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¿Quién eres, Luca Ambrosi?

Era una mañana muy gris de marzo -es extraño, pero el mes de marzo siempre ha tenido mucho peso en mi vida... algún día escribiré sobre él- de un muy lejano año 2000. Estábamos en clase de Arte de las Primeras Vanguardias con Ángel González. Era un día nublado; de esos típicos que regala la capital de España a sus ciudadanos, de esos que uno no sabe ni cómo afrontar; supongo que la meteorología busca su propia concordancia con el medio urbano al que está destinada a envolver, y, por eso, hay tantos días grises en Madrid a lo largo del año -demasiado cemento, muy poca piedra, un pulmón urbano -histórico demasiado pequeño. Yo intentaba seguir la disertación de Ángel. Reconozco que, a veces, no era algo fácil, y mucho menos cuando se enfrascaba en esos líos de Duchamp, de la reflexión sobre la pintura que se mira a sí misma, y todo eso. Y estaba ya en esos cenagales cuando el destino quiso que el hombre volviera su rostro hacia el ventanal de su derecha que daba a la carretera de A Coruña y soltara un lacónico "...¿Por qué no sale el sol en esta maldita ciudad?..." mientras mesaba con su mano izquierda su frondoso tupé blanco como una vívida representación de la desesperación del viejecito Cioran en su apartamento parisino.

"...¿Por qué no sale la luz en esta maldita ciudad?..." Zapatazo al eslogan optimista y arrogante del ayuntamiento de la ciudad, "De Madrid al cielo". Entonces, mis neuronas se pusieron a trabajar a destajo. "¿Dónde te gustaría estar ahora, Álvaro?", me preguntaban con sus voces de psicoelectricidad. "En Firenze", les respondí de inmediato. Y me puse a escribir allí mismo una historia, en unos cuantos párrafos acerca de un tipo aburrido y nihilista que vive en una Firenze que no sólo no disipa su tristeza sino que la acrecienta, la odia pero no puede fugarse y escapar de sus carnes de piedra ocre. Así nació mi primera novela, "Vagabundos"; surgió de una aburrida mañana madrileña en la que se dispararon mis deseos de volar a Firenze y devorar todos esos capilares urbanos con fuel de caffè liscio y olvidando ese tan falso "De Madrid al Cielo" que el marketing pepero vendía a precio de aire. 

Escapar del cemento hacia la piedra antigua, de los inmuebles petardos siglo XIX hacia los viejos viejos viejos palacios con ventanas venecianas y glasos reticulados y artesanales, almohadillados a tres alturas, de la miserable propinilla siglo XVIII del Paseo del Prado hacia la Via Panzani, Lungarno Vespucci, la Via della Parte Guelfa (¡¡¡donde siempre suceden cosas!!!), y respirar esa mezcla de perfumes, sudor del Arno, piel de calzado y bolsos, y vainilla; escapar de esa maldita ciudad donde nunca salía el sol excepto en los posters de las agencias de viajes de los países exportadores de turistas, y dejarme caer por Oltrarno con su piel de adoquines y sus fantasmas habituales -la Vespucci, Francesco de Assissi que para para beber agua,... últimamente Batigol-. ¿Qué pintaba yo en Madrid? Envejecía cada día cien años y mi mentalidad era la de un prisionero obsesionado con lo que le resta de condena. Cierto es que luego acabé en el frío véneto, pero eso es otro cantar y, hoy por hoy, debo reconocer que me siento más véneto que español, más venexian que madrileño, y los vidrios se ablandan y comienzan a humedecerse en cuanto se me acerca el recuerdo de mis mediodías sentado en el Campo de San Polo comiendo un trancio de pizza o sentado junto a la Gloriosa dei Frari, solitaria y abandonada, afortunadamente, por el turisteo de las ideas gigantísimas de italianos hablando como napolitanos o papagayos.

Luca fue una forma escrita de mí, o de esas ganas de dejarlo todo, abandonarme a mi propia suerte y ver a qué orillas a qué regiones me llevaba ese río de aguas calmas. De momento he desembarcado en Pest y, Luca quedó en una última página tomando un café junto a Gneis. Sin embargo, puedo asegurar que esto no ha acabado y Luca aún tiene que seguir en la brecha en un próximo volumen que estoy dando forma. Veremos qué ha podido hacer el bueno de Ambrosi para paliar su asqueroso anhelo de escapar de sí mismo.

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2 comentarios:

Raúl Campos dijo...

Bueno, ya no estás en la celda de Madrid. Eso es bueno, no?

Un saludo.

A. V. dijo...

Sí. Yo, a diferencia de Ambrosi, creo que he podido zafarme. Él aún sigue ahí metido, como una de esas cobayas de laboratorio dentro de un laberinto del que jamás pueden salir. Saludos.

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