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La muerte visita nuestra casa

Para los amantes de los datos biográficos diré que fue en 1986, invierno. Los bisabuelos estaban ya en el disparadero, a punto de ser lanzados a velocidades siderales al infinito; Fabiana tenía 92; Antonio, unos cuantos palos más: 96.

Aún conservamos, en un álbum con olor de adhesivo ochentero, algunas instantáneas en las que un "yo" de dos o tres años, con rockis rojos y camiseta de rayas horizontales, finas, multicolores sobre fondo azul, corte de pelo a lo Platini -¡¡¡Tenía pelo!!!, y, aunque luego cambió de color, era de un castaño claro, tirando a rubio con matices de castaño,... como prefiráis llamarlo - se sentaba sobre las rodillas del abuelo Antonio, ciego y sordo, junto a la abuela Fabiana, en el pequeño salón del piso viejo, con esos colores tan típicos de las Polaroid de la época, tan auténticos, y particulares a la vez. 

Desgraciadamente, ¡y en el año de la ascensión de Maradona a la categoría de "barrilete cósmico"!, o sea, 1986, a la caprichosa figura alta y embozada en una raída capa negra -muy Bergman, lo sé- le dio la ventolera de visitarnos y llevarse a la abuela Fabiana; sin embargo, le dio un chance que normalmente no solía dar a la mayoría de la gente; me explico: la tarde antes de dejar este planeta y lanzarse a los espacios siderales, ella agradeció a mi abuela -su hija- el haber sido una buena hija y, después de cenar se fue a dormir. Murió plácidamente mientras dormía. 

Yo estaba durmiendo en la sala de estar cuando entró mi madre y me despertó.

"Hijo, levántate y ve a dormir a la habitación de los abuelos, que la abuela Fabiana ha muerto". Yo tenía seis años y obedecí. Poco tiempo después comenzaron a llegar algunas personas y me despertó el rumor y los llantos, así que me levanté; me acerqué de puntillas a la puerta ligeramente entornada de mi habitación -que era donde dormían mis bisabuelos- y, lo único que recuerdo, es una maraña de gente y, sobre la cama de mi madre, tendido boca arriba, el cuerpo inerte vestido de negro, de mi bisabuela. Lo que más hondo se me quedó grabado fue la imagen de sus pies en primer plano; pies sin vida, con aquel típico calzado negro que llevaban las ancianas en aquella época, de suela negra. El abuelo Antonio sobrevivió sólo un año a la muerte de Fabiana y, con 96 años, desde Becedillas, el pueblo sobre la estepa abulense a la sombra de Peña Negra, también se liberó de la esclavitud de ese universo y la negra ker, funesta, no lo fue tanto, porque le sirvió de catarsis: dejó de existir como un pobre y viejo mueble y pasó a convertirse en polvo de estrellas, o en la cola de algún cometa, o en deliciosa yerba fresca de primavera. 

Ese verano fui con la abuela al cementerio para ver la tumba del viejo patriarca de la familia y sentí como una inmensa soledad que, con siete años, se quedó incrustada en mi medular, y que, cada cierto tiempo, se hace sentir y no hay nada que la llene.

Ahora, hoy, en estos días, los abuelos dicen que no quieren una sepultura, que prefieren la cremación y eso me sulfura y es como una rata royendo en una pared; ellos aún tienen fuelle para rato pero ya empiezan a pensar en la forma de salir disparados desde su Cabo Cañaveral particular y metafísico al otro universo, y no quiero ni pensarlo. Cremación. No entienden mi necesidad de tener un lugar sobre el mapa donde saber que puedo volver una y otra vez; ellos prefieren el humo, la ceniza, la desaparición total. Es su voluntad, la respeto, pero me hace tanto daño que ni siquiera quiero pensarlo, que prefiero cerrar los ojos fuertemente como aquella noche en que vi a la vetusta Fabiana tendida boca arriba con sus pies inertes y quise borrar esa imagen de golpe, bajando el rostro, cerrando los párpados con fuerza como si fuera una fórmula mágica para hacer desaparecer el entorno, las imágenes.

Supongo que ha llegado la hora de enterrar esa imagen junto al río Corneja, que divide Becedillas en dos,  y quedarme sólo con aquellas polaroid en las que un "yo" de 3 años se sentaba sobre las rodillas del abuelo Antonio, ciego y sordo, en su propio universo hermético, sin salida, y la abuela Fabiana con sus rollizos mofletes sonrientes e hinchados.

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5 comentarios:

montse dijo...

¿Quién debe prepararle la hoja de ruta? Aunque me imagino que nadie debe quejarse si no es puntual a la cita.

A. V. dijo...

Cierto, pero aún así, yo soy egoísta y mi necesidad de tener un punto fijo en el google earth, tener una banderita roja en un atlas y saber que puedo ir una y otra vez allí a estar -aunque sólo sea con los huesos o el polvo de los huesos- con mis seres queridos es muy grande, tanto que ya comienzo a sentir cómo se prepara un agujero dentro de mi, cómo los intestinos y el estómago comienzan a hacer hueco al "gran hueco" que me dejará la imagen de un ataúd entrando en un cosmos de llamas. Soy inevitable y absurdamente materialista, y tonto como ese perro que vuelve a la tumba de su amo una y otra vez.

montse dijo...

La única ubicación importante es el recuerdo. Los cementerios acaban siendo abandonados por un motivo u otro. ¿Tú has estado en la tumba de Curtis? Porque al margen de si la respuesta es sí o no, encuentro que tu manera de rendirle homenaje o recordarlo es la portada de Minimal Shlomo, (aunque admito que puedo estar equivocada).

A. V. dijo...

No he estado en la tumba de Ian Curtis, pero supongo que cuando pensé en Shlomo, me lo imaginé con la misma cara de niño y de circunstancias, perplejo y asustado que Ian Curtis.

En cuanto a los de los cementerios; no puedo remediarlo, Montse, y me resisto a pensar en la cremación, convertirse en algo tan inerte como la ceniza. Soy una marioneta materialista y, supongo, que mi cerebro necesita ciertas referencias geográficas, un lugar físico que poder identificar, y nominar como una mínima reminiscencia de mi familia. Es una tontería, lo sé; pero saber dónde, me permite estar tranquilo. La ceniza es horriblemente nihilista, desesperanzadora.

montse dijo...

Supongo que es como todo. Una cuestión de perspectiva. Pero ese "saber donde" tuyo es una ilusión. No hay nada en ese donde, como tampoco en el sitio en el que pueda uno liberar unas cenizas. Lo que queda es un traje de materia que se deshilacha, la persona que lo vestía ya no está dentro de ese traje, es todo. Ahí es hasta donde llego; si es de otra manera, ya no lo sé.

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