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Aquella noche en Toledo...

Hay un fantasma -¡¡¡otro!!!- que me persigue desde el 2000. No, no es el fantasma del efecto 2000, ni tampoco una especie de virus informático que me llegó al alma. Es un fantasma literario. Es inofensivo, pero aún me mira con sus glasos de muñeca y, cada día que pasa, parece como si le debiera algo. 

A finales del mes de Febrero del 2000 planeé junto a Sergio Moreno, un gran escritor y director de cine independiente que estudiaba conmigo Hª del Hambre, una escapadita de fin de semana. Después de alguna clase infumable -seguramente, Técnicas Artísticas II, con aquella profesora simbiosis capilar y vocal de Hendrix y Ramoncín-, nos sacamos de la manga el mapa mental de las ciudades de los alrededores. Si hubiéramos estado en Suiza, seguramente nos hubiésemos decantado por alguna visitilla a München, Viena, Venezia, Niza o alguna joya centroeuropea; pero no, drugos, estábamos en aquella Madrid insoportable -con la autopista directa al cielo, según el slogan de la derecha de olor rancio, americanas cruzadas del opus y mocasines de pies olorosos-, donde el asfalto y los nuevos edificios se alternaban con calzadas y edificios no tan nuevos, y lo más antiguo que uno podía encontrar era la Plaza Mayor con sus chapiteles terriblemente inquisitoriales, el Paseo del Prado y el museo made in Villanueva y the new Borbon age, o el Palacio Real -copia del Palazzo Reale di Caserta, Napoli, Italia, Europa-; las opciones, interesantes, en cualquier caso, eran Segovia, Ávila, Salamanca, Cuenca o Toledo. Nos decantamos por ésta última. Un día después, nos volvimos a sentar a tomar un café en aquella cueva grasienta de la facultad y decidimos reservar habitación en el Castillo de San Servando, albergue de estudiantes para bolsillos más o menos vacíos, y, la verdad, fue realmente una decisión de fenómenos. A la escapadita se nos unirían el bueno de Pablito -un chaval que estaba estudiando el tinglado artístico momentáneamente, porque, lo que realmente quería hacer era otra cosa (como el 90% de los que estudiábamos aquello), que era Educación Física-, David -y su cuelgue natural- y Nadia -bailarina, roja, sentimental-. Sin embargo, el planning era curioso: Sergio y yo iríamos ese mismo viernes y ellos se nos unirían a la mañana siguiente.

Aquel día, después de las clases, fuimos los dos desde la facultad hasta Chamartín, donde nos subimos al estómago de la serpiente de metal que nos llevaría hasta Toledo. La verdad es que disfrutamos del viaje en tren charlando de lo que más nos gustaba: cine y literatura, o sea, cine y Cortázar -porque, drugos hermanos, en aquellos tiempos, la literatura sólo podía ser Cortázar, Umbral y Sábato y, muy de tarde en tarde, Faulkner, Melville o Chesterton-. No habíamos llegado aún a Aranjuez cuando se nos ocurrió la idea, en realidad, se le ocurrió la idea a él, de escribir un relato juntos: una historia, dos personajes; ¿pero qué historia? ¿qué trama? ¿qué desenlace? Lo decidiríamos en el hotel, de noche, como buenos prosélitos del romanticismo byroniano y, para ello, deberíamos comprar velas; nada de escribir a la luz de una vulgar lámpara de mala muerte. 

