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Gilipollas

Han sido muchos, innumerables, creciendo como setas, reproduciéndose mediante esporas, los gilipollas que este druguito vuestro ha tenido que conocer, sufrir, soportar. Lo sé, lo sé: todos nosotros somos, en situaciones puntuales unos gilipollas integrales; pero no hablo de la "gilipollez transitoria", ni de "arrebatos de gilipollez supina" que sufrimos de tarde en tarde. No. Me refiero a la "gilipollez universal", la supina, la que no deja dudas, como un puño de Rocky Marciano hundiéndose a velocidad sideral en el rostro del paquete de turno; me refiero a la seguridad, a la indudable categoría de la "gilipollez máxima", o la mítica "stultitia universalis".

Los matices, las huellas dactilares, los detalles existen y, cada uno de estos individuos dejaron una impronta difícilmente olvidable, magnífica, como un campo repleto de flores diversísimas, distintas, rojas, azules, malvas, amarillas, de mil colores, de mil formas y caracteres únicos, distintos.

Empezaré por hablar de Juan José P.S.A., compañero de colegio, casi negroide, y en su futuro sólo quería una máquina de afeitar eléctrica para dejar su cráneo al cero y comenzar a dar palizas a inmigrantes que, según su desarrolladísimo intelecto de 13 años, ya eran demasiados. Cada día intentábamos convencerle muchos a base de diálogo, palabras pero, al cabo de los meses, decidimos que lo mejor era la terapia de shock, y comenzamos a espetarle que sería gracioso un skinhead mulato como él pegando a mulatos como él.  Tiempo perdido. Oveja perdida. Existencia perdida.

Ya en el instituto la cosa se complica. Demasiada gente y, eso, según las estadísticas, implica una mayor cantidad de gilipollas, así como, una mayor variedad y diferencia de calidad entre unos y otros. Es cuestión de escoger, y de hacerlo bien. Seleccionaré de entre el elenco dos.

El primero de ellos, Juan Carlos L. Un metro cincuenta y dos centímetros, cabeza desmesurada, ojos ligeramente rasgados, nariz chata, rozando el chatismo de La Motta o Poli Díaz, cabellos descuidados, mal cortados y grasientos, acné insultante. Era el de la risita caballuna que siempre se oía cuando el profe de turno sacaba a alguien al estrado, y estaba siempre cortejando a aquella diosa nórdica, Erika, que... en fin, estaba como un tren, y demasiado buena como para fijarse en una croqueta humana semimongólica como él. Iba de matón sin tener ni media torta, y se dedicaba a la prometedora labor de quemar con su encendedor los jeans de la gente. Pero todo tiene un final. El final no fue un idílico "The End" de la Paramount, sino los nudillos de Manuel P. que le dejó frito sobre el suelo de terrazo del aula una deliciosa mañana de abril de aquel lejano 1994.

Junto a él, operaba Óscar M., de apellido macabro, pero ridículo. Un metro sesenta y ocho, pelo cortado a tazón -aunque, a juzgar por lo guarro del mismo, parecía que llevara un tazón de color marrón oscuro boca abajo repleto de sopa-, ojos "a las finas hierbas", voz de viejo, olor a rancio y una actitud de "yo sé más que los ratones coloraos". Lo que no le daba en la naríz era que de poco, de muy poco sirve en esta vida saber lo mismo o más que los ratones "coloraos", sobre todo si lo que uno tiene "colorao" es el blanco de los ojos. También iba detrás como una babosa de la dulce Erika, pero ella prefería a los jóvenes militares que se largaban un año de servicio y dejaban pista libre para weekends de desfase totaloide.

La universidad llega, suele llegar como un misil transoceánico que atravesara silbando el cielo de nuestra ciudad a velocidad supersónica, o sea, por sorpresa, a destiempo. Sin embargo, la naturaleza, que es chapucera pero sabia, en un alarde darwinista, nos prepara para la hornada de cientos de personas que uno tendrá que conocer en los siguientes tres, cuatro o cinco años -dependiendo de la opción académica que elija- y, cómo no, de esos cientos de personas, al menos un 20 % serán gilipollas, de distintos grados, características, pelajes. 

Así, una mañana, se presenta ante mí un tipejo -Raúl G. G.- hablando de Byron, Keats, Wordsworth y la madre que los parió, diciendo que el nazismo era un movimiento romántico, etcétera. En pocos años, y gracias a la especialidad que cursó -escalada libre con la técnica del "lameculismo" se convertiría en profesor de instituto y, en sus manos totalitarias, nacionalsocialistas con guantes de benevolencia romántica, siglo XIX, etcétera y un optimismo católico, salesiano y sentimental, recaería la educación de futuras generaciones. Lógico, ¿no? Los de la C/Génova deberían buscarle un despacho y un sillón vitalicio. Tampoco le iría mal algún que otro programilla de Intereconomía o un puestecillo en las tertulias inservibles de las mañanas de Telemadrid.

