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Homo Franchista Signatus

Siempre me ha llamado la atención el ritual que sigue la gente para acercarse a otra gente y presentarse. No quiero escribir un post de sociología. No; sencillamente, el otro día, en un curso de italiano que imparto por las tardes para un matrimonio que se mudará a Verona en abril -rollos laborales, amor por la pasta y la bistecca alla fiorentina, oh sole mio!, etcétera-, les enseñé distintas formas de presentarse y se me ocurrió la idea de este post.

La verdad y entrando en materia, sin más dilación, creo que la mejor y más sincera forma de presentación era la de los gladiadores, judíos, cristianos y todo perro quisqui en el Coliseo romano cuando se abrían las rejas oxidadas y todo era un "entra en la arena y allá tú". Ese "entrar en la arena" era de lo más original, aunque, inevitablemente, siempre acababa mal.

Por ello, hay pocas cosas que me hayan llamado la atención tanto como la forma de romper esa barrera invisible, ese O2 existente entre nuestro "yo" -que habitualmente cometemos el error de evaluarlo como una torre de marfil, intocable, acogedora, inviolable- y el "yo" del otro, que, siempre según el sobrevalorado Sartre, "es el infierno". Y en eso, si me lo permitís, druguitos, son especialistas ciertos animales urbanos de la cotidianidad madrileña: los viejos franquistas. No quiero que toméis el concepto "viejo", en este caso, como un adjetivo, sino como un sustantivo, y "franquista", no como un sustantivo sino como el adjetivo que da color, carácter y matiz a la venerable palabra "viejo". Son especialistas, entre otras cosas, porque consideran que la jungla de esa odiosa capital, les pertenece; ellos se tienen por los depredadores mayores, por la cima de la cadena alimenticia, por los regentes del hábitat y del ecosistema y, por tanto, con la seguridad que les otorga tal distinción, sienten que no son necesarios protocolos para presentarse, que ellos rugen y que el resto de alimañas de la orbe escondan sus cabezas o se atengan a las consecuencias.

Normalmente, y esto me llama la atención también, suelen ir en parejas, hombre-mujer; en este caso, la mujer es sólo un complemento de ropa del hombre, y no tiene ni voz ni voto, sólo tiene que permanecer agarrada del brazo de su marido y, dispone únicamente de permiso para hablar en caso de emergencia para soltar un lacónico "Pepe, déjalo ya..." o, el clásico, "Leopoldo, ¡que te pierdes!". Descripción del pelaje. Los machos de esta especie suelen llevar el pelo -si lo tienen aún- cortado a navaja y, por supuesto, peinado hacia atrás; llevarán bigote recortado y reducido al mínimo común denominador de todo bigote (o sea, el labio superior), hasta que parezca como un gusano peludo tumbado sobre la boca; llevarán, en invierno, abrigos de paño grueso de color verde botella o azul oscuro, sin abertura trasera, y, será en la solapa de éstos, donde se colocarán las joyas de la corona, es decir, un pin de la bandera de España con el pollo a la cazuela sobre un fondo de caldo gualda, o bien, el emblema de ese experimento llamado Legión española, o, en casos más raros -no tanto en las hembras de esta especie-, la insignia del Cristo de Medinaceli. Las hembras, por contra, pasarán en colorines de la navaja y se sumergirán de lleno en el peculiar mundo de las permanentes, como Carmen Polo, cejas pintadas, y, a ser posible, llevarán gafas de sol hasta en la cama, de noche, estilo Blas Piñar o Arias Navarro o, de forma nostálgica, Matías Prats; sus ropajes serán sencillos: abrigo de astracán negro-en invierno y de pelaje inconfundible, extraordinario, único, genial-  en cuya solapa brillará la presencia de el Cristo de Medinaceli o la virgen de la Almudena -no es un elemento iconográfico fijo, establecido... depende del gusto de la hembra-, falda clásica, estilo años 60 (que es el período recordado por esta especie como el de la felicidad franquista imperecedera... De ahí que hoy sus hijos lleven esas pelambreras ridículas, y esos mocasines... elementos de recordatorio de esa época en la que las especies de la parte baja de la pirámide evolutiva trabajaban mucho para que este tipo de gente tuviera mucho ocio... claro), y zapato de tacón grueso y mediano, ni muy alto ni tampoco bajo... tacón franquista, el de toda la vida. En verano, mostrarán predilección por rebecas de hilo, y colores apagados, elegantemente polvorientos y con olor a naftalina.

