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Burocracia

Un documento. Un simple documento a rellenar. Nombre, apellidos, N.I.F., dirección, teléfono de contacto 1, teléfono de contacto 2, firma al dorso, etcétera. Simple, ¿verdad? No tanto. Quiero decir, es sencillo el primer capítulo, es decir, rellenar y escribir las palabrejas que quieren que escribas; lo complicado viene luego. Plazos, citaciones, a tal hora en tal dirección en tal planta en tal ventanilla, "y, por favor, no olvide una fotocopia del DNI y un par de fotografías tamaño carnet". Es algo superior a mí; me pasa por encima como un tsunami y, a lo largo de esta treintena de aniversarios he sido volteado más de una vez por esta suerte de oleajes. 

Supongo que todo tiene un principio y, quizá se deba a que, en mi infancia, observaba con perplejidad y asombro cómo mi madre y mis abuelos hablaban durante las comidas y cenas (y en las post-comidas y post-cenas, que no penséis que todo terminaba con una buena naranja, un yogurt o un postre frugal) de tal o cual documento, de los trámites para esto o aquello, de la sucursal de No-sé-qué, de la ventanilla No-sé-cuál y todo lo que había digerido parecía combustionar en mi estómago, o hacerse un nudo. Claro, yo tenía ocho, nueve o diez años y no entendía de esas cosas. Pero, como todo en esta vida, en mi camino también estaba planeado y escrito que debería toparme con impresos, documentos, legalismos. Así que, cuando terminé la onírica experiencia del instituto y pasé a la Universidad, enseguida me fui a topar con las palabras mayores: rectorado y vicerrectorado, sobre número 4 humanidades "D", tasas, pasta, transferencia. Al llegar a casa, después de recoger toda esa documentación muda y en blanco, como aquellos mapas físicos a rellenar que teníamos en las clases de geografía de ese remanso de paz que era la escuela elemental, y con la sensación de haberme tragado un ácido, o un frasco entero de ácidos, o un carguero catarí hasta arriba de ácidos, abrí aquel sobre disponiendo en la mesa de centro del salón de casa toda aquella amalgama de papeles de distintos formatos, medidas, colores. El A4 era para las asignaturas, 17 -¡qué suplicio!- en total que cogí así, por las bravas; pero claro, ahí también llegaban los negrísimos y pringosos tentáculos, desde las entrañas de ese mismo tsunami: para poder rellenar el campo 15, leer nota 16; "16: comprobad en el anexo adjunto las asignaturas correspondientes a la licenciatura a cursar". Abro un pequeño librito; no es el de la maldita nota 16; abro un libro un poco más grande; parece que es, pero es mejor no hacerse ilusiones, que esta gente es traicionera y quienes diseñan estos protocolos son viejos amargados que, de seguro, trabajan a destajo, vestidos a la moda años treinta, en algún polvoriento y escondido despacho dentro del ministerio de educación. Resulta que el elenco de asignaturas aparece en el apéndice de ese libro maldito -¡ni siquiera el Necronomicón sería un volumen tan diabólico a los ojos de cualquiera, y mucho menos, de un rabino!-; y, de repente, como un dragón de infinitas cabezas, surge, estrepitoso y terrorífico, el gigantísimo concepto, y núcleo esencial del tsunami: "crédito". ¡Maldita sea! ¿Qué cojones es un crédito? ¿A qué equivale? ¿Qué forma tiene? ¿Es rojo, amarillo, alto, bajo, hermoso, feo? ¿Acaso otra entelequia como los conceptos de "acciones", o "pagarés"? En aquella cabeza de 18 años no entran, druguitos, esas palabras blep blep que parecen salidas de las páginas de Kafka.  Bueno, más o menos, al cabo de un par de horas y con la paciente ayuda de mamá osa, relleno ese tinglado indescifrable y me entero, gracias a ella, de que debo hacerme fotos de carnet, además de fotocopiar hasta el infinito mi DNI. Al cabo de varios días, acudiendo a una cita invisible con el ente más diabólico que, hasta la fecha, me he topado, es decir, con la Secretaría de Estudios de la Facultad de Geografía e Historia, la ansiedad se apodera de mi, y es cuando entiendo que ya no hay nada que hacer, que todo está vendido, que yo yazco en el fondo marino y el tsunami ha pasado asolando ese mundo simple -pero cuerdo- de la infancia, donde todo tenía su sitio, un orden, un concierto, y la armonía regulaba con sabiduría un universo a medida. 

