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Dark Hole

Hay en mi pasado muchas sombras -algunas buenas, otras malas- y algún que otro rayo de luz -Ria, Ria, Ria-. En ese saco asqueroso de defectos que soy hay, sobre todo, en un porcentaje altísimo, recuerdos. Una vez alguien -seguramente alguna chica defraudada- me dijo, me echó en cara (¡y con razón!) que yo era un observador de la vida, que casi no actuaba, que casi no participaba en nada, de nada. Debo ser sincero y decir que dio en el clavo, en el centro de la diana; tendría yo 17 o 18 años y ya era un viejo, mi mentalidad no era la de salir "de caza" con otros amigos y entrar a cuantas jais encontráramos esparcidas por los locales más cool de Madrid. A mi, lo diré claramente, aquello me parecía una pérdida de tiempo enorme: observé cómo la mayor parte de los ligues de fin de semana que se echaban mis drugos no duraban ni un mes (alguna excepción que se prolongó insufriblemente seis meses o así); mi idea era conocer a la chica ideal en mi vida ordinaria, en mi día a día, bibliotecas, transporte público, recogiendo el correo, comprando en algún supermercado, etcétera. Así sucedió; cuando, después de la hecatombe emocional de Pordenone, mi batería espiritual se vio en mínimos históricos, de repente, me topé con Ria en Udine, en un Udine otoñal, y conocí a Ria en el pasillo de una casa que había alquilado una semana antes.

No obstante, he de ser sincero: creo que mi batería espiritual se vació mucho tiempo atrás. Se vació el día en que mi madre me preguntó cómo no había elegido Derecho o Ciencias Políticas o Psicología, licenciaturas con más salidas laborales (en un mundo, obviamente, ideal y onírico). Claro, yo elegí Hª del Arte por vocación, y, porque elegir Bellas Artes en Madrid significaba una devoción desmesurada por taquillas tuneadas en pasillos bohemios, la música beatnik, las vespas modies, un culto a lo postmoderno y un estrés excesivo por ser original a cualquier precio.

Comenzó mi licenciatura. Comenzó mi depresión. Profesores en baja forma, alumnos precarios -yo me incluyo-  apuntes trillados, correcciones arbitrarias y heterodoxas, criterios curiosos, cómicos a veces, de la historiografía del arte. Más tarde, con la conclusión, se confirmaron los temores de toda una generación de mutantes universitarios: el sistema que premió en su día a licenciados se olvidaba de nosotros y nos pasaba por encima como un enorme tsunami, y nuestras identidades se secaron bajo polvorientos impresos, documentos, papeleos en despachos de burócratas aburridos. Recuerdo la envidia con la que observaba a todos aquellos alumnos de Alemania, Inglaterra, USA, que llegaban a estudiar su año en Madrid y se largaban sabiendo que sus horizontes pintaban bien, muy bien. 

En esta tesitura yo me entregué directamente al arte, no a la historiografía del arte, sino al arte. Cuadros, una novela aún peor de la que podéis adquirir por el módico precio de 14.05 € en Bubok, "Minimal Shlomo", Álvaro Valiente, etcétera, publicidad explícita y todo eso. También me dejaba caer los fines de semana por el único antro de todo Madrid (y puedo aventurar que también del sur de Europa) donde se podía escuchar a gusto postpunk. 

Se entraba a ese centro de ruido desde la calle Mesonero Romanos,  latitud 40°25'14.20"N   longitud 3°42'17.40"O, se bajaba por una escalera en leve espiral hasta el local; allí siempre estábamos las mismas cien o ciento cincuenta personas; nos conocíamos todos y, excepto los gotiquillos del tres al cuarto o los matones del industrial alemán fascista, a partir de las 22 horas en que Jose se metía en la cabina a pinchar los grandes del rollo after punk, bailábamos divirtiéndonos abiertamente, no como aquellas danzas macabras y aburridas de los dark "profundísimos" (que parecía que cagarían mármol en cualquier momento, Mozart según Forman dixit). 