¿Cómo actúa el "homo franchista signatus"? Entra en un vagón de metro, como si fuera el salón de su casa y, acabara de llegar de su despacho (...esta gente suele tener despacho; o una mesa y una silla en la despensa a la que llaman "despacho"), a media mañana. Es difícil verlos a primerísima hora. No; ellos son una especie instalada en la "buena vida", por ello, evitan madrugar demasiado. Generalmente entran, macho y hembra, juntos, ella colgada del brazo izquierdo de su pareja; él suele hacer su entrada con rostro impasible y desafiante, de esos que llevan impresos en la frente un gigantesco "Cuidadito conmigo, drugos". Se sitúan, presionando, junto a alguien que esté sentado, a ser posible, joven, o de mediana edad, y que esté leyendo, bien el periódico, bien un libro; su presión consiste en tocar con la pierna el periódico o el libro, con la excusa del vaivén del metro, y poco a poco, hinchar las narices a la pobre víctima hasta que se levanta y deja su sitio para que uno de los dos se siente, generalmente, la petarda de la hembra que lo hace, no porque esté cansada, ni porque no pueda con su vida, sino porque pertenece a una casta superior y, porque sentadita, puede examinar mejor a toda las personas de su alrededor, de arriba hacia abajo, con desprecio y chulería española...y ¡olé! En otras ocasiones, la víctima resulta no ser una especie de la parte baja de la pirámide o cadena alimenticia y permanece en su sitio sufriendo esos tocamientos como el león que dormita y siente las picaduras de algún insecto; el macho viejo franquista, entonces, se enfada, al ver frustrado su plan y comienza a poner en marcha su plan b... Alzando su rostro hacia el techo y, con visible aroma de desesperación suelta un volátil pero pesado...

- ¡Qué poca vergüenza!

Al que sigue normalmente un silencio que suele irritar aún más al "homo franchista signatus" y, es entonces, cuando pasa a un...

- Es que ya no hay respeto.

Que recibe, por parte de ese otro animal urbano depredador, el siguiente zarpazo...

- No, señor, lo que no hay son asientos libres...

Y el viejo franquista se incencia, se enerva y...

- Usted es un sinvergüenza.

El crescendo conversacional pasa a una dinámica de guerra y, finalmente, como ya dije, la hembra de la especie tira del brazo y advierte con un "Pepe, déjalo; que te pierdes" del peligro de haber tocado las pelotitas a un animal mayor y, finalmente, en alguna estación -invariablemente de la zona norte o del centro rancio de la capital- se largan como llegaron, o sea, saliendo del salón de su casa para acabar en el despacho, o en Diego de León, Manuel Becerra, Guzmán el Bueno, Avenida de América o lugares de su hábitat comunal.

Bien, quisiera, como en un delicioso ensayo de Darwin, terminar diciendo que no será necesario deshacerme de ellos, tirarlos metidos en alguna bolsa de plástico a ningún vertedero, o, convertidos en fotografías, lanzarlos a ningún río; la naturaleza hace que prevalezca el más fuerte, y, por tanto, esta especie, en vías de extinción, acabará desapareciendo dentro de poco y, como diría Félix Rodríguez... "algún día dejarán de escucharse en las mañanas de transporte público españolas el irritante y sentimental improperio del "homo franchista signatus".

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2 comentarios:

montse dijo...

También puedes identificar estos especímenes porque aprovechan cualquier situación social crítica para manifestar que "con Franco se vivía mejor", etc, etc....

A. V. dijo...

Cierto. Bueno, mujer, es que, objetivamente, "ellos", con Franco, "vivían mucho mejor", ¿no crees? Quizá Franco, como un ancla metafísica encallada en ese monte funesto, junto al Escorial, tira de ellos desde la tumba y, por eso, cada año, ¡quedan menos!

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