Ahí no acabó todo, claro está: tuve que escoger las sobras, los restos, los huesos de chuletillas de cordero que habían dejado otros, y que, en este caso, se llamaban "Asignaturas optativas" y "Asignaturas de Libre Configuración". Tranquilos, a lo largo de los años me toparía de nuevo con ellas. Evidentemente, como todo tsunami, no sería el último. Esto es cíclico, colegas. Esto vuelve, una y otra vez. Por eso, cuando, en una tarde de Agosto del 99, increíblemente optimista, tranquilo, sosegado, yo dormitaba en el sillón del comedor de casa, después del almuerzo, viendo una de Sergio Leone, llamó a casa mi buen Javi, para preguntarme qué tenía pensado hacer respecto a lo de pasar la noche en la facul, no es de extrañar que mis ojos se abrieran como platos, y le preguntara totalmente alucinado qué era eso de trasnochar en aquel chuñoso lugar; preguntó retóricamente si no sabía nada, y yo le respondí que no; así pues, decidió comentarme que para recoger la cita con el día y hora de la matriculación en septiembre, la gente estaba pensando en crear listados a las puertas de la facul, desde el día antes de la entrega de estas citaciones, por eso, sería conveniente ir allí a eso de las 16 horas de la víspera de tal evento, apuntarnos en la lista y poder tener opciones para escoger asignaturas. No me desmayé, no. Vi el tsunami con el catalejo y pude agarrarme a una silla cercana. De tal manera, amigos, este hermanito vuestro, acudió a ese macrocampamento en el césped asqueroso de aquella facultad; pasé una noche desquiciante, y, a eso de las 7:30 a.m. abrieron las puertas, y un bedel bajito, con bigote y gafas, un Poirot del bedelismo azul y rancio made in Spain, nos esperaba uno a uno en mitad de un amplio corredor, junto a una mesa, repleta de volantes con un número impreso. 128. No estaba mal, teniendo en cuenta que allí esperamos varias licenciaturas (Geografía, Historia e Historia del Hambre). Se repitió el tsunami del papeleo y, como principales consecuencias del mismo, fueron las devastadoras asignaturas de "Curso básico de Latín" por ocho áureos créditos y "Arte y Locura", impartida en la facul de filosofía por una mujer de corte de pelo pleistocénico y sin tener ni puñetera idea de arte (confundía Alberti con Ghiberti, Velázquez con Rivera, y Murillo con... Cánovas del Castillo; supongo que mejor fue no preguntarle por Friedrich o Runge, porque tal vez, los hubiera confundido con el Feldmarschall Model o Rommel o algún tipo de uniforme). 

Más tarde, sucedió un pequeño milagro: uno de estos tsunamis lo pasé casi casi como un surfista y, debo confesar, que nada mal. Fue cuando me largué a Italia. Es un misterio de mi mente. No me acuerdo de cómo, pero en tres días, me hice con: el permiso de residencia (y os puedo asegurar que las filas de la comisarías italianas son de aúpa), conseguí un empleo, logré acogerme -sin derecho a ello, puesto que yo era un estudiante free mover- al programa de alojamiento Erasmus y me hice con un apartamento que era la envidia y que me costaba ¡¡¡¡150 euros al mes!!!! (más gastos de calefacción, electricidad, agua y tal). No sé cómo pude hacer tanto en tan poco tiempo; y, si os digo la verdad, es que no me acuerdo de cómo lo hice. Sólo recuerdo la entrevista de trabajo, la visita al apartamento y la llamada telefónica que hice a mi madre, a los tres días de llegar (fui para allá un Miércoles y llamé el Viernes). También recuerdo que para acogerme a ese programa de alojamiento, tuve que solicitar del Dpto. de Arte Moderno de la facultad de Madrid un fax que acreditara que yo estaba allí como free mover; así, al segundo día, por la mañana, me dirigí a una de esa cabinas Telecom-Italia, rosaditas y marqué el número de información general de T-Com para solicitar el número de información general de Telefónica España; después llamé a Telefónica España para solicitar el número de la Secretaría de Estudios de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM; y cuando lo obtuve, tuve que esperar 15 minutos hasta que me pasaron con el Dpto. de Arte Moderno; allí solicité hablar con el Dr. C... y me dijeron que naranjas de la China porque el hombre ese día no había aparecido; "bueno", dije, "pues páseme con alguien, me da lo mismo quién, pero que imparta clases de algo", y me pusieron en contacto con el Dr. M... y bueno, después de explicarle mi situación, le di el nº de fax de la oficina de relaciones internacionales de la universidad de Udine; y ya lo creo que envió el fax; y este druguito vuestro durmió de fenómenos aquella noche, a los pies de los Alpes, sonriente, victorioso.

Claro que, después de aquello, aún me he topado con más tsunamis y, creo que ya va siendo hora de hacer acopio de valentía, de evitar ese temblor absurdo de piernas y construir un buen dique; desechar de mi memoria esas aguas devastadoras, esos despachos con olor a formaldehido, a fotocopiadora, con seres que sólo viven para pedir fotos de carnet, o fotocopias del DNI, del carnet de conducir, del permiso de circulación, o esas ventanillas que se abren y se cierran en el mismo momento en que uno se aproxima, detrás de las que otra suerte de seres tienen la natural inclinación de mandar a este druguito a tal o cual ventanilla alternativa en tal o cual planta que no es esa, sino uno o dos pisos más arriba. Creo que Kant no pensó dos veces en lo que vendría después de su teoría de la superestructuración del saber; no pensó detenidamente, que, en plena época de la ilustración, con tanto iluminado suelto, su teoría sería aplicada no sólo al saber, sino también al resto de ámbitos de la existencia social.

Hoy más que nunca, Kant... vas a a morar en el fondo profundo y oscuro en el que yacen muchos muchos muchos impresos rotos: mi papelera mnemotécnica, que es amplia y profunda.

2 comentarios:

Raúl Campos dijo...

Cierto, algo está pasando en este país. A mí me pasó algo parecido hace poco al pedir el depósito legal para un libro. Alguien tiene que decirles a todos esos que tienen que trabajar para la gente y no al revés.

A. V. dijo...

¿Algo está pasando? ¡Pero si ya Larra habló de cosas de este pelaje! Es algo endémico del mundo contemporáneo porque aquí, en Hungría, tres cuartos de lo mismo, y en Italia, ni te cuento. En fin, todo es culpa del innombrable... o sea, Kant: propongo ir a su tumba de noche y lanzar un taco enterito de formularios de medio mundo.

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