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Véneto

A nadie se le escapa que soy un véneto adoptivo. La verdad es que, cansado del tópico del italiano que habla como un siciliano -o sea, exagerando los acentos-, hoy toca enterrar ese maldito estereotipo; enterrarlo varios cientos de metros bajo tierra, como si se tratara de un refugio antiatómico y cubrirlo con unos cuantos camiones de hormigón. Enterrar esa estúpida idea -para estúpidos que quieren meter todo en un saco para tenerlo todo contro-la-di-to -y revivir, recuperar el delicioso ir y venir de la lengua véneta (venexian) y del friulano (furlan) que sirvieron de hilo musical en mis días de frío alpino udinés y mañanas de silencio veneciano.

Para ello debo decir que los turistas son tontos. Somos tontos. Solemos ser tontos cuando nos ponemos el pullover del perfecto turista, y nos da por clasificar en nuestra estantería virtual a los varios millones de personas de cada país -excepto a los que pueblan el nuestro, porque claro, nosotros, los españoles, somos inclasificables, originalísimos, únicos, salaos,... ¡y olé!- y, de repente, los alemanes son ladrillos con cabellos rubios que les gusta la ingeniería y la cerveza a partes iguales, los franceses son esos listillos insoportables que visten bohemios y sienten la necesidad de ser desagradables, los ingleses son en una misma proporción hooligans y lores que creen que el mundo sólo empezó a existir cuando ellos empezaron a existir..., y, por supuesto, los italianos son esos seres morenos, de pelo engominado, que se lanzan como un banco de pirañas sobre las turistas que están buenorras y hablan de forma exagerada una lengua en la que todo acaba en -i. Me temo que hay malas noticias: quien crea esto -aunque no lo reconozca- es gilipollas; el día de mañana, un alemán podría pensar que un español es una especie de marroquí al que le gusta ir vestido de torero con sombrero cordobés y diciendo por la calle "olé" y sonando unas castañuelas (y, tal vez, no esté muy desencaminado), y no sería demasiado agradable.

Los turistas españoles somos tontos. Vamos a los sitios quejándonos de todo -cuando ni siquiera hicimos el esfuerzo de leer (porque si algo tiene Italia es que casi todo está en cinco lenguas, entre ellas, el español), o de preguntar-, dando tumbos, como bárbaros malhumorados. Tanto es así que el estereotipo del español en Italia es del de un torero de mal humor y con muy malas pulgas. Pero, lo más gracioso, es que cuando volvemos a casa, contamos -como si hubiéramos descubierto América- los topicazos de turno que, en un golpe de benevolencia, podríamos ahorrar a familiares y amigos emplazándoles a buscar en la wikipedia, en google o, en la enciclopedia Océano.  El ejemplo más claro es el de la comida: "¡Ej que en Italia sólo se come pasta! Hemos estado 7 días y a todas horas pizza, joder!". Si hubieran cometido el sacrilegio de leer un poco, en el menú de cada restaurante italiano hay como 2 hojas enteras dedicadas a verduras, otras 2 hojas enteras dedicadas a carne y una y media a pescados; así pasa, que, cuando uno pide una Bistecca alla Fiorentina -un pedazo de chuletón que hay que pedir siempre por gramos para evitar el salvajismo de una pieza de tres kilos-, los turistas españoles de alrededor, entre envidiosos y avergonzados por su paletismo de pizza de champiñones con bacon y mucho pero que mucho tópico, observan, salivando, el festín de un servidor. ¿¡Pero en qué cabecita de cro-magnon cabe pensar que, en un país que tiene vacas para parar un tren, cerdos a mansalva, una región tan verde y tan horto-frutícola como el Tri Véneto, sólo tiene para comer pasta!? En fin, tabula rasa.

En ese universo de turisteo que es Venecia, este servidor pasó muchas mañanas de campiello en campiello -campiello=pequeña plaza-, de campo en campo -campo=plaza-, de sestier en sestier -sestier=barrio-, casi sin pisar San Marco, o Rialto, o la zona de Cannareggio, hasta las trancas de hormigueo guiri.