En ese mismo orden de acontecimientos, otro día un tipo se planta delante de Javi y de mí y nos dice que es un amante de Tarantino, que se parece físicamente, incluso a él (jamás creí que alguien pudiera presumir de algo por el estilo), a lo que respondí que más bien se parecía al mítico Richard Kiel ("007 vs Goldfinger", "El jinete pálido") y se lo tomó a mal. En otra ocasión, se acercó para decirnos que era ambulanciero, y a declararnos su fervor de testosterona esparcida como el confeti por los traseros de algunas jais de la clase.  Poco a poco, como suele suceder, le tiró los trastos a media universidad y terminó optando por un noviazgo de bajo riesgo con una cheloveca surgida de un día para otro como un champiñón silvestre. En fin, caso perdido.

Más adelante, cuando uno supera el primer curso -no sin obstáculos administrativos- surgen nuevos ejemplares. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, a Alejandro? Clon de Placebo hasta que me conoció y comenzó a tontear con el postpunk sin permiso -¡¡¡¡qué osadía!!!!- y a prescindir de su yo, de su identidad para entregarse a una imitación pobre, pobrísima de mi -¿acaso hay algo más patético que intentar imitar a un deshecho como yo? ¡Sí! ¡Lo hay!...Seguid leyendo-. El verano del 2000 fue el del "milenarismo" y, tal y como Paco Rabanne recibió el nuevo año, no sé cómo éramos por aquel entonces tan optimistas; fuimos un grupo de "amigos" y de "amigos de amigos" a Cascais, a un camping que el todopoderoso padre de Javi nos consiguió; era un lugar magnífico, paradisíaco, en la ladera de una montaña, dentro de un bosque de pinos y a 300 metros del océano, de una playa formidablemente limpia, de arena blanca blanca y fina. El caso es que los cambios de humor y de personalidad que manifestó el ejemplar nos dejaron fritos ya desde el segundo día; se enfadó con Javi porque las duchas de hombres eran de agua fría -luego se enteró de que había dos duchas de hombres, una de agua caliente y otra de agua fría- y el padre de Javi debería de haberlo sabido antes de llevarnos allí; otro día, se enfadó, en un ataque irracional de celos, conmigo porque fui a la playa con Javi y con David; estuvo un día sin hablar con nadie, y se subió a la rama de un árbol como un leopardo rosa y apático y no bajó hasta que el hambre dijo "aquí estoy yo". Un auténtico infierno de chico; al regresar a Madrid, ya en Septiembre, no pude mirarle con los mismos ojos. Otro caso perdido. 

Después de este tipo, decidí pasar en colores de la gente. El resto de mi vida académica fue tranquila. 

Llegamos al mercado laboral y entonces, surgen de nuevo estos champiñones sociales por generación espontánea. ¿Recordaremos con afecto o desdén a la coqueta, pequeña y redicha Miriam, que llamaba a los clientes "caballero" como si los caballeros nacieran como churros -¡¡¡para eso tanto esfuerzo de la monarquía por entregar medallas de caballero de la orden de tal o cual!!!- y comenzaba a temblar en cada incidencia que tenía que tramitar. Un día desapareció de la office y no volvimos a saber nunca nada más de ella. Existieron leyendas, se contaba, se decía, estaba en la calle el rumor de que se había largado con un jai, o cosas por el estilo; yo creí verla en un autobús, pero eso era casi como decir que a los fantasmas les daba por el transporte público metropolitano, y rápidamente preferí pensar que no había visto nada. Lo que sí sucedió realmente fue su intervención en ese diabólico y nauseabundo pozo de mierda televisiva llamada "El diario de Patricia", donde ella apareció para confesar que era una mentirosa y había mentido y engañado "mucho mucho mucho". Una pena -¡Eh, un momento!... ¿¡Pena!? Pena fue que Paul Di'Anno dejara Iron Maiden; esto ni fue pena ni nada. Me estoy ablandando; ¡yo sí que doy pena!-.

Más tarde, junto al acoso laboral, llegó la maravillosa y guay de la muerte Marian Z.; sí, habéis acertado, la que, en otro post, os dije que quería ser "fisna" y cool de la muerte, y el único italiano que hablaba era un histriónico "chiiiiaoo" o ese incorrectísimo pero divino "mile grachiie", a sus amiguísimas de distintas empresas italianas de materiales de mobiliario de oficina. El colmo de su gilipollez, el cénit de su carrera, de su maratón por el premio a la gilipollas de toda una vida, lo alcanzó un día cuando me dijo "No sé por qué te han contratado porque aquí nos las arreglamos bastante bien con el italiano", y cinco minutos después, transcribiendo, puso en espera a su amiguísima Alessia de "Milano" con un lacónico "Alessia, 'te' pregggggo, 'aspeta' un momento", para pasarme por mail un párrafo en italiano y  se lo tradujera. Cosas de la vida... Esa tía llegará a presidenta de esa empresa, os lo digo yo.

De momento, he conocido algún ejemplar más, pero nada importante; eso sí, drugos y drugas, manteneos alerta, tomad nota y manteneos al margen si encontráis a alguno. Será lo mejor. Suelen ser como los caballos que se desbocan y es preferible observarlos de lejos, a ser posible con un Martini en una mano y un Davidoff en la otra. ¡Buena caza!

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1 comentario:

Anónimo dijo...

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