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"The bitches brew"

Cuerpos, carnes, edificios, materiales fríos de construcción, sociedades de creciente consumo, fauna humana en explosivo contacto. Pelajes. Aún recuerdo cuando todo se hacía incomprensible para mi en la gran urbe y el jazz era una gran mierda inconexa, destartalada. Yo renegué del jazz durante muchos años. Incluso los que, en aquel entonces -y ahora-, decían que "eh, tío, a mi me gusta el jazz", no tenían ni puta idea de jazz. Ellos pensaban en el jazz como una trompeta que iba a lo suyo mientras un piano iba a lo suyo mientras un saxo tenor iba a lo suyo y una batería inconcebible iba a lo suyo. Cada uno a lo suyo. Eso era el jazz para esas personas de "mente abierta". Pero sucedió algo que me demostró que estaban equivocadas. Que yo estaba equivocado también. Nuevas perspectivas.


Una tarde me puse a escuchar Coltrane con afán descubridor; las dos primeras horas fueron una tortura, pero, horas más tarde, aquel "A love supreme", 1964, se convirtió en una revelación, como si alguien hubiera descorrido la cortina que me impedía ver desnuda la realidad de mi entorno. Hoy puedo decir que el descubrimiento del jazz fue como cuando descubrí los sonidos de aquel Manchester industrial que reposaban tranquilamente en el vinilo de Joy Division que escuché por vez primera en casa de J.L. durante aquella huelga ridícula estudiantil. 

"A love supreme", fue la constatación de algo que me olía desde hacía tiempo: la mejor y más grande obra de arte contemporánea norteamericana no fue una de esas madejas de "Jackie" Pollock o la vista lánguida de un motel de carretera del bueno de Hopper, sino el jazz, sino esa amalgama de músicos que hicieron retroceder los límites de la vanguardia artística; antes de ellos, ante nuestras narices había una pantalla de árboles y selva insondable; después de ellos, ante nosotros apareció un gran valle; sin límites, sin fronteras. Picasso dijo que el momento definitorio del arte no era la obra finalizada que llegaba hasta el espectador -que, contrariamente, a lo que quieren vender los "amos del universo" y los que manejan los hilos del marketing, no es el centro del meollo artístico, es más, importa más bien poquito- sino el instante de la concepción del arte, de la idea de arte. El jazz es ese momento definitorio, esa concepción de la idea de arte cristalizada en la improvisación pura. Esto lo entendí en el mismo momento en que llegó a mi quijotera el rum rum de fenómenos de una jam session en Estocolmo 1963, John "el Santo" Coltrane y "Milestone" mano a mano, charlando entre ellos en un idioma fabulosamente espontáneo.

"A night in Tunisia" me dejó seco. El gran Dizzie se lo pasaba joroschó en La Habana, demostrando que no sólo se podía soplar la trompeta para recordar las miserias, sino también, para divertirnos, para disfrutar de la vida con un optimismo desconcertante, muy Gillespie, muy de él. Mingus, en cambio, era otra cosa, era un tipo en plena inmersión en un océano sucio y hedoroso de whisky, y sus dedos de cefalópodo se movían arriba y abajo al mismo ritmo depresivo y vulgar del mono de alcohol, de la dependencia y del asqueo que sentía por la vida.  

Bix Biederwecke me dio un buen sopapo con el sonido nítido de su trompeta, perfecto en tantos casos,e hizo comprensible aquel "cool jazz" o "jazz intelectualoide" del bueno de Dave "risitas" Brubeck, y sus sesiones con Coltrane, el malhumorado Coltrane, "el santo", y ese jazz de sobremesa, o de ascensor.


Hace un par de semanas escuché por primera vez "The bitches brew", de "Milestone". Ha sido una sacudida de 9,9 grados en la escala Richter.  Una ciudad, hombres y mujeres en creciente hacinamiento, cuerpos que se tocan, y cuerpos que no quieren tocarse, personas sociables y personas asociales, droga, alcohol, maldad, mucha maldad, dinero sucio, suciedad, prostitutas y chulos, tipos trajeados que van a sus oficinas a mover hilos del mundo, trabajadores con restos de cemento en sus monos, y heroínas divorciadas que van a luchar a sus puestos de trabajo para sacar adelante a sus hijos. La sociedad, las ciudades, la fauna social, el ecosistema social, la cadena alimenticia, el tiburón blanco arriba -brokers y banqueros, amos del universo-, el gatito en el medio -jefecillos de empresas globales-, y los ratoncillos de campo -todos nosotros- abajo. Miles me ha dejado seco una vez más. Ha hecho trizas el plan que tenía para mi 4ª novela; he tenido que replantearme todo de nuevo; o, tal vez, ha dado un empujón, más fuerte aún, a Thorvald, para que siga buscando su propio hábitat en esa Firenze virtual que estoy creando a su medida. 

Sea lo que sea, el jazz forma parte de mi vida desde hace 7 años y espero que me siga inspirando durante muchos años más. 

Bix Biederwecke, Dizzie Gillespie, Erroll Gardner, Thelonious Monk, Charlie Parker, Charles Mingus, John Coltrane, Miles Davis, Oscar Peterson, John Lee Hooker, Dave Brubeck, Ornette Coleman, Ella Fitzgerald... Gracias a todos por hacer más digerible mi existencia. 
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