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Lugares comunes

El sábado volvió a suceder. Quiero decir que la máquina del tiempo se puso a funcionar de nuevo. Bajo los pinos del chalet regresó una parte de mi pasado. Y, caray, me alegré.

 Hace quince o dieciséis años David, mi primo -como un hermano- y yo pasábamos fines de semana y compartíamos veranos en la casa solariega de mi madre. Cada uno tomamos nuestro camino y nos separamos, con la obvia previsión genética de la creación de nuevos núcleos familiares; ahora nos vemos una o dos veces al año. Pero el Sábado volvimos a estar bajo los pinos del jardín y charlamos sobre el césped, como antes, y, caray, me alegré.

Es, un poco, como lo que me sucede con Venecia. Después de aquellos tiempos en los que iba dos veces por semana y llegaba en tren a Santa Lucia, y recorría los callejones y pasaba de campo en campo por puentecillos minúsculos, cada vez que regreso, la máquina del tiempo se pone en marcha. También con Szeged, donde pasé veinte días con Ria fabulosos mientras ella estudiaba para los exámenes finales y preparaba su tesis sobre aquel escritor padovano horroroso, y yo maduraba el texto sobre Pordenone y sus pinturas del tres al cuarto. Lugares comunes cargados de imágenes e iconos que, un día, creé para mi propia posteridad, para mi propio futuro, con el fin de retomarlas donde las dejé. Algo así debe de ser lo que compartí con mi primo David en el chalet de mi vieja. Supongo que, a pesar del tiempo, de los cambios lógicos, hay lugares comunes donde poder regresar con él y recordar y reencontrarnos.

Supongo que, por muy mal que nos vayan las cosas, o por muy mal que se pongan nuestros caminos, siempre podremos volver a ellos y charlar durante diez minutos, rebautizarnos, y regresar a nuestras rutinas, limpios, puros, como recién nacidos.

3 comentarios:

montse dijo...

Y no importa si son lugares físicos o no.

Lorenzo Garrido dijo...

También cabe la posibilidad de volver a los lugares del pasado, mirar, instalarse, y quedarse allí para siempre. Yo tengo previsto regresar a la vida de aldea; no sé cuándo lo conseguiré, pero ando en ello.

A. V. dijo...

A mí sí me importa, Montse; sin este miserable mundo material que me rodea -de momento no soy tan profundo como un monje budista- no sería nadie, mi pasado carecería de un marco donde desarrollarse y mi futuro sería como habitar la luna. En mi caso, los lugares físicos son fundamentales: son como mi particular "petit madeleine" que me hacen volver una y otra vez; sé que hay gente que no lo necesita pero, de momento, yo soy dependiente de una máquina del tiempo física para ir y venir. Montse, si no necesitas de lugares físicos, eres realmente afortunada. Yo soy un "locusadicto".

Joaquín, un "¡hurra!" formidable para ti; yo no tengo ese valor; sin embargo, ese tipo de intenciones tan de Thoreau o George Stone están cargadas de una significación trascendente que no todos son capaces de soportar -en el buen sentido-.

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