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All to be the cream

Lo decían Bauhaus en esa canción-sermón que hablaba de la vida alienante del hombre contemporáneo, del yuppie (o sea, ¡¡¡de los que entramos en el túnel de los 30!!!), con partido de squash incluido cada tarde después de un sandwich en la barra de algún bar cercano a la oficina.

Sin embargo, y a pesar de tan poco afortunada introducción, esta entrada no irá de la crisis de los treinta, de las pocas esperanzas del hombre del siglo XXI en un mundo al borde de una guerra global a base de pepinos nucleares ni nada por el estilo. Más bien quisiera hablar de los primeros de la clase que todos nosotros guardamos en nuestros baúles; ese tipo de fauna académica que reptaba por los laberínticos pasillos de los curriculum vitae en gestación y que, desde la escuela elemental, hasta la universidad, conformaron una formidable banda de freakies que hubiera podido hacer fortuna en cualquiera de los mejores circos de la historia (¡Pobre Houdini! Le hubieran dejado en el paro).

Colegio Santa María de los Pinos. 1989. Yo tenía 9 años. Ese es el principio y es por donde siempre se debe empezar. Evidentemente, desde los 6 años ya estaba metido en la jaula escolar, pero no fue hasta 4º de EGB -¡qué lejanas son estas siglas!- cuando me di cuenta de ese abanico de jugarretas que tenían lugar entre el nº 1 y el nº 2 de la clase. Yo, para que os situéis, era buen estudiante, pero estaba en ese homogéneo grupo de 5 o 6 personas que sacaban, ligeramente, peores notas que aquellos dos bichos. Bicho nº 1: Isabel Frankenheimer (por emplear un apellido común y no dar más datos relevantes), pequeña, ojillos inquietos, algo entradita en carnes, y con un pelo tan largo que parecía Rapunzel. Bicho nº 2: Nomeacuerdo Applebaum. Entre ambos había una tensión más allá de la edad y de la situación; casi se podría decir que era una tensión genética, como si hubieran sido ya preconcebidos para odiarse a fondo, sin barreras, sin límites. Claro que lo que no entraba en sus planes fue un pequeñísimo desliz en el desarrollo de la ecuación: en 7º de EGB, en el apogeo de su encarnizada lucha por demostrar su "yo-lo-sé-yo-lo-sé" íntimo y particular, unieron a los 30 mejores alumnos de los dos grupos que conformábamos el séptimo grado del colegio. Entonces sucedió.

La situación se complicó, claro está. Muy poco espacio para tantos maestros del universo; ahora ya no era cosa sólo de Isabel y Nomeacuerdo; se habían apuntado al festival de neuronas disparadísimas MGV (de la que estuve enamorado lo justo), Elena T...(vamos a ver, vamos a ver...)Tiegerman, Julián Soyelempollónmásimbécildeluniverso. Entonces, los mediocres asistimos boquiabiertos a un toma y daca sin cuartel, en el que Isabel y Nomeacuerdo tenían más bien poco, muy poco que hacer. Se quedaron en una esquina de mi memoria o en ese baúl polvoriento como una moraleja estúpida: siempre hay alguien más listo que tú.

En el instituto las cosas digamos que fueron más confusas y los empollones no lo eran tanto. Supongo que era la edad en la que todos nos preocupábamos por forjar una personalidad coherente y la imaginación al poder la dejábamos para la universidad, fábrica de mutantes. Por eso seré indulgente y pasaré la página del bachillerato para centrarme en la fauna universitaria.

Allí estaba yo, con 18 años, con pelo (¡¡¡!!!) y con muy pocas ideas claras. Lo único claro era que Ortiz era el number one. Un tipo que no tomaba ni un apunte, que no cogía un bolígrafo en clase ni para sacarse la cera de los oídos, y en los exámenes encontraba siempre el gol por la escuadra, la matrícula de honor y causaba admiración allá por donde iba. Un gentleman de las notas cósmicas, estratosféricas, marcianas, al que le daba lo mismo hacer un examen de iconografía paleocristiana, pintura veneciana del siglo XVI, arquitectura de la Alta Edad Media, o hablar de la revolución del léxico arquitectural de Palladio y sus compinches, un tipo que saltaba de época en época, de siglo en siglo, de movimiento artístico en movimiento artístico con la gracilidad con la que el Conde Ambrosini saltó desde nuestra terraza udinesa a aquel jardín primaveral para socorrer a aquel motorista lombardo que se quiso suicidar contra el muro del sibarita teatro comunal de Colugna -esa metrópolis y meca cultural de 1000 y pico habitantes-. El pelaje de Ortiz... Muchas veces he pensado en él, y no lo sitúo entre los empollones, sino, más bien, entre los grandes, o sea, entre los mitos universitarios que todos tenemos, allá arriba, en un altar, al que sólo se puede subir mediante éxtasis o catarsis, sin ascensor de por medio. 

Los empollones eran otros: empollones fueron R.G.G., experto en las felaciones de despacho, o Z. hija de emérito, o aquella particular caterva o jauría de aves de presa que buscaban docentes con mono de café o copa y prostituían su curriculum a base de un sobresaliente o alguna matrícula eventual. Homo Homini Lupus, etcétera, la terrorífica competición, la fiera actividad de la destrucción de los otros machos alfa, la competencia desleal entre las hembras alfa y la prevalencia de los más fuertes. Hoy, creo, muchos de ellos han terminado dándose cuenta de que las matrículas de honor en Historia del Hambre valen más bien poco, y que más les hubiera servido estudiar una gris ingeniería, una insulsa biología, o alguna de esas carreras de lujo y primeras marcas que les hubieran catapultado al olimpo del mundo laboral. Ortiz está allí: ahora estará preparando algún ladrillo de libro sobre fotografía americana de la segunda mitad del XX, o reuniendo material para un volumen sobre Malevich o Mondrian o cualquier pintor cuyo apellido comience por Pica, demostrando por qué él, y no el resto de nosotros, fue la crême...y por qué la literatura o el ejercicio de ella nos quedó a los mediocres de la tierra como un último salvavidas antes de que nos engullera el gran océano del olvido. 

Ortiz, como dijeron los Psychedelic Furs en su postpunk de burbujas de colores y neuronas desperdiciadas como el confeti, "we love you". 
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