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El otro

"Es tan difícil verse a uno mismo como mirar para atrás sin volverse."
Henry David Thoreau.

A lo largo de mi corta y tediosa vida, han sido pocos, por no decir unos cuantos, los días que han transcurrido o que he vivido sin oír el tópico vacío, superficial, inocuo del "conócete a ti mismo". Lo oí por vez primera de los labios de un profesor de secundaria, un buen hombre que quería domesticar un rebaño de bestias; en aquel momento pensé "ese Oráculo de Delfos debía de ser un buen lugar para que un salvaje como yo entrara echando espumarajos por la boca y saliera hecho y derecho, todo un figurín". 

Después fue la moda de la profundidad del alma, del sentimentalismo puro y duro -del que parecía que se había ocupado la vieja Jane en su "Sense & Sensibility"-, y toda aquella amalgama de gente que para parecer cultos soltaban en programas de tv o en diálogos de pelis de medio pelo para tarugos cosas como "si miras en tu interior..." o "tienes que ser tú mismo". Y, aunque no lo desaprobaba del todo, había algo que chirriaba, algo que era como la pieza en L del Tetris cuando necesitabas la T.

Ángel González García, premio nacional de ensayo 2001, lo zanjó satisfactoriamente en una clase magistral sobre el expresionismo alemán y, concretamente, sus wilden empeñados en la pintura del espíritu:

 "¿Cómo conoce uno a uno mismo? ¿Acaso somos reversibles, podemos volver nuestra cabeza del revés e introducirnos dentro del tórax? Pero sucede que ahí hay poco espacio para otro "uno"; hay demasiados órganos, demasiadas venas y arterias, podríamos dañar algo sin querer. El problema es que normalmente en las épocas donde las preocupaciones se mueven en el ámbito de la estética el hombre suele ser de naturaleza espiritual; y en las épocas donde no se habla de otra cosa que del espíritu, de la profundidad del alma y todas esas chorradas de poetisas de quince años, nos topamos con sociedades terroríficamente superficiales. Y es que hoy en día, se ponderan las bondades de ser culto y no la cultura". 

Debo reconocer que aquello me satisfizo sobremanera porque expresó a la perfección lo que siempre había querido decir. Poco después sería el clarividente Thoreau el que dejaría todo en manos de un simple gesto transcrito. ¿Cómo conocerse a uno mismo? ¿Qué tonterías son esas de ser uno mismo? ¿Acaso hace cinco minutos yo no era yo? ¿Acaso Álvaro ya no conoce a Álvaro? ¿Cómo debería presentar a mis dos "yoes": un regio "Álvaro, es para mi un placer y una satisfacción y me llena de orgullo presentarte a Álvaro", o bien, un coloquial y más normaloide "Yo, este es Yo; Yo, este otro también es Yo"? Sería un lío. Pensadlo. Pensadlo bien; esas filosoferías del tres al cuarto son estupideces tan grandes como decir que la luna es un queso de roquefort y Marte es un queso de gorgonzola, o que los niños vienen de París, o que si no te duermes antes de las 12 vendrá el coco o la bruja Piruja. No. Seamos serios. Yo jamás conocerá a Yo; y no creo que mi madre tenga escondida a una "madre (bis)" por ahí, en sus adentros; tampoco pienso que Javi pueda esconder a otro Javi, aunque por la cantidad de comida que ingiere podría decirse que come por dos. No, no, no. Lo del Oráculo de Delfos fue el primer eslogan publicitario, piscoso y deliberadamente superficial de la historia. 

Por eso, voy a tomar en un cesto gigante todos esos programas de tv que mi memoria haya guardado donde algún soplagaitas dijera el tópico en cuestión, todos los poemas "profundísimos" (¿debo advertir que lo digo con segundas?) que adolescentes pedo (y alguna que otra poetisa sáfica con tendencias a incluir la desvirtuada y totalmente prescindible palabra "alma" cada dos versos) de todo el mundo hayan escrito hasta la fecha para ponderar la profundidad del corazón, lanzar una cerilla dentro y dejar que arda. 

