayunar, y, de ahí a la entrada del hotel donde habíamos quedado con Nadia, Pablo y David. La verdad es que aquel segundo día, tanto Sergio como yo, nos buscábamos el uno al otro y no parábamos de partirnos el pecho por las esquinas, por los rincones de aquella ciudad, recordando a los viejos franquistas del cine, al argentino que llegaba y se topaba con una conspiración. Casi ni nos enteramos de que los otros chavalcos de sonrisita caballuna estaban con nosotros; pero es que eran un gran gran gran tostón, y sólo hablaban de cosas aburridísimas como el futuro o el sentido general de la existencia humana. La verdad, sin más novedad que la de una versión de Sergio memorable y de un druguito vuestro disfrutando por primera vez en muchos meses, aquel día transcurrió sin pena ni gloria. A excepción del golpe de gracia final, el que nos reservaba el destino, el travieso destino de dos chavales de 20 añitos; regresamos al hotel y quedamos en vernos en la habitación de los otros a las 23 horas para jugar a las cartas y tal; bien, estábamos en nuestra celda cuando se abre la puerta al más puro estilo Drácula años setenta, y aparece... puntos suspensivos... más puntos suspensivos... ¡un japonés! Como estábamos a punto de irnos, le dijimos qué litera era la suya, y, delante de él, nos encomendamos a Nietzsche, a Cioran y a todos los escépticos para que no nos robara; poco a poco, nos acercábamos hacia la puerta y el japonés nos preguntaba más y más cosas, así que Sergio me susurró "¡este tío es un plomo, macho!... y mi inglés es... en fin...". "No te preocupes", le respondí. 

- In a half and hour we will return, okeio? -le dije al ronin.
- Ok.

Alcé la mano en gesto de salutación y bendición -por qué no decirlo- y él respondió de igual manera desde el centro de la habitación. Dije "bye" y el correspondió con otro "bye", y acto seguido, mi mano izquierda pulsó el interruptor de la luz, dejándole sumido en la oscuridad, con su imponente brazo japonés en alto.

Pocas veces, o ninguna he pasado riendo una noche entera hasta el amanecer; nos metimos cada uno en su litera y no pudimos parar de reír recordando al japo, a los viejos franquistas, las caras de "¿qué les pasa a estos dos?" de Nadia y cia, y al argentino que creyó haber acudido a una reunión clandestina de alguna secta satánica.

Regresamos a la jungla de asfalto, perdón, al desierto de asfalto, y escribimos nuestros relatos, nos los intercambiamos. Y disfrutamos de ellos. La verdad. Pero esa figura, la sexta empezando por la izquierda, continúa mirándome de vez en cuando, algunas noches, como si quisiera que le escribiera algo más; pero creo que jamás podré hacerlo, no sin Sergio; de igual manera que, he regresado otras veces a Toledo, pero no he disfrutado igual, no ha sido la misma experiencia; supongo que es como dijo Gertrude Stein, "allí no había allí", o sea, que lo que hay aquí no será lo que haya aquí, ni lo que hubo aquí... O, en terminología cheli, lo pasado... pasado. 

Bien, llegó el momento de la despedida. ¿Qué podemos hacer para despedirnos de esa figura? ¡Ya lo tengo! Vamos a sacarla del cuadro, la situaremos en la misma habitación del Hotel -Castillo de San Servando y, con un "BYE" cósmico, apagaremos la luz. 



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El otro

"Es tan difícil verse a uno mismo como mirar para atrás sin volverse."
Henry David Thoreau.

A lo largo de mi corta y tediosa vida, han sido pocos, por no decir unos cuantos, los días que han transcurrido o que he vivido sin oír el tópico vacío, superficial, inocuo del "conócete a ti mismo". Lo oí por vez primera de los labios de un profesor de secundaria, un buen hombre que quería domesticar un rebaño de bestias; en aquel momento pensé "ese Oráculo de Delfos debía de ser un buen lugar para que un salvaje como yo entrara echando espumarajos por la boca y saliera hecho y derecho, todo un figurín". 

Después fue la moda de la profundidad del alma, del sentimentalismo puro y duro -del que parecía que se había ocupado la vieja Jane en su "Sense & Sensibility"-, y toda aquella amalgama de gente que para parecer cultos soltaban en programas de tv o en diálogos de pelis de medio pelo para tarugos cosas como "si miras en tu interior..." o "tienes que ser tú mismo". Y, aunque no lo desaprobaba del todo, había algo que chirriaba, algo que era como la pieza en L del Tetris cuando necesitabas la T.

