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Una maldición o el valor de una profecía

Era una mañana de abril. Madrid, como de costumbre por esas fechas, se había despertado repleta de legañas y  los frutos viscosos de las miles de acacias esparcidos en pegajosa mezcolanza por las aceras de la ciudad. Yo había quedado con una amiga y habíamos decidido ir al Retiro a pasear y comprar algún librillo en Moyano -¿realmente pensábamos encontrar chollos en esa maldita cuesta? Las vacas flacas habían pasado y aquellos libreros eran como la yet de ese rollo cool de la compra de libros de segunda mano (luego llegó otra mano, www.iberlibro.com , y con ella el ¡pafff! genial y estridente de un bofetón económico, de esos que dejan grogui). 

Compré un volumen de Sábato a, tan sólo, 50 pesetas más barato de su precio en el FNAC; el "Diccionario del Diablo" de Bierce -tres cuartos de lo mismo- y "El ojo y la percepción visual" de Gombrich. Ella se decantó por un poemario de franceses bohemios y beatniks contemporáneos, un ladrillo de Rosa Montero y un monográfico sobre Capa. Recuerdo que nos dirigimos en silencio hacia la entrada cercana al Parque y, al rato, dijimos, casi simultáneamente: "¡Joder, vaya clavada!". Y reímos un rato. Le conté una anécdota de Sergio -un camarada y novelista, como yo, aunque en mejor forma- y la dueña de una de las casetas de Moyano; seguimos riendo y, sin darnos cuenta, estábamos ya junto al palacio de cristal, hortera, asquerosamente "Nouveau" y con niños correteando de aquí para allá. En un puestecillo cercano compramos una Pepsi -¡uuuhhh, sacrilegio, sacrilegio!- y caminamos rodeando el estanque. Nos sentamos junto a la tarta monumental rodeada por esa mini copia o plagio de la columnata de Bernini, pero en plan estuco y tal, al otro lado de esas aguas negrísimas y profundas, morada de monstruos dignos de algún que otro film espacial de los ochenta. Allí, la jauría de "jóvenes de grandes perspectivas" -o sea: chicas con pantalones púrpuras, camisetas panaderas amplias y desteñidas, marteens amarillas, y cortes de pelo estilo "Llongueras tiene un mal día"; chicos rastafaris y punks (o intentos de punk) amantes de todas las causas "mejores" del mundo a las que, obviamente, el resto de los mortales, no podríamos nunca aspirar a defender, claro- se decantaron por la percusión en vez de recitar a Sartre o a Marx, y, debo decirlo, fue fatal: nos echaron; no, es mentira: nos fuimos nosotros antes de que el primitivismo eclosionara y se convirtiera en fantástico festival de neuronas desperdiciadas como confeti.

Seguimos rodeando el estanque -por llamarlo de una forma, claro; porque en aquellas fechas, eso era un cúmulo de aguas fecales, basura y siluros de tres metros, sin atreverme a aventurar la proporción de cada uno de estos tres elementos-, y llegamos a una terraza cerca de la entrada de Alcalá. Bien, pedimos un café cada uno. 

Charlábamos de todo un poco y apareció una gitana con romero e intentó tomar mi mano. Yo reaccioné apartando la mano y diciéndole que no debería interrumpir una conversación privada. Entonces sucedió. Apuntándome con la rama de romero -le avisé que tuviera cuidado no fuera que se disparase- me dedicó una profecía y una maldición; no reproduciré sus palabras exactas pero, más o menos, vino a decirme que en menos de dos semanas la policía me detendría a mi y a toda mi familia y que tuviera cuidado porque en el plazo de un mes me pasaría algo muy malo. Le dije que había estado magnífica recitando así de bien a Shakespeare y le invité a largarse. 

Retomé la conversación con mi amiga y sentí que la atmósfera estaba enrarecida. La fama de las maldiciones gitanas era colosal. Yo la tranquilicé y le dije que no pasaría nada. Pagué los cafés y nos largamos cada uno a su casa, justo para llegar a la hora de comer. 

Pasé, como habréis adivinado, aquellas dos semanas un poco afectado, a pesar de que la máscara y la fachada eran imponentes, fantásticas, realmente de fenómenos. Pero este druguito, por las tardes, mientras estudiaba, se sumía en increíbles imaginaciones, donde policías surgidos del mismo infierno me llevaban en mitad de la noche entre gritos y tal, para marcarme en comisaría como a Espartaco, o sea, como a una res.

Tres semanas más tarde, como en la facultad tenía, a veces, espacios de 3 o 4 horas entre las clases del mediodía y la tarde -¡cosas de la secretaría de estudios y las matrículas!- decidí ir a comerme un bocadillo al Retiro. ¿Sabéis qué sucedió? Volví a ver a la misma gitana. Ella me miró y me hizo un gesto - ¿mal de ojo? No creo, "mal de la cara de ajo"... sí- al que yo respondí con el típico dedo medio desafiante. Ella siguió caminando como si nada y... ¡zas!¡Golpe del destino! Un par de pitufillos le dieron el alto y, después de cinco minutos de "esto y aquello" se la llevaron detenida. Conclusión: aquel día debió de cortocircuitarse su sofisticado sistema de visión de futuro. ¡Cosas de la vida!

Sin embargo, me he quedado calvo, y eso es, en términos generales, lo peor que se puede decir de mi. Por tanto, creo que, en esta espléndida mañana de sol, debemos ser optimistas: metamos la superstición y todos los métodos posibles para conectarse con el futuro en una inmensa cápsula de acero -con forma de melón o huevo de avestruz- que cerraremos herméticamente y que lanzaremos al fondo más negro de las profundidades del Estanque del Retiro, que, si siguen a este ritmo, algún día, se convertirán en dignas competidoras de la Fosa de las Marianas. 

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2 comentarios:

Joaquín Martínez Mamerí dijo...

Bueno, yo diría más bien que el futuro lo estabas viendo en aquel estanque del Retiro. Muy buen relato.

A. V. dijo...

Cierto, Joaquín. Un futuro negro, cenagoso y con muchos muchos muchos depredadores por encima de mí en la cadena alimenticia...

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