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Ausencia

El primer recuerdo al que debo dar sepultura a ritmo de The Chameleons es, tal vez, mi padre. 

Yo tendría un par de años cuando las cosas entre mi padre y mi madre empezaron a torcerse. Él decidió abandonar el hogar conyugal y nos dejó. Sin embargo, cada sábado, sin falta, venía a visitarme. 

Pensaréis "¡Pobre chico!". Para nada. No lo penséis ni por un momento: la verdad es que tuve una infancia muy felíz -al menos hasta que empezó la tortura del colegio, la larga tortura de una educación programada, que duraría 18 años-, y vivíamos mis abuelos, mi madre y yo, todos juntos en un apartamento pequeño pero acogedor en una zona de Vallecas donde, creedme, en la vida hubiérais querido estar (sobre todo en aquellos primeros ochenta, donde la heroína congregaba ejércitos de drogadictos, esqueletos humanos, que bajaban desde la cercana barriada de Pedro Laborde, atajando por todo tipo de callejuelas entre edificios de trabajadores, para lanzarse de cabeza a lo que, entonces, eran terrenos valdíos, desiertos, junto a las casas bajas de El Pozo del Tío Raimundo). 

Cada sábado esperaba con ansiedad la visita de mi padre. Era como un ritual. Era un ritual. Me levantaba, me bañaba y me peinaba. Me ponía aquellos zapatos para niño con hebilla y esperaba ansiosamente a que el reloj marcara las 11 para que, al otro lado de la puerta de la calle, sonara el toc toc toc de los nudillos de mi padre. Y siempre llegaban  a la misma hora. 

Allí estaba él. Delgado, alto, con ese aire de Robert Plant; con sus jeans Lois y sus zapatos hippies de piel vuelta de color beis grisáceo. Nos sentábamos en las sillas de la sala de estar y le contaba cómo me había ido la semana. Era magnífico.

Sin embargo, aprendí, con tres años, una lección muy valiosa: todo tiene fecha de caducidad. Es curioso. Seguramente, pasé momentos muy felices con él en esa ristra de sábados de visitas, pero el recuerdo más vivido que tengo de él es, precisamente, el de su ausencia. 

Un sábado, tenía yo tres años como dije antes, esperé y esperé y no volví a verle nunca más. Han pasado 27 años de aquello y creo que no sentí antes de aquello tanta desolación. Repetí, como el resto de sábados, el ritual, me puse aquella camisa de cuadros de franela, mi peto de pana de color beis, mis zapatos de hebilla de color azul con costuras blancas, y esperé y esperé. Nada. A la hora de la comida, cuando llegaron mis abuelos después de trabajar en la tienda, mi abuela, especialmente triste, se me acercó y me dio un paquete envuelto en aquel papel que ya casi ni se encuentra, papel como acartonado (no sé si lo recordaréis) y me dijo que era un regalo de mi padre. Lo abrí con frenesí. Un libro para niños, de esos con dibujos que cuentan una historia de lo más convencional. "Teo desayuna".

El sábado siguiente me preparé de nuevo para la visita de mi padre. Nada. Ausencia. Pensé: "Tal vez, no puede venir porque esté ocupado".

Y el sábado siguiente volví a prepararme y volví a administrarme una dosis de razones para justificar su ausencia. Nada. Nihil. Cero.

Finalmente, mi abuela que, en muchas ocasiones, hizo de madre, se me acercó un sábado, muchos meses después de aquel libro, y me dijo: "Hijo, no esperes más a tu padre, porque no va a volver". 

Durante años me fueron administrando información sobre él: el divorcio, la segunda mujer... la hermana que nunca conocí, etcétera. 

Hoy, seguramente, estará con su segunda familia, felíz, disfrutando de cada día, de cada instante con ellos. Y mi hermana(stra) estará con su novio, ignorando que tiene un hermano, o, si lo sabe, sin demasiadas ganas de saber de mi. Yo tampoco tengo demasiadas ganas de saber nada de ella, o de mi padre. No es rencor. Mucha gente me dice "Álvaro, tienes que pasar página, no ser rencoroso". Yo les respondo que no soy rencoroso; simplemente, recuerdo a mi madre llorando en aquella cocina mientras desayunaba un café con leche con tostadas y sabiamente aderezados con lágrimas, y las ganas de saber, de tener contacto con mi padre -¡que llegó a decirle al juez, durante el divorcio, que renunciaba a todos los derechos como padre y que, al máximo, me dejaba su apellido!- o con esa hija que pudo disfrutar de él se me quitan, se me vuelan, se largan como cuando las palomas dejan las cornisas en un crescendo melancólico, mínimo, que suele durar hasta que encuentran otra donde estar a salvo del viento o de la lluvia.

Pero, ¿sabéis algo? La moraleja de la historia es: por cada puerta que se cierra, se abre otra. De no habernos dejado mi padre, ¿hubiera llegado a conocer tan bien a mi abuelo, quererle como a un padre? Hoy soy lo que soy, hago lo que hago, y digo lo que digo, porque él me educó, y me enseñó carpintería, y la necesidad de crear cosas.

Por eso, hoy, 25 de octubre de 2010, a 27 años luz de aquella mañana de ausencia, este recuerdo ha de morir. Y muere. Expira. 

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