No puedo dejar pasar la ocasión de nombrar a algunos de los que estábamos allí. En primer lugar, Detritus, o Florentino Aramburu, quizá el mejor pintor español de vanguardia que el país parió desde 1980 hasta la fecha; le encantaba bailar como quien busca hormigas y fumar puritos. Fernando, a quien le gustaba mucho todo el rollo de Love Like Blood o Dreadful Shadows, y muy poco conversar; nuestra amistad naufragó, creo yo, por cierta incomprensión: Fernando, si lo estás leyendo, tío, cuando uno tiene pareja la asiduidad lugares de reciclaje humano como aquel está en suspenso; lo siento. Rubén, "Chirri", que parecía un dibujo animado, el más inteligente de todos nosotros: ahora estará montado en la pasta, currando en algún laboratorio hurgando en universos moleculares, fue él quien resucitó a casi todo el grupo con su afición incondicional a Gang of Four, The Fall o UK Decay. Edu era un tipo de cuarenta tacos que estaba siempre colgadísimo, y mezclaba a partes iguales su medicación con alcohol y postpunk; eso sí, su novia, he de decirlo desde este atril virtual, estaba como un tren de alta velocidad. Cleopatra era perfecta también; nunca supe cómo se llamaba realmente; en realidad, poco importaba; era la musa del local; nunca intercambié más de dos palabras seguidas con ella; sin embargo, nos conocíamos bastante bien; recuerdo lo deprimido que estaba cuando R., una amiga de la universidad de la que estaba tonta y absurdamente enamorado, pasaba de mí; pues bien, allí estaba Cleopatra -o Silvia, o Nuria, o Eva, no recuerdo cuál era su nombre, sé que me lo dijo una vez, pero nada, mi memoria sólo carbura cuando se trata de cifras, fechas, rostros y películas- y me proporcionaba dos horas de placer absoluto viéndola bailar el "Kick in the Eye" de Bauhaus o algún temazo de The Chameleons; creo que si existiera el concepto de "masturbación visual" se hubiera podido aplicar a todo el grupo de druguitos postpunk que allí estábamos sentados, petrificados ante aquella belleza de piel fina y blanca -sin maquillaje ni polvos de arroz (que era cosa de los "terroríficos" -uh uhh uhhh- góticos)- y ojos verdes como esmeraldas centelleantes; a ella le debo algunos poemas tontos y absurdos, y cierta debilidad por lo gatuno. Luego había otros muchos, extras, en la mayor parte de los casos, pero que componían junto a nosotros un grupo homogéneo  de perdedores y gente deprimida en busca de una salida del túnel. 

Un día un pedazo de escayola del techo se cayó sobre un tipo y cerraron el local. Jose, el dueño, se quedó frito y ya sólo le vieron por Diskpol o por el Phobia, de tarde en tarde. Una pena. Nos quedamos huérfanos de terapia y, lo único que la noche madrileña nos ofreció como limosna, fue esa mierda enorme y pastosa de local decorado con un gusto infame, pretencioso y repugnante, el "666", ideado, sobre todo, para esa amalgama de jóvenes recién salidos del instituto que querían convertirse en vampiros o en zombis, o en hombres lobo, o en alguna gilipollez de ese tipo. Recuerdo que, un mes antes de irme a Italia a estudiar, una chica se me acercó en una de las salas de ese tugurio y se sentó a mi lado, tomó mi mano en sus manos y me dijo "te he sentido desde el otro lado del local, ¿no te parece increíble?", "Es extraño porque con el doble acristalamiento de esta sala es difícil hasta que entre el olor a alcohol", luego pasó a contarme cómo hubiera deseado que un vampiro la mordiera cuando estuvo visitando Notre Dame de París; no lo soporté más y tuve que quitarme de encima a aquella neurótica con un lacónico "¿Y nunca te has preguntado qué tipo de pedos deben tirarse los vampiros?". La chica me miró. Se levantó. Se fue. En aquel momento eché de menos mi Dark Hole, y sentí un desamparo muy grande como cuando escuché por primera vez "Exquisite Corpse" de Bauhaus.

Bien, hagamos sonar bien alto, en lo alto de un edificio de viviendas, de algún barrio obrero de cualquier ciudad europea ese "Exquisite Corpse" y lancemos las cenizas del Dark Hole al viento. Ya no queda una sola caverna de postpunk decente en todo este maldito mundo. Otro cadáver más de mi memoria que he de finiquitar.

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