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O Guincho... Un apocalipsis para disfrutar con un Dry Martini en la mano.

Vivimos una época de desastres naturales que, según los chaplinos del Vaticano, preconizan un final apocalíptico para, más o menos, un par de semanas y media, a eso de la hora de la siesta. Desde luego, no les culpo a ellos de pensar en ello (aunque el libro de "Las Revelaciones" o "Apocalipsis" sea simplemente un libro para demonizar el advenimiento del Moshiaj, o sea, del Mesías judío, y que, a su llegada, la gente le tome por "el Anti-JC", y tal, y esas historietas de cómic que nacieron en la fructífera editorial del concilio de Nicea, 325... ¡y sin pagar los derechos de autor a los israelitas!); de hecho, son tantos los azotes de la naturaleza hoy en día que casi son equiparables a los azotes del hombre -¡que no son pocos!-, o de alguna que otra debóchka vestida de látex y con la amenazante presencia de un látigo en su mano derecha.

Yo viví mi único y suficiente desastre natural en O Guincho, Cascais, o sea, Portugal. Lo que un día fue un lugar paradisíaco en cuestión de seis o siete horas se convirtió en un gigantesco cementerio de árboles carbonizados a la orilla de un océano perplejo, cariacontecido, con olas gilipollas que preguntaban a cada unodós unodós "¿qué es lo que ha pasado?".

Esto es, a grandes rasgos lo que sucedió. Era agosto. No teníamos pasta los del grupo habitual, no queríamos pasar la inmensidad del verano en la cloaca madrileña, y, como no podía ser de otra manera, echamos mano de las influencias que, en nuestro caso, se reducían a una carta: el padre de Javi. Mediante una rápida gestión nos reservó plaza en un magnífico camping situado a las afueras de la ciudad residencial de Cascais, en un pinar vetusto y gigantesco que cubría varias montañas a los pies del papá océano. Así que nos quedaba hacernos con el carnet de "campinguistas" y, una mañana de Julio de aquel lejano 2000, nos plantamos en un número que no recuerdo de la calle Alberto Aguilera, donde estaba la oficina de "campings y rollos macabeos de España" y salimos, triunfantes, sin cinco mil pelas y con un petardo de carnet del tres al cuarto de color verde selvático. No le dimos importancia al timo y decidimos concentrarnos en los preparativos del camping.

Obviamente, como sucede a la hora de llevar a la práctica un plan, hubo pequeñas fricciones respecto al proyecto primigenio. La más importante: no vinieron Sergio y Teresa -no recuerdo el motivo, pero sí que puedo afirmar que me quedé un poco triste por ello- y sí, en cambio, vino Nadia -una compañera de la facul- y una pareja de amigos -Jano (creo que se llamaba) y su novia (creo que se llamaba -bis-). Por último, para completar el plantel, se apuntó así, porque él lo valía, Alejandro -un futurible psicokiller bipolar que, por aquel entonces, no me dejaba ni a sol ni a sombra, y que un año antes tenía al payaso de Corgan como un dios y, desde que comenzó a frecuentar el Dark Hole con mi grupúsculo, se lanzó de cabeza a pontificar sobre Love Like Blood, Christian Death o Sisters of Mercy (¡Eh! ¡Un momento! A mi me da lo mismo que se pontifique sobre esos suecos de voz y garganta profunda de L.L.B. o de los góticos pachangueros y tururú de Sisters Of Mercy... Pero Christian Death, o sea, Rozz Williams, R.I.P. 1998, es otra historia, ¡joder!). Así que el grupo quedaba configurado por esta panda y por la crema... o sea, Javi, David y yo.

Tomamos un bus desde Méndez Álvaro hasta Lisboa a eso de las 22 horas un viernes y llegamos a Lisboa a las 6 de la mañana -previa parada en una estación de servicio en Badajoz provincia-. Bajamos desde la estación de autobuses paseando hasta Cais do Sodre y allí tomamos el tren en dirección a Cascais. El trayecto era ameno. El océano quedaba a nuestra izquierda, con sus aguas de crobo azul zul ul ... Y David, especialista en este tipo de situaciones, comenzó un prometedor discurso de 4 horas sobre el cine americano de postguerra; sin embargo, reaccioné rápidamente, y me permití el lujo de preguntar a Javi dónde estaba el maldito camping, porque, claro, llevábamos media hora de bus desde que salimos de Cascais y todo empezaba a quedar un poco, muy, lejos. David soltó la perla del día, quizá de la semana: "Javi, tu padre ha reservado plaza donde Rambo perdió el machete"; todos nos cachondeamos, debo reconocerlo, bastante y Javi explotó, ante la impertérrita actitud de la portuguesa cuarentona que tenía sentada a su lado, haciendo de dique natural entre él y nosotros: "¡Ya me gustaría veros a vosotros hablando por teléfono con un puñetero gitano portugués sin entender ni una palabra!" (speech, por otra parte, en el apropiado tono de voz de un "Javi hasta las pelotas", o sea, gritando). Cuando bajamos del bus, la gente que había dentro de aquel cachivache con ruedas respiró tranquila; y nosotros bajamos como Marciano bajaba del ring, exhausto, sudoroso, con ganas de una buena ducha y nada más.

