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We love you, o eso creíamos.

Era una mañana aburrida en la universidad. Tercero de Hª del Hambre, ups, perdón, de Historia del Arte. Acabábamos de sufrir un martirio, casi hagiológico, en clase de Técnicas Artísticas III, con una profesora con voz de Ramoncín, ups, perdón, quería decir "ramoncín" -sin letra capital-, peinado Jimi Hendrix y más fea que un pie, y nos disponíamos a tumbarnos sobre una parrilla gigante, a lo San Lorenzo, para que nos asaran lentamente en otra sesión grupal de tortura. La clase siguiente tenía un nombre prometedor: "Arte de vanguardias". El nombre del profesor, no tanto: Ángel González García. ¿Quién coño sería?

Javi tenía las clásicas legañas bajo las lentes rectangulares de sus gafas; Carlos salió del aula, seguramente después de pedir apuntes a alguien que era amigo de un cuñado de algún familiar de un amigo suyo, y sacaba a hurtadillas su paquete de Camel con la esperanza -vana- de que no le pidiéramos ningún cigarrillo; Tomás acompañaba a Carlos y se paró frente a Javi y a mi con su clásica postura de brazos en jarra y rostro de "estoy hasta los ...¿testículos?"; Clarita salió riendo junto a alguna chica y también se acercó hasta nosotros con la actitud de "voy a ver qué me cuenta esta pandilla de fracasados"; Dani, en su psicótico mundo de lagos de sangre y miembros mutilados donde hipopótamos de color púrpura llevaban en sus lomos a vírgenes desnudas en celo (que, en su caso, eran todas como Clarita, de quien estaba torpe y visiblemente enamorado).

Alguien preguntó "¿Quién es este tío, Ángel González?". Creo que fue Carlitos; era su estilo. Ni flores. El caso es que, a los pocos minutos, un hombrecillo de cincuenta y tantos, con un frondoso y fuerte tupé canoso, a lo James Dean, barba de semana y media, ojillos de ratón de biblioteca bajo delgadas gafas rectangulares, ropa de pana (conjunto americana - pantalón 1986) y ducados humeante en su mano derecha se acercaba observando la caterva de fieras salvajes y primitivas con las que tendría que lidiar.

Terminó su ducados y se hizo enseguida con el asiento preferentísimo del profe sobre el estrado, encendió el micro, sacó de su cartera una botellita de agua y un ejemplar de El País plegado. Todos estábamos ya dispuestos para una hora y media de tortura china.

De repente, aquella voz ronca, trabajada a base de tabaco negro y bourbon de Kentucky se transformó en una golosa parecida a la de Sabina, pero con acento levantino. Nos contó algo sobre la importancia de los fantasmas de la casa, de las ventanas que se abrían sin ton ni son, de esos crujidos y sonidos naturales del hogar, de cómo sufrimos la fiebre del "bricolage", y cómo éste se había convertido en una obsesión por expulsar a los fantasmas de nuestras casas, en vez de entender que las casas estaban vivas y querían compartir su ruina con nosotros. 

Por aquel entonces empecé a escribir "Vagabundos". Luca era el prota, y necesitaba a un mentor, y, en aquella mugrienta clase, tenía al sujeto perfecto. Por eso Ángel González García se convirtió en Maurizio Gondi, de golpe y porrazo.

Luego llegó el peloteo de Zulima -una pija hija de un pintor hippie strange-, de Claudine, y de otras fieras de la escalada libre. De un día a otro, aquellas bestias de la adulación le secuestraban después de las clases para tomar un café con él e intentar secuestrar ciertas calificaciones finales muy pero que muy prometedoras. 

Finalmente un día se acercó a nuestro grupo en la cafetería. Tomó un café con nosotros y luego nos tomó a Ortíz -el número uno de la promoción- y a mi -el genio de la promoción- para ir a tomar algo por Cuatro Caminos. Terminamos en una sidrería y, como era previsible, Ortiz, el arquetipo de juventudes del PP, clavado a Butragueño, rubito, raya a un lado, filete a modo de tupé sobre la frente, dockers de pinza y náuticos marrones degastados, terminó borracho perdido, y perdió, incluso, el abono de transporte; ¡caray! jamás pensé que diría esto, pero tuve que pagarle a un hijo de ricos un sencillo de metro e, incluso, ayudarle a  introducirlo por la ranurita -¿por qué me extrañaría en aquel momento? Ortiz no había metido en su vida... ¡Me refiero a billetes de metro, claro!-. 

Luego yo me largué a Italia. No volví a verle durante mucho mucho tiempo, hasta que, un día, junto a Ria, fui a matricularme de un par de asignaturas y me topé con él en Secretaría de Estudios. Le presenté a Ria y puso la sonrisa etrusca, la máscara, etcétera; recuerdo que le dije: "Ángel, esta es Annamaria, mi novia", y me soltó un "Enhorabuena" muy ácido, casi como el zumo de limón y ahí decidí terminar la conversación. 

Por aquella decepción creo que ha llegado el momento de retomar el capítulo de "Vagabundos" en que Gondi /Ángel González la palma:

"Gondi lo dijo en aquella clase. “Echar el cierre”, “graznido metálico”; pues bien, ahora estaba sucediendo, ahora se estaba echando el cierre, y no en el Salón de Otoño de 1904, sino ahí mismo, en esa escuálida habitación de hospital"


Ángel, tío, como decía la canción de los Psychedelic Furs, "We love you" o, al menos, eso creíamos.



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