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Límites

Límite. Reconocer mis propios límites. Hay por ahí gente que dice "no tengo límites", o "no conozco mis límites". Y otros muchos que, sin dejar de mirar el suelo, exclaman "creo que he tocado techo, creo que ahora sé dónde está mi límite". Yo soy más bien de los segundos. No es que sea un sabio o un gurú del rollo "autoayuda-a-base-de-frases-fáciles-como-'conócete-a-ti-mismo'". No; simplemente soy pesimista por naturaleza y, para ahorrarme desilusiones, cuando estoy a mitad del salto me digo a mi mismo "Basta; hasta aquí has llegado". ¿Qué? ¡¿Cómo?! ¡¿Conformismo?! ¡¿Cómo se os ha ocurrido algo tan estúpido?! No, no tiene nada que ver con el conformismo, sino con otro "ismo" más adecuado para los tiempos que corren:  "escepticismo". 

Un ejemplo. Cuando yo era un niño era muy malo jugando al fútbol -aunque siempre quise imitar a Michel Platini-; me ponían de portero incluso cuando era yo quien aportaba el balón a todos aquellos parásitos -en el 'buen', si cabe, sentido de la palabra- que sólo querían jugar cuando no tenían que bajar sus esféricos reglamentarios. Era malísimo. No sólo no me cuesta reconocerlo, sino que estoy orgulloso de ello. Gracias a mi pésimo nivel mi margen de mejora era tan grande que, en el instituto primero y en la universidad después -en distintas liguillas- yo mismo me asombraba con lo que hacía con los pies; ¡incluso marqué un gol a lo Bergkamp en el 96 antes de que el propio Bergkamp lo marcara en el 2005 contra el Leicester!, en fin, un mago, me convertí en un astro fugaz y supersónico del balón. Claro que duró lo que duró; o sea, hasta que me di cuenta de que el mujerío ofrecía muchas más posibilidades. Así es como este servidor dejó de ser un mago del balón para convertirse en un mediocre, muy mediocre, chaval del montón. Y fumador, claro está. Por cierto, lo de la alopecia fue la broma final. Me lo tomé con mucho humor y, creedme si os digo que, aerodinámicamente, lo agradecí horrores.

Otro ejemplo. Cuando cambié Madrid por Udine no las tenía todas conmigo. Subí en aquel avión con destino a Venezia pensando "¡Me va a ir de pena! Llevo la palabra 'inútil' escrita en la frente". En aquel horrible Boeing había tocado techo, me había dado cuenta de que el límite estaba tan cerca que lo podía tocar; pensé, incluso, en llegar al Marco Polo, ir al mostrador de Volareweb y, con la pasta que me habían dado los míos en metálico para los primeros días, comprarme un billete de vuelta. No obstante, el tabaco me salvó de tomar aquella decisión tan estúpida: recuerdo que tardó horrores en salir la maldita maleta por la cinta de recogida de equipajes; así que, cuando salí del aeropuerto, bajo aquellos grandes pilares, junto a la parada del bus que debía llevarme a San Donà, me puse a pensar en ello, pero rápidamente sentí el mono de fumar y fumé. Y, con el humo, se largaron los temores. El caso es que el límite estaba muy cerca, decía. Bueno, dos días en Udine me bastaron para: a) encontrar un trabajo -echándole morro a la vida-, b) encontrar un apartamento -donde después conocería a Ria-. Luego, conclusión: si esperas poco... llegarás más lejos.

Por eso, y para que nunca más tengamos que oír esas gilipolleces del "conócete a ti mismo" (¿conocerse a si mismo? ¿cómo? ¿mirando hacia el interior? ¿y cómo mira uno hacia adentro? ¿y no será peligroso? ¿no hay ya demasiados órganos, y están todos tan colocaditos que, si nos volviéramos hacia dentro, lo estropearíamos todo? No sé, no sé, a mi ese rollo socrático no me acaba de convencer; yo creo que Sócrates era como esos charlatanes que vendían potingues en el oeste americano), crearemos un hombre de barro, como un golem, programado para soltar esas psicochácharas del tres al cuarto y poder meterle un calcetín sucio en la boca cada vez que quiera hacerlo. Nos sentiremos mejor olvidando esa palabra. ¿No creéis? 

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