Nada más montar las dos tiendas, hicimos la distribución del personal en las mismas: en la más grande, Nadia y sus druguitos IN. En la más pequeña, Javi, David, el psicópata y yo. Una vez hecho el ganso lo suficiente y conocer el entorno, ver cómo se las gastaban las italianas en Portugal (nuestras "vecinas") quedándose en cueros en menos que cantaba un gallo, guiñando ojos a diestro y siniestro e intuyendo la testosterona como Maradona detectaba un kilo de coca a cien metros, decidimos bajar a toda mecha al océano -que estaba a 500 m- del camping, meternos de lleno en el viejo líquido fundamental, helado, tan diferente al charco Mediterráneo, y bajar un poco esas hormonas. David, casi se ahoga con una ola de 20 centímetros. Luego supimos que no sabía nadar.

Los días pasaban, la tensión entre ambos grupos crecía, y, todo eclosionó una tarde cuando, después de hacer las compras en una gran superficie de Cascais, llenos de bolsas con comida, y tal, fuimos derechitos a la parada de bus para ir al camping y disfrutar de una buena buena cena. Estábamos bromeando sobre alguna tontería monumental de las nuestras y David, seguramente, tenía preparado algún buen cricheo sobre Scorsese, cuando miré hacia la derecha, hacia las montañas lejanas donde estaba nuestro camping y vi cómo una enorme columna de humo se levantaba vigorosamente hacia el cielo; no sabía ni qué decir; la voz se había  largado de vacaciones, y el peso de las bolsas ya ni siquiera era importante, ni lo sentía; ¡mierda! si me hubieran pegado una buena castaña en plena cara ni me hubiera enterado. David me miró y me preguntó qué me pasaba. Solté una bolsa y señalé con la mano libre hacia las montañas; el resto aún reía y cacareaba de fenómenos; Javi se acercó en su "pululing" eterno y preguntó a David; yo murmuré algo así como que pudiera ser nuestro camping. Javi puso su cara de "¡Eh, a mi no me la dais! ¡Queréis tomarme el pelo...una vez más!". Incluso el psicokiller, que días antes estaba de un humor de perros y pasaba de dirigir la palabra a nadie durante horas y horas, esa tarde estaba tronchándose de risa por alguna que otra gilipollez de las suyas. 

Una viejecita portuguesa, con un móvil, se nos acercó a David y a mi, y en un castellano para dar de comer aparte, nos preguntó si éramos del camping. Respondí afirmativamente con el corazón saliéndose por la boca -y rezando, internamente, para que no dijera...-, "...o camping istá quemando". Me quedé frito, paralizado. Sólo pensaba en el billete de bus que tenía dentro de la mochila, sólo pensaba en la ropa y en el "¿qué haremos ahora?"; David encendió otro cigarrillo e intentó calmar los ánimos; Javi corrió desesperado hacia una cabina y llamó a sus padres, desoyendo los consejos de David de esperar a ver hasta dónde llegaban los daños; el grupo IN comenzó a discutir, tirarse de los pelos, gritarse como si soltaran en mitad de la guerra del Vietnam a un grupo de colegialas de Beverly Hills 90210; yo seguía en shock; Javi hablaba con su padre desde una cabina y le decía "¿Recuerdas la hebilla de Motorhead? Bueno, ¡pues ya no la verás más!"... Todo se nos fue de las manos. 

