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Horas muertas

"El hombre grande es aquel que en medio de las muchedumbres mantiene, con perfecta delicadeza, la independencia de la soledad" R.W. Emerson

Recuerdo, de forma nítida, muchas cosas de mi infancia. Como todo el mundo. Supongo. Quizá el hecho de que hoy sea una persona más o menos sociable -a pesar de mis momentos asociales- deriva de la gran cantidad de horas de soledad de mi infancia, de la enorme cifra de desplantes que recibí -sin torcer el ceño demasiado- y hoy, los que tuvieron mil amigos de niños se caen a pedazos sin encontrar ni una sola brizna de amistad en sus vidas; irónico, ¿no? 

Los nombres poco importan. Las personas bajo esa etiqueta de nomenclatura y letras también son prescindibles; total, me dejaron frito en más de una ocasión, sin más remedio que el de comerme las horas a solas, con guarnición de tedio -¡doble!- y la única labor de ir acumulándolas como cimientos de otra cosa, de algo distinto. Otra persona -quizá un psicokiller, o un banquero...- hoy se hubiera cobrado la deuda. Yo paso. Me da lo mismo. No es cuestión de balances, de echar cuentas, de sumar aquí y restar allá; tampoco creo que sea necesario recordar nada a nadie, de sacar la libreta y decir "lo comido por lo servido" y ese batiburrillo de jardines más verdes que el mío: digamos, como aquel gran rabino de celuloide reciente, que a un lado y a otro tengo dos jardines, y el mío está verde...con eso me basta. Las cicatrices de la infancia, contrariamente a lo que piensan muchas personas, dejan cicatrices que no se ven, e, incluso, se pueden olvidar. 

Como dijo un actor malísimo - G. Hackman; bueno, vale, "malísimo" no; corrijo "únicamente bueno en un par de films" (The French Connection y Un puente lejano)- "en lo único que un hombre puede confiar es en la sangre"; y así es, druguitos míos: confiad en vuestros padres, abuelos e hijos y del resto... en fin, es mejor que la vida se ocupe de ellos.

Hoy toca coger esas horas de soledad, de tedio infumable (sentado en el bordillo de la acera frente a la tienda de mi abuela o caminando por las calles nocturnas y repletas de asquerosas formas de acrídidos y coleópteros nocturnos) y meterlo dentro de un balón de fútbol. Colocarlo con pausa y parsimonia en la cumbre de una montaña de basura; tomar meditada carrerilla y... ¡¡sblam!! ¡A la mierda con ellas! 
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