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Sincronicidad

Es difícil continuar deshaciéndose de recuerdos cuando la moira negra te da un buen gancho donde más duele. Sin embargo, ¿qué mejor blog que este para una situación así? Hoy toca un episodio de mis días en Italia; una pequeña ilusión de la vida eterna. Los implicados, los de siempre. Honza, Raf, Ria y yo habíamos decidido aquella aburrida tarde de fútbol de Udine coger la autopista y plantarnos en Venezia para pasar la noche paseando por allí. En realidad, no fue algo totalmente espontáneo. Fue más o menos así.

Durante días había leído un volumen de leyendas venecianas. Una de ellas hacía referencia a un tema que siempre me había interesado: la fórmula de la vida eterna que, según algunas fuentes del XVIII, estaba en poder de Cagliostro. Éste, una tarde dieciochesca y enrarecida, se encontró en la plaza o Campo de San Trovaso -en el Dorsoduro profundo-, para entregársela a Casanova al verse perseguido y acosado por las fuerzas del orden. Casanova, no se sabe a ciencia cierta, si recibió el secreto o lo robó, pero, lo que está claro, y conociendo al viejo y burlón Giacomo, seguro que hizo efectivo aquella regla universal que aprendimos y aprehendimos de pequeños todos nosotros, ya sabéis, "Santa Rita lo que se da no se quita", y salió pitando disparado hacia algún sitio indeterminado de la pelota azul. Algunos creen que fue el momento en que se largó hacia Austria y Hungría -y cuando ayudó a Mozart a componer el Don Giovanni- y otros piensan que puso rumbo hacia Egipto para profundizar en los secretos de la teosofía. Sea cual fuere la ciencia ficción que proyectaran los casanovólogos sobre el devenir del playboy más laureado de la historia, lo que quedó fue una leyenda que aseguraba que Casanova nunca murió, que durante los dos siglos largos transcurridos hasta nuestros días, el tipo había ido y venido continuamente a la ciudad de los canales. 

Secuestrado por una especie de frenesí exegético este druguito vuestro propuso durante la cena pasar en colores de ver los resúmenes del Udinese - Parma de aquel día en Telefriuli en el salón de casa, o encerrarnos en nuestras respectivas estancias para pasar una aburridísima noche de sábado friulana. Honza dijo algo de ir a los Piombi  -un pub de Udine donde iban todos los estudiantes extranjeros y que yo, personalmente, detestaba-, pero Raf, rápidamente, contraatacó con la propuesta innovadora de coger un coche y plantarnos en Codroipo, en Pordenone o en Treviso; yo, que estaba todavía dándole vueltas en mi quijotera a la historia de Cagliostro y Casanova, propuse ir a pasar la noche a Venezia. Todos asentimos y nos vestimos en un santiamén para estar ya de camino a Mestre en veinte minutos. 

Al cabo de una hora y cuarto -o, como contábamos allí las distancias, después de tres ferraris y medio- llegamos a Piazzale Roma, Venezia. Aparcamos el coche en uno de esos centros de harakiri turístico, o sea, en uno de los múltiples aparcamientos de pago de aquel cajón desastre de los autos que atravesaban desde el continente a las islas. 

El objetivo era llegar a la medianoche a la Calle delle Carrozze (calle, en veneziano es "calle", y se pronuncia "cal-le") donde vivía Casanova en la época del pepinazo de la vida eterna. Por eso, y como aún eran las 22:00 decidimos dejarnos caer por el Campo di San Zanipolo, acercarnos como siempre por la Fondamenta dei Mendicanti hasta dejar nuestros glasos frente a la funesta Isola di San Michele, luego un viraje necesario hacia la Scuola di San Rocco, quizá aparecer de improviso, como quien llega a una fiesta sin ser invitado, al Campiello di Santa Maria dei Frari, y, en algún momento entre las 23 y las 23:30 decidir que ya iba siendo hora de lanzarnos de cabeza hacia la Calle delle Carrozze. A las 23:55 (pregunté la hora a Raf y, como de costumbre me respondió dándome el minuto y el segundo exacto, así que redondearé) llegamos a aquel callejón, angosto y oscuro, con unas pequeñas obras justo junto a la puerta de la casa donde se escondió Casanova de la pesada inquisición; así pues, como llevábamos material preparado para ciertas licencias, en la valla de madera de las obras que tapaban la puerta de la vivienda del viejo Giacomo, escribí:

"Giacomo: te esperaremos el próximo miércoles, 25 de mayo, 
junto a la iglesia de San Trovaso a las 17 horas, para charla de corte nihilista sobre la vida eterna, el hedonismo y la decadencia de occidente.
Firmado: un diletante de lo maravilloso" 

Raf dijo, "¿Crees que si realmente lo leyera acudiría a la cita?". Honza resolvió el problema por mí con su rostro y la claridad simplificadora de un niño, un niño grande, claro: "Yo iría". Un típico "En fin..." de vuestro drugo amigo, cruzó el aire con aires de "cuestión zanjada". Ria reía divertida con su fachada de niña traviesa que ha lanzado un chicle en el estofado de la comida familiar... 