No me siento cómodo pensando que hay otro Álvaro dentro de mi (y que D-os me libre de un diagnóstico de personalidad múltiple: no quisiera tener que dar un banquete entre mi hígado y mi pulmón derecho para presentarme ante unos posibles "varios Álvaros").





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10 comentarios:

Lorenzo Garrido dijo...

La respuesta de Ángel González es claramente materialista, en el sentido de que hace alusión a la materia. Estupendo artículo. Tiene no poco que ver con un cuento mío titulado 'El hombre increíble'. Este es un tema que a mí mi interesa sobremanera. Un saludo de domingo por la mañana.

Lorenzo Garrido dijo...

Olvidé decir que no estaba de acuerdo ni con tus conclusiones ni con las del señor Ángel. Pero ese es otro cantar. Quizá lo fundamental sea que tu artículo es 'materialmente' muy bueno.

A. V. dijo...

Hola Lorenzo/J...! Gracias por tus comentarios. Efectivamente enfoco esto desde un punto de vista materialista. De hecho, las dos tendencias, la materialista y la dualista (Descartes, por ejemplo) se han enfrentado desde hace siglos, hasta que, en 1949 los materialistas nos apuntamos un punto al concluir Gilbert Ray que la teoría del dualismo estaba obsoleta al ser como un "espectro en la máquina".

Yo no estoy en contra de lo espiritual; es sólo que hoy en día, lo verdaderamente espiritual ha desaparecido y han aflorado como champiñones los típicos libros y programas de "conócete a ti mismo", "conoce tu yo interior". Es más, creo, y me tengo, por una persona muy espiritual; de hecho, quienes me conocen, podrían confirmarlo.

Soy materialista con lo que flota en la superficie, no con lo que hay en el fondo. Pero, a pesar de todo eso, no creo que dentro de mi haya otro Álvaro, y, te puedo asegurar, que el que escribió el artículo fui yo y quien está escribiendo esto ahora soy yo. Ni más ni menos. Soy un espiritualista de la materia.

A. V. dijo...

Ah, olvidé comentar algo. Normalmente, se presupone que las personas que enfocamos este asunto de una forma materialista, no comprendemos ni estamos al tanto ni sabemos ni papa de lo espiritual. Malas noticias: no es cierto. ¿Qué podemos decir a todos esos espiritualistas que creen que un viaje a India a Nepal a Tibet o a las islas de Papua Nueva Guinea les va a cambiar la vida, les va a otorgar un calado espiritual superior? En realidad, sólo lo hacen por su propio ego, su verdadero "otro yo", su "otro" -que es del que hablo realmente en esta entrada-, su "satán" -palabra que no significa "hombre rojo con rabo terminado en punta", sino "el otro"-, el "otro yo" que tira de ellos hacia lo instintivo, y, en su caso, el egoísmo, el deseo de ser envidiados, de poder plantarse en reuniones, en vagones de metro atestados de gente y proclamar -por descuido, jejeje- que han estado aquí o allá, demostrar su "espiritualidad", porque, antropológicamente, si hay algo que no ha cambiado en nuestras sociedades es el puesto preminente, principal que tienen los "seres espirituales" en el escalafón social, desde el chamán neolítico hasta los sofisticados sacerdotes televisivos americanos.

El único "otro yo" en el que creo, es en "el satán", que es nuestro "otro yo" o, mejor, la otra parte de nosotros o de nuestro yo principal que tira, de vez en cuando de la correa con la que sujeta nuestro cuello, y nos induce a satisfacer nuestro instinto.

Aún así, reconozco la existencia de personas realmente espirituales, y normalmente, no suelen hablar ni del espíritu ni de esa palabra gigantísima y muy devaluada gracias a canciones ñoñas, ya sabes, "alma".

Lorenzo Garrido dijo...

Hay personas que viajan a los monasterios del Tíbet no para contarlo luego, como quien no quiere la cosa, en los metros de Madrid, sino por afinidad de ideas o deseo de trascendencia. Luego no alardean de ello, ni pretenden dar a conocer al mundo que ellos sí que han estado en Tíbet. Los materialistas son buena gente, yo soy en algunos aspectos materialistas, en otros no tanto. Lo malo es pasarse de la raya, hay materialistas materialistas que son a mi juicio insoportables, como también hay espiritualistas que no hay "Satán" que aguante.

montse dijo...

