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Maldad

Era primavera. Yo disfrutaba del chollazo "Curso Básico de Latín" que otorgaba 12 creditazos, así, del ala, a todo aquel que se matriculara eligiéndola como asignatura de Libre Elección. Sus clases se impartían en la facultad de Filosofía de la UCM, primera planta, justo encima de la cafetería. Para cualquiera que, en el instituto hubiera estudiado griego y latín, esta materia estaba chupada: eran créditos fáciles. Allí nos dábamos cita los lunes y los miércoles algunas de las mentes más estropeadas de toda la universidad. No recuerdo, si os soy sincero, ni uno sólo de los nombres de los compañeros de aquella clase, excepto uno. Se llamaba Marcos y estudiaba Farmacia. Era de Barcelona. No conversamos más que una vez; le había visto durante más de dos meses y, ni tan siquiera había intercambiado con él ni una sola palabra. Sin embargo, aquel mediodía de mayo, como no creo en las casualidades, supongo que todo estaba predispuesto para que ambos habláramos; yo esperaba el comienzo de la clase fuera, en el pasillo, fumando un pito y, él se apostó frente a mi, apoyando su pie izquierdo en la pared y mirándome; le dije "hola" y sonrió sin decir nada; luego se me acercó y me dijo "¿quieres ver algo interesante?". "Bueno", respondí con la ingenuidad del aburrido. Se levantó la manga derecha de su pulóver y extendió su brazo hacia mi, con el puño cerrado hacia arriba; en su antebrazo había una gasa de aproximadamente quince centímetros de largo y siete de ancho; él la levantó y pude ver una herida espantosa, horrible que me dejó sin habla; fue la misma sensación que tuve cuando vi de niño -en un telediario del lejanísimo 1986- el suicidio de Budd Dwyer; necesité varias horas para reponerme de la impresión. 

- ¿Qué te parece? -me preguntó.
- Tío, tienes que ir a urgencias... se podría infectar y... 
- ¿A que me lo curen? ¡¿Estás loco?! 
- Bueno, yo no sé nada de eso pero...
- Me lo he hecho yo; con ácido. 
- ¿¡Qué!? 
- ¡Sí! -y lanzó una carcajada monumental; al verme boquiabierto continuó su particular explicación de lo sucedido- Ayer estaba solo en casa. Terminé de estudiar "blablalogía" y, de repente, me dieron ganas de coger al puñetero caniche de mi madre y acuchillarlo, pero luego pensé... ¿Por qué? Disfruta un poco del dolor... y, después de prepararlo todo, me fui quitando la piel con ácido, poco a poco... ¡Olía que daba asco!

Jamás un cigarrillo me supo tan asquerosamente mal. Imaginé su piel quemándose al tiempo que su rostro disfrutaba enormemente con aquello. ¡Y quería matar a aquella pobre criatura! ¡Y qué herida! En casa no conté nada. Estas cosas son para quedárselas uno durante un tiempo, digerirlas y soltarlas, años después, en alguna reunión de amigos, o en un blog de actualización personal; ¿me imagináis contando todo esto en una cena? Mi madre se hubiera quedado impresionada pero al poco se hubiera sobrepuesto un poco,... pero mi abuela, con esa adoración casi mística por el sagrado templo universitario, se hubiera quedado frita al saber de la existencia, no sólo de fauna yonqui, sino también futuros serial killers. 

Durante todos estos años no he dejado de pensar en que, tal vez, allí conocí a una especie terrorífica dentro de la fauna social, una suerte de animal urbano destinado a la depredación del propio hombre, un asesino serial en toda regla. Recuerdo la mirada de otras personas que, entre nosotros, podríamos calificar de "grilladas", pero ninguna de todas ellas tenía ese brillo pétreo, esa frialdad de quien perdona tu vida a cada segundo; recuerdo su rostro y era como el de una muñeca de porcelana, de esas antiguas: se movía, sonreía, se arrugaba, sí, todo eso, sí, muy bien, pero sus ojos no se expresaban, sus ojos no eran como los nuestros. Sus ojos eran la maldad. Mucha gente está equivocada al pensar que son enfermos mentales: no, los asesinos seriales, no son psicópatas: ellos saben distinguir perfectamente entre el bien y el mal, lo lícito y lo ilícito, lo justo y lo injusto; prueba de ello es que muchos piden a los jueces que les encierren de por vida porque seguirán matando. Ese muchacho llevaba su futuro escrito en la frente, y nos miraba a todos con sus lentes de  nácar frío desde lo alto de la pirámide alimenticia.

No sé qué era. No tengo explicación para ello. No sé cómo llamarlo. ¿Esquizo? No. Sabemos qué es. ¿Sadismo? No, tampoco; en el Strong había unos cuantos sádicos y nunca fueron fauna de este tipo. ¿Por qué no Maldad?. 

Hoy, más que nunca, daré gracias por no haberme topado de nuevo con una mirada así.

Llegado a este punto, sólo puedo añadir

"No hagas mal y el mal no te dominará; sepárate del injusto y él se alejará de ti"
Eclesiastés.





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