Ángel González García, premio nacional de ensayo 2001, lo zanjó satisfactoriamente en una clase magistral sobre el expresionismo alemán y, concretamente, sus wilden empeñados en la pintura del espíritu:

 "¿Cómo conoce uno a uno mismo? ¿Acaso somos reversibles, podemos volver nuestra cabeza del revés e introducirnos dentro del tórax? Pero sucede que ahí hay poco espacio para otro "uno"; hay demasiados órganos, demasiadas venas y arterias, podríamos dañar algo sin querer. El problema es que normalmente en las épocas donde las preocupaciones se mueven en el ámbito de la estética el hombre suele ser de naturaleza espiritual; y en las épocas donde no se habla de otra cosa que del espíritu, de la profundidad del alma y todas esas chorradas de poetisas de quince años, nos topamos con sociedades terroríficamente superficiales. Y es que hoy en día, se ponderan las bondades de ser culto y no la cultura". 

Debo reconocer que aquello me satisfizo sobremanera porque expresó a la perfección lo que siempre había querido decir. Poco después sería el clarividente Thoreau el que dejaría todo en manos de un simple gesto transcrito. ¿Cómo conocerse a uno mismo? ¿Qué tonterías son esas de ser uno mismo? ¿Acaso hace cinco minutos yo no era yo? ¿Acaso Álvaro ya no conoce a Álvaro? ¿Cómo debería presentar a mis dos "yoes": un regio "Álvaro, es para mi un placer y una satisfacción y me llena de orgullo presentarte a Álvaro", o bien, un coloquial y más normaloide "Yo, este es Yo; Yo, este otro también es Yo"? Sería un lío. Pensadlo. Pensadlo bien; esas filosoferías del tres al cuarto son estupideces tan grandes como decir que la luna es un queso de roquefort y Marte es un queso de gorgonzola, o que los niños vienen de París, o que si no te duermes antes de las 12 vendrá el coco o la bruja Piruja. No. Seamos serios. Yo jamás conocerá a Yo; y no creo que mi madre tenga escondida a una "madre (bis)" por ahí, en sus adentros; tampoco pienso que Javi pueda esconder a otro Javi, aunque por la cantidad de comida que ingiere podría decirse que come por dos. No, no, no. Lo del Oráculo de Delfos fue el primer eslogan publicitario, piscoso y deliberadamente superficial de la historia. 

Por eso, voy a tomar en un cesto gigante todos esos programas de tv que mi memoria haya guardado donde algún soplagaitas dijera el tópico en cuestión, todos los poemas "profundísimos" (¿debo advertir que lo digo con segundas?) que adolescentes pedo (y alguna que otra poetisa sáfica con tendencias a incluir la desvirtuada y totalmente prescindible palabra "alma" cada dos versos) de todo el mundo hayan escrito hasta la fecha para ponderar la profundidad del corazón, lanzar una cerilla dentro y dejar que arda. 

No me siento cómodo pensando que hay otro Álvaro dentro de mi (y que D-os me libre de un diagnóstico de personalidad múltiple: no quisiera tener que dar un banquete entre mi hígado y mi pulmón derecho para presentarme ante unos posibles "varios Álvaros").





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Burocracia

Un documento. Un simple documento a rellenar. Nombre, apellidos, N.I.F., dirección, teléfono de contacto 1, teléfono de contacto 2, firma al dorso, etcétera. Simple, ¿verdad? No tanto. Quiero decir, es sencillo el primer capítulo, es decir, rellenar y escribir las palabrejas que quieren que escribas; lo complicado viene luego. Plazos, citaciones, a tal hora en tal dirección en tal planta en tal ventanilla, "y, por favor, no olvide una fotocopia del DNI y un par de fotografías tamaño carnet". Es algo superior a mí; me pasa por encima como un tsunami y, a lo largo de esta treintena de aniversarios he sido volteado más de una vez por esta suerte de oleajes. 

