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Fobias

Mi índice de fobias ha aumentado alarmantemente con los años. De pequeño sólo tenía dos fobias, las langostas (acridofobia, o fobia a los acrídidos) y las camisetas de Iron Maiden. Pero año tras año he ido aumentando mi lista personal de fobias y, aunque se han ido convirtiendo en fobias menos materiales, no dejan de ser estúpidas y molestas. En el top de la lista actual, debo mencionar cuatro que están a la orden del día (el resto, seré sincero, me suceden muy de cuando en cuando y, por tanto, no debo convivir con ellas).

La primera y más estúpida de todas es la llamada "atomosofobia" y es un miedo atroz por las explosiones nucleares; no convivimos con ellas, cierto, pero sueño con un final nuclear al menos dos veces por semana. La última vez fue tan intenso el sueño que justo pasó el tren de las 4 de la mañana en el momento cumbre  y el ruído que llegaba desde las vías lejanas y la fuerza de la angustiosa fantasía en la que estaba sumido se mezclaron para hacerme levantar de un brinco del colchón (Ria se limitó a un simple "Duerme, cariño" con tono de quien está hasta las narices; ella no entendía que la civilización occidental se venía a pique, que dentro del sueño el cielo era rojo, que la gente bebía mercurio en vez de agua en un mundo post-nuclear, ¡qué mierda de horizonte nos espera!). A veces, esta misma fobia se transforma en "nucleomitufobia" que es un pánico a las armas nucleares, y que suele manifestarse en mí cuando veo en algún telediario a esas tribus talibanes cortando cabezas o a los rebeldes chechenos bailando delante del cadáver decapitado de un soldado ruso de 19 años.


Por las últimas noticias debo decir que la eclesiofobia (fobia a la iglesia) ocupa un lugar prominente en esta lista, y cada vez que veo una sotana me da por cruzar de acera. La institución que ha realizado más y más efectivos holocaustos a lo largo de la historia no es que me diera miedo de niño, pero, ¡caray!, veo a todos esos jóvenes disfrazados de neohippies con sus guitarras, diciendo que llevan el mensaje de Jesucristo, o Jehuda Ben Yussuf, gran rabino crucificado por romanos -sin pruebas historiográficas o arqueológicas que lo corroboren- que la Historia llevó hasta la India junto a su mujer -esto sí corroborado por historiadores de medio mundo y con pruebas arqueológicas de primer nivel, negadas, obviamente, por la institución a la que uno debe temer como a un tiburón blanco-, y me pongo malo. No es que vomite, pero hay algo en mi estómago que me dice "apaga la tv, o tómate un bourbon de Kentucky bien cargado; tú eliges". Desasosegante.

También he desarrollado la harpaxofobia (o miedo a que me persigan por un crimen que no cometí). La culpa de esto es de "¡Jo, qué noche!", de Scorsese. Aunque la terminología médica habla de miedo a ser perseguido por las masas, en realidad, el matiz determinante es el de la histeria colectiva: o sea, ser objeto de odio de una masa encolerizada, enloquecida, o, para aportar una mayor claridad al asunto, miedo a un linchamiento. No vivimos en Europa siglo XV, pero creo que en el mundo de hoy, desgraciadamente, todo es posible.

Finalmente, entre las fobias más recientes que he desarrollado se encuentra la helenofobia, que es un miedo atroz al griego o a la terminología médica; en mi caso, se trata de lo segundo, o sea, del "¿qué tendré?" o, más comúnmente conocido por "¿qué habrá querido decir exactamente el tipo de la bata blanca?". 

Pero, no nos volvamos locos. Este es un blog, 5:45, como la canción de Gang of Four, para desechar viejos quistes, y, por tanto, he aquí las viejas fobias que dejaban seco a este servidor. La acridofobia o repulsión a los acrídidos, o sea, las "cómicas" y "graciosas" langostas que van de árboles a muros de edificios, y de ahí a paseantes, a ventanas, a cocinas de ventanas abiertas, en fin, un mundo horrible de robots entomológicos de 10 centímetros verdes, marrones, grisáceos, molestos, viscosos y totalmente prescindibles. ¿Es que no existe para estos bichitos algún enemigo natural real (y no hablo de algún pajarraco suelto que se coma una o dos de ellas)?

También tenía la clásica fobia a la oscuridad, pero que, con seis o siete años, se fue esfumando. Claro que fue substituida por la filosofobia, o sea, la fobia a la filosofía, o, para ser más exactos, fobia a lo que puede ser capaz un tipo con pelo alborotado, bigote frondoso y ojos soñadores. Menos mal que, con veinte años, Javi, mi camarada universitario, me prestó "La decadencia de Occidente" de Spengler y empecé a perder el respeto a Savater y Cia.

La belonefobia, o miedo a las agujas aún campa a sus anchas en mi interior. Eso sí, la disimulo y, sin llegar a desmayarme, sólo una enfermera muy pero que muy experimentada podría sentir ese pequeño temblor de manos, ese sudor frío, ese rostro desencajado, o, sencillamente, mis ojos perdidos en el horizonte.

Existía y existe una gran francofobia a mi alrededor, o sea, miedo o asco a los franceses; debo decir que nunca me afectó: ¿cómo odiar a los que nos trajeron la civilización en el siglo XIX y la tortilla francesa? Además, mucha de esta fobia, como casi siempre en lo que concierne al extranjero, al otro, en España, está salpicado con matices de envidia -como la envidia fálica que sufrimos los hombres: la virilidad de los hombres depende de que se reconozca nuestra prevalencia o supremacía sobre otros hombres; sin embargo, si se anula esta supremacía, si se anula esta experiencia de individualidad, ¿qué nos queda? Exacto, quejarnos; eso es lo que nos queda, sin embargo, el negroide seguirá teniendo un falo de 25 centímetros frente a nuestros escuálidos 15 o 20 (con esfuerzo y mucha genética)-; envidia no sólo a lo francés, sino a lo alemán, a lo italiano, a lo inglés; de los franceses decimos que son remilgados y egocéntricos, de los alemanes que son cuadriculados y autoritarios, de los italianos que son chulos (en realidad, nos jode que nos quiten las jais en cuanto las españolas, que suelen ser tontas de 15 a 20 años, pasan los Pirineos y se sumergen en la gran bota europea), de los ingleses que son estirados; *****recordatorio: democracia, libertad, tesón, tecnología, ciencia, moda, estilo, parlamentarismo, desarrollo industrial son sus legados; ***** recordatorio, en contraposición al anterior, de legados españoles a la posteridad: un tío bajito con un brazo muscular llamado Rodrigo Ruy Díaz, Fernando e Isabel, la Inquisición, la tortilla de patata y el chorizo, y el Real Madrid de los 50. No hay nada como leer para superar la francofobia, la anglofobia, la germanofobia, etcétera. No obstante, hay quien gusta de estas fobias. Que las disfrute leyendo el ABC.

Tuve galeofobia -miedo a los tiburones- pero creo que sólo un par de veces. Luego entendí que era mejor substituirla por alguna fobia relativa a los taxis y al transporte público de las grandes ciudades.

Para que todas ellas no vuelvan a atormentarme (aunque hay una langosta verde y magiar en el marco exterior de la ventana del salón) creo que lo mejor será escribir sus nombres en unos pequeños pliegos de papel y quemarlos o depositarlos en las aguas del Danubio y que se los lleve a alguien que esté falto de fobias. Yo he tenido ya mi dosis.

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