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Emilio

Me enteré por la prensa. Emilio E. N., profesor de literatura de UCM la había palmado. Era una esquela del ABC, seguramente publicada por sus hermanos, donde se especificaba la hora del funeral y de la posterior incineración del cuerpo. Me sentí mal. Mal porque entre ambos hubo una gran conexión, existió una especie de catarsis del profesor y del alumno y se traducía en la sabia simbiosis de una gran conversación sobre literatura, jazz, arte, y una comida fantástica en su casa, servida con gran esmero y dedicación por Mª Cruz, que era como su hija. 

Al leer la esquela no pude evitar el recuerdo de aquella primera clase. Un aula en anfiteatro, con ese extraño ambiente de hospital que reina, aún hoy, en la Facultad de Geografía e Historia. A mi me gustaba una chica, R., y reconozco que, como estúpido simio de género masculino, me sentaba en las primeras filas -aunque cobardemente separado, en la otra fila de bancadas- para estar cerca de ella. El caso es que quizá gracias a este punto tan trivial, aquel profesor vestido aún con una chaqueta beatnik (hablando en jerga Kerouac) negra, con gafas Police de pasta negra, también beatniks, y ataviado con un bastón, se fijó en mi en cuanto en  una clase pidió, con educación y paciencia, que alguien le trajera un dyc con hielo y que otro "alguien" dijera algún poeta ascensionista del romanticismo inglés. El primero en desfilar fue C.J., compi que, entre otras cosas, estaba encargado del suministro de tabaco a todos cuantos estábamos empezando en esas lides, para ir a la cafetería, pedir el whisky, fumarse un pito y perder unos jugosos minutos de la que, podría ser, una clase infumable. El segundo en abrir el pico fue R.G.J., un gilipollas insoportable, nacionalsocialista con una sangre tan mestiza como la de cualquier otro en la España postmoderna, y dijo un nombre: "Cadalso". Emilio,  sin dudar ni un segundo le ordenó callarse y pensar antes de volver a hablar (luego, cuando terminó la clase, le dijo algo así como: "En primer lugar yo he preguntado por poetas ascensionistas ingleses, y usted me responde con un español; y, además, me acaba de decir que Cadalso es una cumbre de la literatura española, cuando, en realidad, ¡es una sima! ¿¡Pero cómo un tipo que se llama "Cadalso" puede ser una cumbre!?". El peloteo de R.G.J., que tan buenos resultados le proporcionó con algunas ratas académicas no funcionó con el viejo. No dudé y, después de que Emilio se encendiera un "Habanos" -para aclaración del personal: más fuerte que un "Ducados" y, a mi juicio, un poco más fumable que el mítico "Kaiser" de mi abuelo- pregunté: "¿Puedo fumar yo también?"; rumor en el aula, fumadores preparando ya el material bélico, etcétera, a lo que me respondió: "Claro". Encendí el cigarrillo y dije "Blake". Fuera de sí, con los ojos giradísimos miró hacia nuestra bancada y mi camarada Javier B., se colocó bien las gafas con su típico gesto y exclamó: "¡No he sido yo!". Entonces Emilio preguntó "¿¡Quién ha dicho Blake!?". "He sido yo", respondí. "Entonces, le diré que es usted un rara avis". Al terminar la clase, y con un lingotazo de Dyc en el cuerpo, se me acercó y me preguntó si quería tomar un café. Asentí y, en menos de media hora, ya estábamos los dos en "La Casa de Córdoba", mesón situado en Victor de la Serna, junto a su casa. Fue magnífico, porque me preguntó mis gustos literarios, le pregunté por los suyos, me interrogó sobre mis pintores favoritos (yo, en aquella época, andaba muy metido en el rollo del Romanticismo Alemán - C.D. Friedrich, P. O. Runge, K. Blechen, Carstens, Oehme, G.K. Carus, Clausen Dahl, F. Kersting, etcétera-) y luego él me contó cómo admirando un Velázquez en Roma conoció a una mujer fenomenal en los años 70. 

Desde ese día, cada dos semanas iba a comer a su casa. Allí, entre otras cosas, proyectamos substraer un Mantegna del Prado -saliendo con el cuadro bajo el brazo y por la puerta de Velázquez y luego coger algún bus hasta Plaza Castilla-, intentamos poner orden en la filmografía de Fellini, desechar la mayor parte de Bergman y subrayar nuestra profunda admiración por Giorgione, Shakespeare Mozart, Lord Byron, Picasso, Faulkner, Cortázar, Ana Magnani, Sofia Loren, algún que otro track de Mingus, de Coltrane y de Thelonious Monk; incluso recuerdo que, en una ocasión, casi estuvimos a punto de decidir la muerte de la zarzuela, por ramplona, pedo, y chabacana. Era magnífico: se atrevía a decir lo que nadie decía, y se atrevía a escuchar a un simple alumno al que podría dar capones con... 

Sin embargo, un día surgió un abismo entre nosotros, un obstáculo insalvable, un pequeño suceso que me hizo abandonar aquellos viernes de solaz y almuerzo con él. La pequeña fisura cobró dimensiones gigantescas y no volví a saber nada de él hasta hace un año, en que, encontré su esquela en internet. 

Le incineraron, por lo que leí. Le dejaron frito, reducido a cenizas. Me dolió. Lo reconozco. En cuanto entré en conocimiento de la noticia, con tanto retraso, por otra parte, puse "Acknowledgement" de Coltrane, que quizá no era tanto de su agrado, pero que me devolvía, un poco, catapultándome, a esos días en los que mezclaba alcohol y tabaco en dosis imprudentes sentado en su sillón de orejas, junto a aquella terraza monótona, triste, un mínimo balcón a la eternidad. 

Él siempre pensó que yo era un materialista incorregible. Cierto. Tenía razón. Por eso, como necesito una tumba, un lugar en el suelo para poder clavar una banderita en el jodido Google Earth, como soy esclavo de ese tipo de seguridad que tiene lo imperecedero, la piedra, las piedras, virtualmente le enterraré, para visitarle cuando me sienta un poco solo y triste, o vacío -¡qué ironía! ¡un materialista de mierda como yo sintiéndose "vacío"!-, y contarle mis andanzas por Budapest. En su epitafio grabaré y se podrá leer la frase que más le gustaba decir al ver la TV, al leer la prensa, al observar la tiranía del periodismo sobre la filología: "El que sabe, sabe, y el que no, que se joda".

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