Es en esos capilares mínimos, silenciosos, de Dorsoduro, de Castello, donde se percibe la deliciosa música del veneciano en boca de ancianas, de viejos que toman su vasito de vino en la terraza de algún campiello, de los comerciantes de los distintos puestecillos de los mercados abiertos. Una música inconfundible, única, tan distinta a toda esa amalgama de acentos y dialectos regionales de otras zonas de Italia; no es esa jerga chulesca de Milán, ni ese paletismo salivar de Bergamo, ni el acento exagerado de Bologna y alrededores, o el graciosismo pegajoso de Roma, ni el artificioso y musical napolitano, o el histriónico siciliano. El veneciano es, en si mismo, un tesoro de la humanidad, porque es la lengua de la Serenissima, de la ciudad estado que controló el Mediterráneo hasta el siglo XVII, y, escucharlo es como tener a Casanova, a Goldoni, a Marco Polo junto a ti, en palabra, en verbo defectuosamente perfecto y ligeramente borracho.


Escuchad el siguiente audio, donde podréis diferenciar el italiano del mensaje por defecto del contestador y el véneto del pobre hombre que se desgañita dejando algunas perlas para la posteridad.



Porque, vamos a ver, ¿de qué estamos hablando cuando nos referimos a Venecia? ¿De esas fotos gilipollas y petit burgois sobre la profundidad del corazón en Rialto o El Puente de los Suspiros? ¿De "la ciudad del amor"? ¡No! ¡Claro que no! Hablamos de una experiencia tridimensional y arquitectónica total; de disfrutar del silencio de sus sombrías calles, roto por el clac clac de zapatos lejanos; estamos hablando de colgar el paraguas y el chubasquero hortera de turisteo y sumergirnos entre las venas de Dorsoduro, toparnos con San Trovaso y su mínimo campiello -donde aún los niños juegan al fútbol con la sencillez de Platini- y, algún que otro despistado se cita con fantasmas del pasado con rostro contrariado; hablamos de una tranquilidad casi mística que no se puede encontrar ni siquiera en un desierto.

Y, sin embargo, véneto son muchos vénetos; está el véneto que uno descubre entre las callejuelas bizantinoides de Venexia; y también encontramos mucho véneto en Treviso, donde Tiziano disfrutaba del viejo unodós-unodós con doncellas autóctonas; véneto es el ajedrez humano de Conegliano y, véneta es esa fauna de pijos infumables de Verona; véneto es el silencio roto por campanadas de la Piazza dei Signori de Vicenza; véneto también es el susurro glup glup del triste río Noncello, Pordenone; y véneto es el barbarismo friulano, desde las altas cumbres heladas y rosas de la Carnia hasta el ambiente melancólico de la Via Mercato Vecchio de Udine. Véneta es esta nostalgia que me visita de tarde en tarde y me deja seco y me besa con agua o caffé liscio y me recuerda otra vida entre los Alpes y el Adriático, donde todo quedaba a una hora y el verde verde verde de la llanura véneta estaba a medio metro del cielo.

Este post va de enterrar los tópicos, de abrir una fosa gigante en la tierra y echar tierra sobre todos nuestros estereotipos y categorías -que utilizamos desde un profundo complejo-, olvidarlos y concentrarnos en conocer y descubrir. A fin de cuentas, ¿qué sería la existencia si la redujéramos en su totalidad a categorías kantianas? Enviemos a Kant muy muy lejos y deshagámonos de ese saco virtual donde metemos de todo sin preguntarnos antes "¿qué podrá ser?".

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2 comentarios:

montse dijo...

Me ha encantado. Consigues meternos en el escenario. Qué pena que no describas Florencia, no sé donde leí que era la cuna del arte.

A. V. dijo...

Hola Montse, mi novela Vagabundos está totalmente ambientada en Florencia. Además, hay dos entradas tituladas "Savonarola" y "Orsanmichele" que tratan de Florencia.

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