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MUSEOS, INTELECTUALOIDES. UNA SOLUCIÓN YA.


 …El problema es que, en estos tiempos que corren, se fomentan más las bondades de parecer culto que la propia cultura…”, dice el sabio de barba blanca y tupé dadá. Lo subscribo. No porque haya estudiado una mierda de licenciatura que tiene mucho que ver con una de las formas de ligar más extendidas entre el (¿)gran(?) público –cazar jais pareciendo culto-, sino porque verdaderamente me doy cuenta de lo poco que le interesa a la gente leer. Los museos, que siempre fueron reductos de vagos y maleantes, ahora lo son más; sus salas se ven pobladas por una fauna de pelaje engañoso, chusño y muy pero que muy superfluo.

En mis visitas a los distintos antros de perversión del arte me he cabreado más o en mayor medida que obtenido satisfacción del que debería ser el indescriptible placer de ver un Andrea del Sarto –il pittore senza errori, como diría VASARI-, un caballo Géricault poseído por un fulgor volcánico, un tranquilo tronco de árbol de Constable o Cozens, o una fabulosa exaltación del vértigo made in Kandinsky.

Es cierto que parece que vivo en una utopía gigantesca de intentar corregir el rumbo de las situaciones y, por ello, no quiero buscar culpables más allá de mi persona.

Comenzaré dando una mala noticia: el arte contemporáneo no es una plataforma de pensamiento democrático o, en términos del abuelo Timoteo, “JAUJA”. Lo único que uno tiene que hacer, lo mínimo que uno tiene que hacer antes de dejarse caer por algún museo de mala muerte es echar un vistacillo rápido en internet de lo que le interesa y lo que no de ese centro; consumir un museo entero en un día no sólo es una tortura sino que es de gilipollas integrales –que, por cierto, luego alardean dándoselas de “Spenglers”, contando la suma estupidez, el tan temido “¡pues yo me pateé el Louvre en un día!”, mientras mi rostro se convierte en algo parecido a un retrato de Bacon-; un museo, a pesar de haberse convertido en un artículo comercial más en si mismo, no deja de ser como las matemáticas –otro producto comercial, si lo pensamos bien-: a pequeñas dosis enriquecen, a grandes dosis matan. ¿No estáis de acuerdo? Bien, no soy yo quien saca a colación el tema por primera vez: MARCEL DUCHAMP, el hombre que cambió el devenir del arte contemporáneo, reflexionó acerca de lo absurdo de consumir un museo entero en una mañana o en un día; su obra “Mire atentamente esta obra, a menos de metro y medio, con un ojo tapado, y durante algo menos de una hora”, hace referencia al cansancio del ojo: el ojo se cansa, el ojo no está para un “Al filo de lo imposible” de 4 horas o 6 horas o esos maratones de dioses de la estulticia supina y aparentaloide de"pasé-todo-el-día-en-el-museo", porque, al cabo de una hora, nuestros glasos ya están cansados, ya no prestan la debida atención, la vista se nubla en señal de protesta y Picasso, Ernst, Picabia, Derain, Bonard, Vlaminck, Klein, Hopper y compañía comienzan a importar más bien poco y en nuestra mente, a la par que vemos de pasada una naturaleza muerta de Braque ("Periódico, café y pipa"), comienza a dibujarse la sombra de un refrigerio en alguna terracita a la tierna luz del verano.

¿Cómo suele ser un intelectualoide? Bien, suelen ser bichos de pelo alborotado, gafas de pasta negra, lecturas superficiales y a la luz de la guantera de algún Volkswagen escarabajo sesentero o de algún mini (que siempre fueron coches muy IN) con objeto de soltar alguna frasecilla del tipo "A mi me encanta la lluvia: la lluvia arrastra los recuerdos por las aceras de la vida" delante de la cheloveca de turno y de algún Picasso del período rosa o azul. Es entonces, cuando esta bestia urbana se lanza al cuello de su víctima sin compasión; pero, al igual que las bombas racimo, el napalm y la bomba de neutrones israelí, sus ataques suelen tener efectos colaterales: tocan -y mucho- los cojones a los que, inocentemente nos dejamos caer por esa misma maldita sala a esa misma maldita hora. ¿Que cómo suele ser un intelectualoide? Exactamente como el presentador de Gafapasta, a quien, por cierto, tuve la desgracia de soportar en una sala de arte contemporáneo de Madrid, antes de que fuera famoso y extendiera su intelectualismo de cartonpiedra y su ironía de caca-culo-pedo-pis no sólo en tv sino también en diarios digitales concediendo entrevistas donde poder decir un par de chusñas palabrejas rimbombantes teñidas de cierto revisionismo mod, beatnik y "tururú" postmoderno. 

¿Cómo combatir a un intelectualoide? Fácil.  Tres opciones: Reduciendo al ridículo su speech de ocho horas delante de una obra, apelando al sencillo título de la misma y provocando una sonrisa triunfal en la jai que quiere conquistar a base de "queso fresco"; cambiando de sala; o llevando un ipod y enchufándoos al rollo melómano un rato, lo que dure vuestra visita al museo. Obviamente, un hipócrita políticamente correcto os recomendaría la segunda o la tercera opción; yo os recomiendo la primera: la gloria es para los osados y, creedme, no hay cruzada mejor que liberar el arte de este tipo de secuestradores, liberar los museos de toda esta plaga de playboys de pandereta, meshugas y schnoren -empleando terminología yiddish que me queda más a mano últimamente-. Tenemos que liberar al gran Cézanne, al bueno de Matisse, a Bonard, a Vlaminck, a Malevich, a Kandinsky y a Marc, a Picasso, al fantástico Mondrian, al inolvidable Klee; leamos el arte, leamos a los artistas, sepamos qué quieren decirnos, qué tenían que decirnos y pasemos en colorines de toda esta fauna postmoderna que es más retrógrada que 
Felipe II.

Perdonad mi vehemencia. Mi amor por el arte me puede. Y debo confesar que, cada día más, odio ir a los museos, odio ese olor de traje de domingo, esas fragancias de donjuanes beatniks y snobs que creen que Picasso fue por entero cubista (¡¡¡¡¡y sólo lo fue desde 1909 al 12!!!!!), y esa tortura que sé que me espera. Por eso, y sintiéndolo mucho, pasaré página y, como si hubiera sido cosa de la edad temprana, dejaré los museos en las cunetas de mi vida, visitando, de ahora en adelante, sólo aquellos que nunca antes había visitado, aunque sólo sea para ver una o dos salas. 

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