Llegamos a eso de las 14 horas. Subimos hacia el albergue, que quedaba escorado ligeramente a la izquierda de la estación de tren y a este lado del Tajo, justo frente a la ciudadela de Toledo. Dejamos nuestras cosas en el castillo; nuestra habitación era realmente magnífica, con su ventana abocinada, cuatro literas y un escritorio, y paredes de piedra encaladas -esos crímenes se siguen cometiendo con total impunidad; visitad la basílica de Bonilla de la Sierra, donde un restaurador chorizo robó los pilares de la nave central (tenía tres naves y, de golpe y porrazo, la villa se despertó con una iglesia que parecía un ático diáfano de New York City, en el que sólo faltaba, junto al coro, un micrófono y un Sinatra con tres goodfellas detrás cantando "New York, New York")-. Salimos a dar una vuelta por la ciudad y a comer algo. Comimos -que no fue poco encontrar un lugar medianamente coherente (o sea, sin "menú turista")- y metimos energía a nuestros cables y caminamos por las callejuelas, arriba y abajo, disfrutando del ladrillo medieval, del empedrado y de alguna que otra banderita roja y negra -no de la CNT, ¡que os conozco!, sino del yugo, las flechas y ese compromiso con la destrucción (católica, eso sí) del mundo- y mucha mucha mucha propaganda de Carlos V. "Alguien debería darle a esta gente la mala noticia", dije a Sergio; "¿qué noticia?", respondió con ojos abiertos de par en par; "Que Carlos I de las Españas y V de algunos teutones la ha palmado". Reímos. Fue una tarde de fenómenos. 

Entramos en una sala de cine de la tierra para ver si los filmes eran iguales que en la capital. Elegimos realmente bien, porque se trataba de un bodrio cómico USA anticlerical de cojones y, no habían pasado ni 10 minutos desde los títulos de crédito, cuando comenzaron a sentirse los clásicos de la zona: "¡Por favor!", "¡Qué poca vergüenza!", "¡¿Y para esto he pagado?!", y es que sucede, ¡oh, hermanitos míos!, que estos dos drugos vuestros fueron a caer a un cine repleto de quintos del 42, y nosotros éramos los únicos menores de 50 que allí dentro se habían refugiado del imperialismo toledano insoportable. Aún así, nos divertimos bastante, como habréis supuesto ya.

A eso de las ocho menos cuarto entramos en un paraíso de todo a 100. Compramos un par de velas y en un supermercado cercano, pagamos lo necesario para construirnos un par de buenos sandwiches en la habitación y regresamos al hotel.

Cuando hubimos terminado de cenar encendimos las velas, tomamos nuestros cuadernos y comenzamos a tramar, a conspirar judeomasónicamente -que mola más y es más divertido, para qué engañarnos- y, de repente nacieron los dos personajes: Timoteo de Wessex (el mío, tomando el nombre del patriarca mítico de mi familia) y Horacio (el suyo, aunque no estoy seguro, no recuerdo exactamente si ese era el nombre de su personaje); un dandy inglés y un bohemio hispano "valleinclanoide", cuya amistad vendría de tiempos inmemoriales, casi casi, desde las invasiones bárbaras -poco más o menos-; la historia surgió de forma natural, o sea, como suelen empezar estas cosas: dos tipos llegan a Toledo, se encuentran después de muchos años; algo se traen entre manos, algo que no quedará resuelto hasta que estén en la habitación de su hotel, que será un castillo como era el nuestro, y pensarán en robar una obra de arte emblemática de Toledo, "El entierro del Conde de Orgaz"; en la habitación, la noche antes del robo, Horacio, que es el erudito en arte, señala a la sexta persona comenzando por la izquierda del cuadro, y le comenta a Timoteo que se trata de la muerte, que el Greco logró capturarla; esa misma noche Timoteo la palmará en la cama al visitarle una extraña figura mientras duermen -obviamente, la figura será la del cuadro del Greco- y, claro, los planes del robo se vienen un poco a pique. 

Lo estábamos pasando realmente bien imaginando y elucubrando sobre todas estas cosas cuando, de repente, alguién hincó sus nudillos de forma canalla sobre la puerta. Sergio y yo nos miramos; las velas se movían de fenómenos y apagué el cigarrillo. Me acerqué a la puerta, quité el pestillo y entreabrí para ver quién era. Un chaval de apenas 20 años, con acento argentino, me dijo que le habían dado una litera en esa habitación pero que no había podido abrir la puerta porque estaba el seguro echado por dentro. Le invité a pasar, su rostro fue un poema: una habitación en penumbra, unas velas encendidas daban formas siniestras y opacas, danzarinas, a aquella estancia, en la que un tipo con barba de tres días y tirabuzones traviesos mordisqueando la parte trasera de un bolígrafo y otro vestido de negro riguroso y postpunk llevaban a cabo "extrañas elucubraciones", conspiraban judeomasónicamente -¿lo veis? ¿veis cómo quedaba mucho mejor el término?-. Le aseguré que terminaríamos en breve. Así que seguimos a lo nuestro como si nada, mientras que aquel cheloveco se embutía en su pijama y se metía en su litera para, primero dormir con ojo avizor -por lo que pudiera pasar durante la noche- y después a ronquido limpio. Siempre recordaré de aquella noche a Sergio quejándose de los ronquidos de hipopótamo de la jungla de aquel tipo. 

