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Cortocircuitos

Regresaba hoy en el 67 oxidado y polvoriento. Carl McCoy lo decía bien clarito a través de mis auriculares

"...Blue, blue
I'm waiting for you..." 

pero no lo quería creer. Supongo que es lo que pasa cuando escuchas a McCoy; que no te lo crees del todo. Sin embargo, sucedió el milagro, sucedió el cortocircuito, el pepinazo de neutrinos o quartzs o "qué-sé-yo", y mi psp, a la que siempre consideré una compañera insípida, sosa, hizo saltar esto y aquello y lo de aquí pasó a allá y McCoy dio paso súbito a Búnbury, que no era, precisamente, el siguiente track, y se arrancó en ostentosa aragonería con su "Despertar". Este cortocircuito me llevó desde esa lata de sardinas, marca Icarus, hasta otro tiempo, otras latitudes, cuando un autocar repleto de adolescentes y testosterona para dar y tomar, atravesaba Italia desde Roma en dirección a Venecia. El momento exacto fue cuando dejamos Florencia, cuando me senté en el asiento 27 y, pegado a la ventana, frito, desolado y asolado por aquella sobredosis, por aquel picotazo monumental de belleza en estado puro. Manuel, mi compañero de fila, intentaba camelarse a Cristina -la jai que me quitaba el sueño por aquella época-. Hacía bien. Hizo bien. Ella también, claro. Me quedé frito en el asiento, decía, después de aquella experiencia abrasadora de belleza (síndrome de Stendhal, etcétera) y en mi walkman sonaba un joroschó o, al menos, muy dabuten, "Glass House", del gran gran gran Rozz, que cantaba a su viejo, un sudista indeseable del Ku ku ku, y, sí, me hizo conectar, o reconectar, me ayudó, me sacó del paso, hundió su mano metafísica en ese agua turbia turbia en la que me hundía -que algunos, con mucho acierto, suelen llamar "desolación"- y tiró de mi, me sacó a flote, y cuando me quise dar cuenta, ya estábamos en las cercanías de Bologna, disparadísimos hacia el Véneto. 

Bunbury tomó el testigo del bueno de Rozz W. y con su "Despertar" apartó las sombras, apartó de mi la desilusión, la sensación de privación -por Cristina, que era una jai que estaba muy buena o, demasiado buena para este infecto saco de defectos que tenéis por drugo, claro- y puso orden y concierto en el panorama, en la inmediatez de aquel microespacio colmado de testosterona. Al final, ella se enrolló con un cheloveco al que llamaban "bolas" -supongo que por su habilidad por hacer pelotillas con sus mocos, claro, porque era como el hermano lento de Mr. Gump- y yo la olvidé en cuestión de días, quizá semanas y un verano espléndido llegó para despejar las nubes que quedaban en mi adolescente existencia.

¿Cómo se produce el cortocircuito? Bueno, drugos hermanos, supongo que fue el intercambio o la carretera de doble sentido: por un lado, aquel yo de 1997 quería escapar del autocar apocalíptico, y mi yo de hoy ha querido escapar del bus oxidado, del rumor ronroneante y metálico del Icarus del 87 y sentirse abrasado de nuevo por ese anillo de radiación dulce y taumatúrgico de Firenze, de aquella Firenze primaveral que se me vino encima, toda de golpe y porrazo, palacio a palacio, vidriera a vidriera, mórbida en sus piedras, maternal -como la voz de Chiara, aquella amazona florentina de tez acaobada, ojos de color oliva y golosa cálida, inmediata, formidablemente sensual-, una Firenze que cada tarde visito con mi criatura (Thorvald) y disfruto. 

Es extraño: cuando estaba en aquel autocar hubiera deseado propulsarme a este momento, a este día; esta tarde hubiera querido, por el contrario, subirme al De Lorean DMC-12 y plantarme allá, y perderme por las venas mínimas de la ciudad.  

Lo dijo Ángel González en una de sus clases geniales: "La música hace milagros". 

2 comentarios:

montse dijo...

La música es el milagro. Y tú decides que quieres que haga contigo en función de lo que decidas escuchar. :)

A. V. dijo...

Cierto y mi galería de viejos monstruos está bien surtida. Últimamente el viejo Rozz Williams, al que conocí en 1998 (en la barra de la caverna D.H.), meses antes de que se quitara la vida y se lanzara al cosmos negro repleto de chatarra espacial y perros cosmonautas, suele tirar de mi como un fantástico taumaturgo salvador, eficiente y puntual. La música salvará a la humanidad, lo dijo un borracho una vez, a grito pelado, en la Gran Vía... y ahora me doy cuenta de que no iba desencaminado. Un abrazo.

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