Me ha gustado este artículo. Creo que lo más probable es que la gente que verdaderamente haya tenido alguna experiencia trascendental o algo parecido se la calle. Primero, porque ni ella misma debe acabar de entender lo que le ha sucedido y por tanto nadie va a entender lo que pueda explicar al respecto, y segundo porque me imagino que pasar por eso te debe llevar a analizarte constantemente, y si uno es sincero con esa especie de auto-análisis sabe que tiene muy poco bueno que ofrecer a nadie. Puedes pasarte toda la vida buscando respuesta a eso y no la vas a encontrar en ningún sitio. Y creo que se puede ser espiritual en momentos determinados, pero eso no nos hace mejor personas, porque es muy difícil mantener esa actitud o postura de forma constante.

A. V. dijo...

Estoy de acuerdo con los dos. Sin embargo, en el subconsciente colectivo se asocia a los materialistas la categoría de "malos" y a los espirituales se aplica la medalla moral de "buenos" y, eso, creo que no es de recibo. Ser materialista hasta las últimas consecuencias no significa ser capitalista -que es lo que se cree hoy por hoy; el materialismo es anterior al capitalismo; es como aquel estúpido rumor de que Nietzsche, Wagner o Spengler eran nazis, cuando sus obras fueron anteriores al tinglado del paso de oca-; ser materialista hasta las últimas consecuencias es ser, ante todo, hedonista -que tampoco significa entregarse a orgías y gangbangs de aquí te espero por mí sí y por mí también-. Ángel, dentro de esas palabras es terriblemente espiritual, si lo piensas bien, Lorenzo; él habla de meterse dentro, de entrar dentro de nosotros como quien entra en una sucursal bancaria y las dificultades para estar cómodo entre tanto órgano, pero, ojo, eso es simplemente lo que flota, en realidad, se trata de un discurso sobre un texto de Kandinsky ("Über das Geistige in der Kunst" -"Sobre lo espiritual en la pintura"), sobre las estructuras y maquinaciones espirales expresionistas; lo que quiere decir Ángel es, exactamente, lo que he dicho en mi comentario anterior y lo que ha dicho Montse: ojo, el hombre espiritual no habla de espíritu, no habla de alma, de igual manera que el hombre santo no es el que hace milagros, sino el sabio, el que tiene sabiduría para discernir entre lo bueno y lo malo.

No me tengas por un enfermo materialista, "Jo"; en realidad soy un espiritualista que busca pruebas materiales, si lo quieres ver de otra manera.

montse dijo...

Pues cuando encuentres alguna, compártela, plis.

Lorenzo Garrido dijo...

Que yo no he dicho que seas un capitalista materialista, ni nada de eso. Te tengo por un buen escritor con derecho a opinar sobre lo que sea, como todo el mundo. Como ya dije antes: yo también soy materialista para algunas cosas, para otras no tanto. Supongo que a ti te ocurre lo mismo. Un saludo.

A. V. dijo...

No, no, J., no he dicho eso; quería decir que hoy por hoy, se asimila el materialismo al capitalismo, como una tendencia inconsciente; no quería decir que me hayas llamado capitalista. Era un simple ejemplo de cómo el término "materialismo" ha tenido un devenir bastante desafortunado, al igual que Wagner, Nietzsche o Spengler.

Una prueba material de espiritualidad: el "grial verdadero", que era el que buscó Otto Rahn y se custodia en la región de Madrash, India, y que consiste en trozo de meteorito de extrañas características, no sólo físicas sino también taumatúrgicas. He ahí un ejemplo material de espiritualidad latente. Otro ejemplo: el agua; científicos israelíes y japoneses han descubierto que recitando ciertos pasajes de la Torah junto a muestras de H2O ésta, modifica sus propiedades de absorción de la luz; si pensamos que somos en un 80% agua, no es de extrañar que cuando alguien cae enfermo y se recita la tefilá ésta tenga efectos paliativos e, incluso, modificadores; no tengáis la tentación de asociarlo a placebo, porque esa es una teoría distinta; esto es más primitivo, más... ¿cómo llamarlo? ¿chamánico?

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