Caminamos y dimos tumbos desde el Ghetto Nuovo hasta los ángulos más recónditos de Cannaregio y Castello, para pegar el salto a San Polo y, más tarde a Dorsoduro, desde donde pudimos disfrutar de una vista de la Giudecca iluminada por una luna que parecía un queso fresco resplandeciente; finalmente, dimos media vuelta, atravesando por el puente de madera de la Accademia hacia la zona de San Marco, visitar "el salón más hermoso de Europa" (como llamaba Napoleón a la Piazza San Marco), y regresar por Castello y Cannaregio. 

Serían las 5:30 de la mañana cuando sucedió. Estábamos atravesando esa continua red de callejuelas de poco más de metro y medio de ancho de Cannaregio; sería la Calle Sagredo, porque recuerdo que aún no habíamos llegado al Campiello di San Lorenzo, cuando, en un mínimo puente, por el que sólo podían transitar dos personas en paralelo, un tipo de unos cincuenta años, de tez morena, nariz aguileña y terminada en una forma de porra considerable, ojos pequeños pero incisivos, pelo largo y negro, recogido en una grasienta coleta, se cruzó con nosotros; todos nos miramos porque pensamos exactamente lo mismo: "¡Casanova!". Al volver la vista a nuestra espalda, vimos sólo la silueta de aquel hombre que se perdía en la lobreguez de una callejuela por la que previamente ya habíamos transitado. Paramos nuestra marcha, fumamos un pitillo, y recapacitamos. Un mensaje delante de la antigua morada de un tipo que murió, seguramente, hacía 200 años; unas cuantas horas después, alguien que parecía una reproducción siglo XXI de aquél, pasa junto a nosotros. La sangre, como dijo Woody en "Misterioso asesinato en Manhattan", se fue de vacaciones, queridos drugos.

Campo di San Trovaso
Dos semanas más tarde, cumplimos con el compromiso adquirido y, tanto Raf, Ria como yo, nos plantamos en el Campo de San Trovaso, justo delante de la iglesia con el mismo nombre, a la hora fijada. No se presentó. Recuerdo que se estaba de maravilla, y algunos niños jugaban un partido de fútbol mítico, sudando duramente sus respectivos suéteres y, de vez en cuando, cayendo en alguna riña. Fue mi última visita a Venezia de aquel experimento académico de Udine. El millón de veces que fui a Venezia terminó aquel día. Después he vuelto,... pero no ha sido lo mismo; junto a la Calle delle Carrozze lo único que hay ahora es una librería francesa, donde, por cierto, os atenderán bastante bien, si vais, claro, si osáis salir del circuito turístico a muerte, claro, si dejáis el rebaño delante de la basílica de San Marco, al guía con su ridícula banderita junto a las Procuradurías y la guía de "consuma Venecia en un sólo día" en algún escalón de Rialto.

¿Qué hacer con un recuerdo así? Se me ocurre algo.  Hace poco descubrí un rincón en Budapest: la casa donde se alojó Casanova durante su estancia en Budapest. Viajaré a la velocidad vertiginosa de la información por internet y me allegaré, de nuevo, a la Calle delle Carrozze y escribiré lo siguiente, en un nuevo acto de vandalismo sin contemplaciones:

"Giacomo, nos diste esquinazo. Pero seguimos en la pista. Nos veremos el próximo día Viernes 8 de abril en Buda, al mediodía. Firmado: los restos de un diletante de lo maravilloso"


2 comentarios:

montse dijo...

Sería cuanto menos interesante averiguar como actúa el paso de tanto tiempo sobre una persona; si cambia a mejor a peor o se queda igual, aunque esto último lo dudo y qué descubrimientos consigue disponiendo del tiempo suficiente como para desencantarse de o conseguirlo todo. Hubiese estado bien tomar algo y mantener una conversación pero es demasiado irreal, ¿no?.

A. V. dijo...

No estaría nada mal, Montse.

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