Estábamos en aquel trance cuando, de repente, aparece un chico cargado con tres mochilas gigantescas -ya sabéis, de las típicas de acampada-. Para frente a nosotros. Se nos acerca. En un inglés de Bela Lugosi comienza a preguntarnos algo... Al oírnos transcribir su inglés al español, nos preguntó si éramos españoles. Supongo que fue la inercia, o el cansancio, o el dejarse llevar... y dijimos que sí. Nos relató cómo estaba en el camping, fuera de su tienda, preparándose una Litoral en su camping-gas y se encendió un cigarrillo; de repente, escuchó gritos por aquí y por allá y vio una ola de fuego de dos metros a unos veinte pasos de él y se planteó a sí mismo un dilema: ¿qué hago: me fumo el cigarrillo, me como la fabada o salgo pitando? Eligió comerse la fabada y fumarse luego el cigarrillo tranquilamente y después, como sus amigos estaban de visita en Sintra, coger sus mochilas también y largarse con calma hacia Cascais. Yo ya estaba saliendo de la impresión y, ¡caray!, aquel relato me conmovió tan profundamente que la única pregunta posible en ese momento era: "¿Eres vasco, tío?". Respondió afirmativamente; de Donosti. En fin, se unió al clan y decidimos ir hacia el camping; el tipo intentó disuadirnos, pero, en nuestra total y absoluta inconsciencia le dijimos que nuestras mochilas estaban allí, y eso era casi como decir que nuestros hijos estaban allí. Tomamos un autobús que nos dejó, ¡oh, sorpresa, sorpresa! a un kilómetro del camping (¡cobarde!), junto a una gasolinera -que ese día hizo el agosto,... aunque viendo cómo derivó el mega macro incendio... tal vez fuera su último "agosto"- y allí vimos la magnitud de la columnita de humo que se veía desde Cascais, decorando el cielo... 


Vista de la carretera que bajaba al mar.
Todo a nuestro alrededor eran cenizas, y troncos de árboles en combustión, al rojo vivo; caminamos por el asfalto hasta llegar a la entrada del camping: desde allí teníamos una vista de las montañas de alrededor y, allá, en lontananza, al oeste, el océano. Los bomberos estaban por allí, entrando y saliendo del camping, y, de cuando en cuando uno se quitaba la máscara, se acercaba a la ladera de la montaña que había enfrente y encendía un cigarrillo con las brasas de un tronco. Descubrimos un nuevo tipo de bomberos y de actividad bomberil: ¿cómo apagar incendios mediante la meditación y el budismo zen? Me acerqué a un grupo de ellos que estaban fumando, bromeando y tal (imaginad la escena en la barra de un bar o de una cafetería... ¿lo tenéis? Bien, ahora quitad el típico espejo de pared corrido, los trofeos del equipo de barrio chusño de turno y con vuestro photoshop mental situad tres montañas enlazadas ardiendo desde la base hasta la cima, al rojo vivo), y les comenté que había una encina enorme, cerca de una caravana -no destruida- que acababa de empezar a arder por el follaje (para los no curtidos en literatura: las hojas)... Uno de ellos me miró, asintió, dio un tiento al pito que estaba fumando y siguió la conversación... Dije un "¡Vale!" con mala uva, con segundas, puntada con hilo y tal... y, al regresar al grupo, me encuentro con David que me dice que Javi se ha metido en el camping a por su mochila. Momentos de incertidumbre, tensión, "dame un cigarrillo", "No tengo fuego", "No te preocupes que aquí hay un tronco en brasas...", y entre el humo, como salido de aquel programa que daba grima -"Lluvia de estrellas", aparece Javi, tosiendo, con la mochila de David, la suya y la mía en una mano y en la otra, como si fuera un trofeo, como si se tratara del título mundial de pesos pesados, su cinturón con la hebilla de Motorhead. El vasco se quedó de piedra; luego se acercó a Javi y le preguntó: "¿Tú también eres vasco?", y los antecedentes castrenses le salieron a borbotones... "¿Yo vasco? -golpe en el pecho- Yo soy ejpañol". 

Vista de una de las laderas esa noche.
En fin, bajamos al mar para estar a salvo y, según transitábamos por aquella carretera... veíamos toda esa naturaleza devastada, y ese sonido chisporroteante de la resina de los pinos quemándose, de los troncos partiéndose y cediendo y cayendo, irremisiblemente, rendidos, al suelo totalmente negro. Cuando llegamos a la playa decidimos ir al chiringuito que había en el extremo sur de la playa, que estaba cerrado. Allí nos cobijamos y pasamos la noche.

Recuerdo que nos dormimos muy tarde: ante nosotros, dando la espalda al mar, vimos una cadena montañosa equivalente a la sierra de Guadarrama como una antorcha gigantesca en la noche. A eso de las cuatro de la mañana, aún el fuego iluminaba todo y nos despertamos pensando que era el amanecer; pero no, fue el ocaso terrorífico y apocalíptico de un lugar, antes, paradisiaco. 

Al día siguiente regresamos al camping. Todo humeaba. Todo era negro y humeaba. Nos dejaron entrar para ver si se habían salvado nuestras pertenencias. No lo creeréis, pero el camping ardió casi en su totalidad y sólo una doceava parte se salvó... curiosamente nuestras tiendas estaban ilesas, con mucha ceniza eso sí, pero a salvo. Pudimos disfrutar de lo que quedaba de semana.

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