Al día siguiente nos despertamos serios. Se duchó primero él; luego yo. Fuimos a desayunar, y, de ahí a la entrada del hotel donde habíamos quedado con Nadia, Pablo y David. La verdad es que aquel segundo día, tanto Sergio como yo, nos buscábamos el uno al otro y no parábamos de partirnos el pecho por las esquinas, por los rincones de aquella ciudad, recordando a los viejos franquistas del cine, al argentino que llegaba y se topaba con una conspiración. Casi ni nos enteramos de que los otros chavalcos de sonrisita caballuna estaban con nosotros; pero es que eran un gran gran gran tostón, y sólo hablaban de cosas aburridísimas como el futuro o el sentido general de la existencia humana. La verdad, sin más novedad que la de una versión de Sergio memorable y de un druguito vuestro disfrutando por primera vez en muchos meses, aquel día transcurrió sin pena ni gloria. A excepción del golpe de gracia final, el que nos reservaba el destino, el travieso destino de dos chavales de 20 añitos; regresamos al hotel y quedamos en vernos en la habitación de los otros a las 23 horas para jugar a las cartas y tal; bien, estábamos en nuestra celda cuando se abre la puerta al más puro estilo Drácula años setenta, y aparece... puntos suspensivos... más puntos suspensivos... ¡un japonés! Como estábamos a punto de irnos, le dijimos qué litera era la suya, y, delante de él, nos encomendamos a Nietzsche, a Cioran y a todos los escépticos para que no nos robara; poco a poco, nos acercábamos hacia la puerta y el japonés nos preguntaba más y más cosas, así que Sergio me susurró "¡este tío es un plomo, macho!... y mi inglés es... en fin...". "No te preocupes", le respondí. 

- In a half and hour we will return, okeio? -le dije al ronin.
- Ok.

Alcé la mano en gesto de salutación y bendición -por qué no decirlo- y él respondió de igual manera desde el centro de la habitación. Dije "bye" y el correspondió con otro "bye", y acto seguido, mi mano izquierda pulsó el interruptor de la luz, dejándole sumido en la oscuridad, con su imponente brazo japonés en alto.

Pocas veces, o ninguna he pasado riendo una noche entera hasta el amanecer; nos metimos cada uno en su litera y no pudimos parar de reír recordando al japo, a los viejos franquistas, las caras de "¿qué les pasa a estos dos?" de Nadia y cia, y al argentino que creyó haber acudido a una reunión clandestina de alguna secta satánica.

Regresamos a la jungla de asfalto, perdón, al desierto de asfalto, y escribimos nuestros relatos, nos los intercambiamos. Y disfrutamos de ellos. La verdad. Pero esa figura, la sexta empezando por la izquierda, continúa mirándome de vez en cuando, algunas noches, como si quisiera que le escribiera algo más; pero creo que jamás podré hacerlo, no sin Sergio; de igual manera que, he regresado otras veces a Toledo, pero no he disfrutado igual, no ha sido la misma experiencia; supongo que es como dijo Gertrude Stein, "allí no había allí", o sea, que lo que hay aquí no será lo que haya aquí, ni lo que hubo aquí... O, en terminología cheli, lo pasado... pasado. 

Bien, llegó el momento de la despedida. ¿Qué podemos hacer para despedirnos de esa figura? ¡Ya lo tengo! Vamos a sacarla del cuadro, la situaremos en la misma habitación del Hotel -Castillo de San Servando y, con un "BYE" cósmico, apagaremos la luz. 



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