Supongo que todo tiene un principio y, quizá se deba a que, en mi infancia, observaba con perplejidad y asombro cómo mi madre y mis abuelos hablaban durante las comidas y cenas (y en las post-comidas y post-cenas, que no penséis que todo terminaba con una buena naranja, un yogurt o un postre frugal) de tal o cual documento, de los trámites para esto o aquello, de la sucursal de No-sé-qué, de la ventanilla No-sé-cuál y todo lo que había digerido parecía combustionar en mi estómago, o hacerse un nudo. Claro, yo tenía ocho, nueve o diez años y no entendía de esas cosas. Pero, como todo en esta vida, en mi camino también estaba planeado y escrito que debería toparme con impresos, documentos, legalismos. Así que, cuando terminé la onírica experiencia del instituto y pasé a la Universidad, enseguida me fui a topar con las palabras mayores: rectorado y vicerrectorado, sobre número 4 humanidades "D", tasas, pasta, transferencia. Al llegar a casa, después de recoger toda esa documentación muda y en blanco, como aquellos mapas físicos a rellenar que teníamos en las clases de geografía de ese remanso de paz que era la escuela elemental, y con la sensación de haberme tragado un ácido, o un frasco entero de ácidos, o un carguero catarí hasta arriba de ácidos, abrí aquel sobre disponiendo en la mesa de centro del salón de casa toda aquella amalgama de papeles de distintos formatos, medidas, colores. El A4 era para las asignaturas, 17 -¡qué suplicio!- en total que cogí así, por las bravas; pero claro, ahí también llegaban los negrísimos y pringosos tentáculos, desde las entrañas de ese mismo tsunami: para poder rellenar el campo 15, leer nota 16; "16: comprobad en el anexo adjunto las asignaturas correspondientes a la licenciatura a cursar". Abro un pequeño librito; no es el de la maldita nota 16; abro un libro un poco más grande; parece que es, pero es mejor no hacerse ilusiones, que esta gente es traicionera y quienes diseñan estos protocolos son viejos amargados que, de seguro, trabajan a destajo, vestidos a la moda años treinta, en algún polvoriento y escondido despacho dentro del ministerio de educación. Resulta que el elenco de asignaturas aparece en el apéndice de ese libro maldito -¡ni siquiera el Necronomicón sería un volumen tan diabólico a los ojos de cualquiera, y mucho menos, de un rabino!-; y, de repente, como un dragón de infinitas cabezas, surge, estrepitoso y terrorífico, el gigantísimo concepto, y núcleo esencial del tsunami: "crédito". ¡Maldita sea! ¿Qué cojones es un crédito? ¿A qué equivale? ¿Qué forma tiene? ¿Es rojo, amarillo, alto, bajo, hermoso, feo? ¿Acaso otra entelequia como los conceptos de "acciones", o "pagarés"? En aquella cabeza de 18 años no entran, druguitos, esas palabras blep blep que parecen salidas de las páginas de Kafka.  Bueno, más o menos, al cabo de un par de horas y con la paciente ayuda de mamá osa, relleno ese tinglado indescifrable y me entero, gracias a ella, de que debo hacerme fotos de carnet, además de fotocopiar hasta el infinito mi DNI. Al cabo de varios días, acudiendo a una cita invisible con el ente más diabólico que, hasta la fecha, me he topado, es decir, con la Secretaría de Estudios de la Facultad de Geografía e Historia, la ansiedad se apodera de mi, y es cuando entiendo que ya no hay nada que hacer, que todo está vendido, que yo yazco en el fondo marino y el tsunami ha pasado asolando ese mundo simple -pero cuerdo- de la infancia, donde todo tenía su sitio, un orden, un concierto, y la armonía regulaba con sabiduría un universo a medida. 

Ahí no acabó todo, claro está: tuve que escoger las sobras, los restos, los huesos de chuletillas de cordero que habían dejado otros, y que, en este caso, se llamaban "Asignaturas optativas" y "Asignaturas de Libre Configuración". Tranquilos, a lo largo de los años me toparía de nuevo con ellas. Evidentemente, como todo tsunami, no sería el último. Esto es cíclico, colegas. Esto vuelve, una y otra vez. Por eso, cuando, en una tarde de Agosto del 99, increíblemente optimista, tranquilo, sosegado, yo dormitaba en el sillón del comedor de casa, después del almuerzo, viendo una de Sergio Leone, llamó a casa mi buen Javi, para preguntarme qué tenía pensado hacer respecto a lo de pasar la noche en la facul, no es de extrañar que mis ojos se abrieran como platos, y le preguntara totalmente alucinado qué era eso de trasnochar en aquel chuñoso lugar; preguntó retóricamente si no sabía nada, y yo le respondí que no; así pues, decidió comentarme que para recoger la cita con el día y hora de la matriculación en septiembre, la gente estaba pensando en crear listados a las puertas de la facul, desde el día antes de la entrega de estas citaciones, por eso, sería conveniente ir allí a eso de las 16 horas de la víspera de tal evento, apuntarnos en la lista y poder tener opciones para escoger asignaturas. No me desmayé, no. Vi el tsunami con el catalejo y pude agarrarme a una silla cercana. De tal manera, amigos, este hermanito vuestro, acudió a ese macrocampamento en el césped asqueroso de aquella facultad; pasé una noche desquiciante, y, a eso de las 7:30 a.m. abrieron las puertas, y un bedel bajito, con bigote y gafas, un Poirot del bedelismo azul y rancio made in Spain, nos esperaba uno a uno en mitad de un amplio corredor, junto a una mesa, repleta de volantes con un número impreso. 128. No estaba mal, teniendo en cuenta que allí esperamos varias licenciaturas (Geografía, Historia e Historia del Hambre). Se repitió el tsunami del papeleo y, como principales consecuencias del mismo, fueron las devastadoras asignaturas de "Curso básico de Latín" por ocho áureos créditos y "Arte y Locura", impartida en la facul de filosofía por una mujer de corte de pelo pleistocénico y sin tener ni puñetera idea de arte (confundía Alberti con Ghiberti, Velázquez con Rivera, y Murillo con... Cánovas del Castillo; supongo que mejor fue no preguntarle por Friedrich o Runge, porque tal vez, los hubiera confundido con el Feldmarschall Model o Rommel o algún tipo de uniforme). 

