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Competitividad.

Sé mejor que... Sé más fuerte que... Piensa en que _________ ha hecho esto y tú estás veinte pasos por detrás.

Credo de la competición. Credo inculcado para la competición. Algunos lo llevan en el adn. Ese era el caso de Josué. Ese no era mi caso. Ojalá hubiera tenido ese instinto; a mi abuela le hubiera encantado; ella era de la vieja escuela, del rollo "mira a Fulano y mira a Mengano, que es ingeniero XXXXXX o médico o profesor o físico nuclear o actor porno". Los vanos intentos por la medición académica sólo obtuvieron, en su caso, un gran fracaso, porque su nieto era un anarquista escéptico, pesimista, absurdo, materialista.

Josué era de otra pasta. En la vida hay personas como él; desgraciadamente tienen el gen de la competición salvaje, de ese rollo de la primacía de su individualidad frente al resto de los miembros de la manada, o sea, personas que se consideran el macho alfa de la manada, pero que, sin embargo, no poseen el gen del liderazgo. Usad las imágenes que queráis: el asesino que es cobarde, el proxeneta que hubiera querido ser un hombre santo, el crítico de arte que quiso ser pintor,  ¿qué queréis que os diga? La vida es justa: existen detalles innatos y lo único triste de todo esto es que se sufre con la impotencia de no llegar a ser lo que uno cree que está destinado a ser. 

Le conocí en 2º de BUP, cuando un amigo en común nos presentó en un descanso entre clase y clase y, sin conocerme de nada, intentó marcar territorio, anular la opinión de todos los que estábamos allí, o, lo que en psiquiatría se conoce comúnmente como avasallar, o anular los límites y fronteras emocionales, acción de conquista. Pero claro, siempre tuve un defecto: el sarcasmo hiriente. Recuerdo que le puse al corriente de un descubrimiento de ultimísima generación: un pie delante primero y otro después, era la leche y lo llamaban andar;  le recomendé ponerlo en práctica y en dirección diametralmente opuesta a nuestro grupo. Se enfadó, me consideró un gilipollas -luego me lo diría-; yo le consideré un gilipollas igualmente. Supongo que Josué era de esos que les gusta avasallar pero que se cagan en los pantalones en cuanto alguien les enseña los dientes. Mi gilipollez o mi arrogancia era la arrogancia del lobo estepario, ¿qué puedo decir? se lo había ganado.

En 3º de BUP, coincidimos e, incluso, nos hicimos "amigos". Supongo que me llegó en un momento en el que me sentía algo deprimidillo y aceptaba con las orejas bajas todo lo que me dijeran. Él se hizo con la manada, y, en su carácter, existía una fuerza irrefrenable que le obligaba a ridiculizar a todos y cada uno de los que tenía alrededor, sobre todo, a aquellos con los que había trabado cierta... confianza -porque era bastante cobarde y, a  diferencia de los verdaderos líderes o machos alfa de las manadas darwinianas, era incapaz de evaluar la fuerza del enemigo, y, por eso, a aquellos a quienes no conocía trataba con cierto distanciamiento, respeto e, incluso, peloteo-. En los dos años siguientes, hasta que llegué a la universidad, me hizo algunas putadas: me utilizó como objeto de mofa (y a otro individuo llamado J.L.Barco) cuando salimos de farra por ahí, me intentó tratar como a un estúpido en Roma -en el viaje de tercero de BUP- a lo que le respondí con una patada en el torax que le tumbó sobre la cama del hotel  (algo de lo que siempre me he arrepentido por la implicación violenta que tenía) y que hizo que el "aspirante eterno a líder" bajara del monte Olimpo y se diera cuenta de que el lobo estepario estaba dispuesto a morder y fuerte en cuanto fuera necesario. De hecho, aquello fue el punto de inflexión, porque, a partir de ahí, comenzó a tratarme con más cautela y dirigió sus mofas hacia Sergio y J.L.Barco. Sin embargo, en COU buscó nuevas amistades porque veía que la mía no era una amistad de sumisión. 

En los años siguientes, yo estuve a las duras y a las maduras, cuando le dejaron infinidad de chicas -en cuanto las relaciones pasaban de los 2 meses y comenzaban a darse cuenta de su carácter absurdamente dominante, las jais cambiaban su intimidad con él, cambiaban las palabras y los encuentros y, terminaban los noviazgos como churros- yo estaba en su casa y le veía llorar, o contarme aquellas chorradas gigantísimas y todo aderezado con infumables bandas sonoras de cantautores horripilantes, intelectualísimos (de esos que dejaban la EGB porque les había llegado la hora de incorporarse a filas)... en fin, que yo tenía cosas mejores que hacer y, sin embargo, estaba allí con él.

Llegaron días oscuros en los que yo estaba bajo mínimos, arrastrando los pies y él, en cambio, tenía cosas mejores que hacer. Y también llegaron días en que la luz del conocimiento me llamaba y tenía que estudiar para exámenes y otras menudencias y él me intentaba convencer para ir con él, una chica a la que se intentaba tirar y la típica amiga paquete a la que yo, en teoría, debía hacer un placaje propio de rugby. 

Como era de esperar, la relación terminó cuando me largué a Italia. Quedé con él para despedirnos; tomamos una cerveza juntos -bueno, en realidad, con el pesado de su primo-. Insistió en ir a despedirme al aeropuerto, sin embargo, le dije que ese momento era para mi madre, porque ella tenía que ser protagonista en un día tan triste como aquel. No lo entendió; no entendió que una madre fuera prota y no él.

Mucha gente me escribió; incluso Javi me visitó y disfrutamos de una semana magnífica deambulando por el Véneto invernal. De él no volví a tener noticias, excepto una: que estaba cabreado conmigo. ¿Por qué? Irracionalidad, reverberación del "yo", yo yo yo yo repetido como un mantra hasta el infinito.

Bueno, Josué, lo siento, tío, pero ha llegado el momento de coger el álbum de fotos de nuestra "pseudo-amistad" y lanzarlo lejos lejos, a las entrañas de este Danubio helado, donde las algas y los siluros se encargarán de desintegrarlo. Un "au revoir" triste en esta ciudad engullida por las nieves y los termómetros congelados. No te congeles.

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