Más tarde, sucedió un pequeño milagro: uno de estos tsunamis lo pasé casi casi como un surfista y, debo confesar, que nada mal. Fue cuando me largué a Italia. Es un misterio de mi mente. No me acuerdo de cómo, pero en tres días, me hice con: el permiso de residencia (y os puedo asegurar que las filas de la comisarías italianas son de aúpa), conseguí un empleo, logré acogerme -sin derecho a ello, puesto que yo era un estudiante free mover- al programa de alojamiento Erasmus y me hice con un apartamento que era la envidia y que me costaba ¡¡¡¡150 euros al mes!!!! (más gastos de calefacción, electricidad, agua y tal). No sé cómo pude hacer tanto en tan poco tiempo; y, si os digo la verdad, es que no me acuerdo de cómo lo hice. Sólo recuerdo la entrevista de trabajo, la visita al apartamento y la llamada telefónica que hice a mi madre, a los tres días de llegar (fui para allá un Miércoles y llamé el Viernes). También recuerdo que para acogerme a ese programa de alojamiento, tuve que solicitar del Dpto. de Arte Moderno de la facultad de Madrid un fax que acreditara que yo estaba allí como free mover; así, al segundo día, por la mañana, me dirigí a una de esa cabinas Telecom-Italia, rosaditas y marqué el número de información general de T-Com para solicitar el número de información general de Telefónica España; después llamé a Telefónica España para solicitar el número de la Secretaría de Estudios de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM; y cuando lo obtuve, tuve que esperar 15 minutos hasta que me pasaron con el Dpto. de Arte Moderno; allí solicité hablar con el Dr. C... y me dijeron que naranjas de la China porque el hombre ese día no había aparecido; "bueno", dije, "pues páseme con alguien, me da lo mismo quién, pero que imparta clases de algo", y me pusieron en contacto con el Dr. M... y bueno, después de explicarle mi situación, le di el nº de fax de la oficina de relaciones internacionales de la universidad de Udine; y ya lo creo que envió el fax; y este druguito vuestro durmió de fenómenos aquella noche, a los pies de los Alpes, sonriente, victorioso.

Claro que, después de aquello, aún me he topado con más tsunamis y, creo que ya va siendo hora de hacer acopio de valentía, de evitar ese temblor absurdo de piernas y construir un buen dique; desechar de mi memoria esas aguas devastadoras, esos despachos con olor a formaldehido, a fotocopiadora, con seres que sólo viven para pedir fotos de carnet, o fotocopias del DNI, del carnet de conducir, del permiso de circulación, o esas ventanillas que se abren y se cierran en el mismo momento en que uno se aproxima, detrás de las que otra suerte de seres tienen la natural inclinación de mandar a este druguito a tal o cual ventanilla alternativa en tal o cual planta que no es esa, sino uno o dos pisos más arriba. Creo que Kant no pensó dos veces en lo que vendría después de su teoría de la superestructuración del saber; no pensó detenidamente, que, en plena época de la ilustración, con tanto iluminado suelto, su teoría sería aplicada no sólo al saber, sino también al resto de ámbitos de la existencia social.

Hoy más que nunca, Kant... vas a a morar en el fondo profundo y oscuro en el que yacen muchos muchos muchos impresos rotos: mi papelera mnemotécnica, que es amplia y profunda.
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MINIMAL SHLOMO by ALVARO VALIENTE MARTIN is licensed under a Creative Commons Attribution-NoDerivs 3.0 Unported License.
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